Naiare Rodríguez Pérez
Zaragoza, 26 abr (EFE).- El cantante malagueño Pablo López no solo ha cantado, sino que ha contado y se ha contado en la Sala Mozart de Zaragoza, donde ha convertido un domingo cualquiera en una órbita emocional donde su piano ha sido brújula.
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Con dos luces únicas alumbrando el escenario, su piano, su sonrisa de agradecimiento y una voz capaz de llenar cada rincón, ha dado comienzo a la velada con ‘Como soy’, dejando caer versos que servían de declaración de intenciones como “le falta amor en la garganta y le sobra tiempo en este viaje”.
“Llevamos 24 días tocando y, aunque es muy intenso, a eso hemos venido”, ha confesado ante un público que ha comenzado a viajar con él desde el primer instante, adelantando además que este tema formará parte de un disco que verá la luz en septiembre.
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El pulso ha crecido con ‘La mejor noche de mi vida’, donde el piano ha dejado de ser solo instrumento para convertirse en percusión viva, golpeado con fuerza mientras el público ha respondido con palmas hasta encender la sala.
“Un día estuve a punto de ver una estrella fugaz”, ha recordado evocando al cielo de su última visita a la ciudad maña, “desde entonces lo miro buscando a alguien o algo que pase y nunca consigo verlas, así que me la invento”, ha añadido.
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Con la entrada de la banda y un juego de pantallas convertidas en ventanas, la luz se ha multiplicado para dar paso a ‘El niño del espacio’, una canción que pregunta quién quiere conocerle mientras lo acompañan esas flores amarillas que nombra y viaja hasta ese cielo que tanto ansía ver.
Sin embargo, no ha tardado en romper la distancia, ha bajado por la fila central para saludar al público, ha acariciado manos y emociones, y ha demostrado que su cercanía no es pose sino esencia antes de interpretar ‘La niña de la linterna’.
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En ese momento, las luces del escenario se han apagado y la sala se ha iluminado con cientos de teléfonos convertidos en luciérnagas, creando una estampa suspendida en el tiempo que él no ha podido dejar de mirar.
“Todos en algún momento queremos escapar de algo y a veces hay que hacerlo de nosotros mismos, para poder querer hay que saber quién es uno mismo”, ha reflexionado antes de ‘Me voy a escapar’.
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Los acordes de ‘Lo saben mis zapatos’ han resonado reconocibles y han crecido con la banda hasta terminar a piano y voz, sin micrófono, en un susurro colectivo que ha erizado la piel del auditorio
“Este lugar tiene su propia gravedad, a lo mejor te quieres ir a Santiago de Compostela y pasas por Zaragoza, aquí aprendí la libertad”, ha afirmado antes de ‘La libertad’, enlazando después con ‘Te espero aquí’ y ‘Esdrújula’, con el público acompañando al unísono con las manos en alto.
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La energía ha vuelto a expandirse con ‘Quasi’, con trompeta y trombón avanzando hasta el frente del escenario para amplificar el sonido, mientras el artista ha recordado sus inicios “cuando tocaba en las esquinas éramos menos y yo me basaba en canciones que había escrito para otros para alargar el concierto”.
Por ello, ha habido espacio para la sorpresa con una versión de ‘The show must go on’ antes de ‘Vi’, donde ha reconocido que “me han empoderado y me han hecho ver que uno puede ser feliz”, reivindicando una vida “como el espacio donde se desarrolla lo que nos pasa”.
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El clímax ha llegado de la mano de ‘Tu enemigo’, con todo el público en pie coreando “que tus manos son mi bandera y tengo de frontera una canción”, una frontera que esa noche ha desaparecido entre artista y público.
Tras los vítores y los cánticos de su nombre, ha regresado con guitarra y una única luz para volver a agradecer, antes de dar paso a ‘Mariposa’ y un tramo final que ha querido ser diferente con ‘Mamá no’ y ‘Mira cómo bailan’, mezclada con ‘El abrazo más grande de todos los tiempos’.
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La recta final ha reunido dos de sus temas más esperados, ‘El mundo’ y ‘El patio’, enriquecidos incluso con el sonido de un fliscorno, en un cierre que ha vuelto a poner el foco en lo compartido.
“Gracias a la gente que hace que el viento siempre sople a tu favor, gracias a los amigos que creyeron en mí”, ha concluido.
Y así, entre luces que han parecido estrellas inventadas y canciones que no solo se cantan sino que se sienten, Pablo López ha dejado claro que hay conciertos que se escuchan y otros que se habitan, y Zaragoza, por una noche, ha sido casa y cosmos al mismo tiempo. EFE
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