Bellvitge incorpora la "magia con truco" de los perros en sus terapias de salud mental

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Enric Sitjà Rusiñol

L'Hospitalet de Llobregat (Barcelona), 22 mar (EFE).- El Hospital Universitario de Bellvitge ha incorporado a sus terapias de salud mental la "magia" de los perros Mushu y Keisy, quienes, desde que llegaron al centro a principios de año, se han convertido en una "muleta" para los pacientes.

Estos dos canes específicamente adiestrados, un samoyedo de seis años y una king charles spaniel de tres, son los protagonistas de la entrevista que la enfermera de Psiquiatría de Bellvitge Alba González y la técnica en intervenciones asistidas con perros de Centro de Terapias Asistidas con Canes (CTAC) de Bellvitge, Montse Godoy, ofrecen a EFE.

La planta de hospitalización de Psiquiatría "de puertas abiertas" de Bellvitge, unidad "pionera" dentro de un modelo de atención a la salud mental "flexible, personalizado y cercano", es el escenario que pisan cada martes Mushu y Keisi, que acompañan en sesiones grupales -de una hora- e individuales -de 20 minutos- a personas que tienen trastornos depresivos mayores, trastornos obsesivos compulsivos (TOC) o estados de ansiedad, entre otros.

"La palabra clave es magia. Los ayudan a ver la vida de otra manera, más sencilla y noble", explica Godoy, sonriente, quien cree que los perros se convierten en una "muleta" de los pacientes porque, a través de ellos, les es "más fácil" vincularse con los terapeutas.

González considera que la magia de los canes "tiene truco", porque su participación en las sesiones "tiene una base sólida que la avala": "De hecho, hace muchos años que los perros trabajan con niños con discapacidades o en el manejo del dolor", recuerda.

Ambas entrevistadas aseguran que, con la participación de Mushu y Keisy, los pacientes experimentan un cambio de 180 grados en su comportamiento desde que empieza la sesión hasta que ponen la correa a los perros para volver a sus casas.

"Hemos visto una reducción de la ansiedad y una mejora del estado anímico", celebra González.

Las terapias empiezan con dos rondas iniciales: una para saber el estado emocional de cada uno y otra de caricias a los animales.

Durante una hora, las terapeutas intercalan la participación entre los usuarios y la interacción con Mushu y Keisy, a los que dan premios, hacen jugar y les peinan; pese a no ser el eje central del programa terapéutico ni sustitutos de los profesionales, se convierten en el "hilo conductor".

"Aprovechamos el vínculo que se genera solo con ver el perro para trabajar cosas y objetivos que, sin él, no se pueden abordar", contextualiza Godoy.

Y afirma González: "Se da una transformación de los estados emocionales: de más negativos a primera hora a más positivos y tranquilos, con menos ansiedad, al terminar".

Precisamente, una de las pacientes más reticentes a participar en la terapia acaba la jornada con el deseo de que Mushu y Keisy pisen Bellvitge "todos los días" porque "hacen pasar un buen rato" a los ingresados.

Godoy desgrana las cualidades que debe tener un perro desde pequeño para poder participar en este tipo de intervenciones: ser sociable, resiliente ante los diferentes posibles estímulos y con un carácter "bueno y previsible".

"Poco a poco, se adiestra para conseguir que esté habituado a los diferentes espacios y entornos terapéuticos: hospitales, centros de educación especial...", continúa la técnica de la empresa CTAC.

Esta combinación de factores innatos y enseñanzas especiales se complementa con la capacidad de los perros de tejer "vínculos neutros" con las personas, porque no juzgan, y las diferentes emociones que suelen despertar entre los usuarios.

"Estar en contacto con ellos genera la serotonina, la oxitocina, y esto hace que, de por sí, las personas tengan este estado anímico diferente, más estable", zanja Godoy. EFE

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