Más jabalíes y corzos, pero menos insectos y anfibios: la paradoja que está cambiando la fauna en el campo

Investigadores españoles señalan que poner únicamente el foco sobre las grandes especies puede dar una imagen incompleta de la salud de los ecosistemas

Mientras especies como el corzo o el jabalí se recuperan, animales como los insectos o los anfibios están retrocediendo. (Montaje Infobae con imágenes de Cephas/Wikimedia Commons y Romzig/Wikimedia Commons)
Mientras especies como el corzo o el jabalí se recuperan, animales como los insectos o los anfibios están retrocediendo. (Montaje Infobae con imágenes de Cephas/Wikimedia Commons y Romzig/Wikimedia Commons)
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En nuestros paisajes algo está cambiando. Durante años hemos puesto el foco en el declive de grandes vertebrados que forman parte de nuestro patrimonio natural —como los corzos, los jabalíes, los lobos o los osos pardos— y ahora, gracias a cuestiones como la reducción de la caza o el aumento de las áreas protegidas, su presencia está aumentando.

Esto supone todo un éxito en materia de conservación. Sin embargo, muchas veces se pasa por alto una reducción que contribuye también a la alteración de nuestros ecosistemas, pero que no recibe tanta atención: el declive de animales de menor tamaño, como insectos, anfibios o pequeñas aves.

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Estos procesos contrarios se están produciendo de forma simultánea y tienen un origen común, pero rara vez se habían analizado conjuntamente. Así lo señalan los investigadores de un estudio publicado en la revista Journal of Applied Ecology y liderado por el Instituto Pirenaico de Ecología (IPE), perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en colaboración con la Universidad Miguel Hernández (UMH).

Tal y como plantean los autores de la investigación, estos dos procesos entrañan una “paradoja”: mientras que los grandes vertebrados, que suelen ser los que más atención reciben, experimentan una “macrorenaturalización”, los animales más pequeños, menos visibles, se enfrentan a la “microdefaunación”.

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Oso pardo cantábrico. (neusitas/Wikimedia Commons)
Oso pardo cantábrico. (neusitas/Wikimedia Commons)

“Podemos estar viendo paisajes que experimentan un notable regreso de los grandes vertebrados y que por ello nos parezcan menos alterados. Sin embargo, simultáneamente están sufriendo un empobrecimiento silencioso de otros componentes de la fauna”, explica el investigador del IPE-CSIC y coautor del estudio José Daniel Anadón. “Como resultado, en el contexto actual, la recuperación de la gran fauna, aunque deseable y necesaria, no implica por sí sola la recuperación de la integridad del ecosistema”.

El regreso del oso frente a la pérdida de la mariposa

Estos procesos contrarios pueden observarse en los paisajes europeos y, en concreto, también en España. El corzo y el jabalí se expanden notablemente y grandes depredadores como el lobo o el oso pardo están recolonizando sus antiguos territorios, gracias esto último en buena medida a años de protección de estas especies —aunque en marzo de 2025 el Congreso aprobó, gracias a los votos del PP, Vox, Junts y PNV, la salida del lobo del Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE), lo que ha permitido que pueda volver a ser cazado al norte del río Duero—.

También es algo que está ocurriendo en Norteamérica, donde se observan tendencias ascendentes de grandes herbívoros y depredadores como alces, bisontes, lobos y pumas.

Por otro lado, vertebrados e invertebrados de pequeño tamaño experimentan reducciones poblacionales y de rango. Este declive se produce, por ejemplo, en los pájaros y mariposas, como señaló un reciente estudio enfocado en Europa y liderado por el National Research Institute on Agriculture, Food & the Environment (INRA) de Francia, con participación de entidades españolas como el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el Instituto Catalán de Ornitología o el Museo de Ciencias Naturales de Granollers.

Mariposa medioluto herrumbrosa (Melanargia occitanica), que sufre un serio declive por las sequías asociadas al cambio climático y la agricultura intensiva. (Daniel Villafreula/Wikimedia Commons)
Mariposa medioluto herrumbrosa (Melanargia occitanica), que sufre un serio declive por las sequías asociadas al cambio climático y la agricultura intensiva. (Daniel Villafreula/Wikimedia Commons)

También otros insectos o la fauna semiacuática, como los anfibios, sufren una rápida disminución. Este es, de hecho, uno de los grupos de animales que más se enfrenta a la amenaza de la extinción.

Un cambio que depende de la presión humana

Durante milenos, la principal presión que el ser humano ejerció sobre la fauna fue la persecución directa de grandes vertebrados como los osos, las cabras montesas o las águilas. Así, se redujeron drásticamente las poblaciones y áreas de distribución de estos animales por la caza de subsistencia, la sustitución de herbívoros silvestres por ganado, la erradicación de depredadores y la expansión de los paisajes agrarios.

Con el declive de las sociedades agrarias tradicionales, acelerado desde mediados del siglo XX, esto comenzó a cambiar. El abandono de tierras agrícolas y ganaderas y la reducción de la persecución directa, así como las políticas de conservación, están permitiendo que multitud de especies de grandes vertebrados se recuperen.

Sin embargo, tal y como señala el CSIC en un comunicado, “la presión humana sobre la fauna no ha desaparecido”. La intensificación agrícola, el uso de pesticidas y medicamentos veterinarios, la simplificación de los paisajes, el cambio climático y la expansión de especies invasoras están afectando especialmente a numerosos grupos de fauna de pequeño tamaño.

Ejemplar de rana pirenaica. (Leirebaroja/Wikimedia Commons)
Ejemplar de rana pirenaica. (Leirebaroja/Wikimedia Commons)

“La evolución de las sociedades agrarias hacia sociedades industriales y tecnológicas ha trasladado la presión humana de la persecución directa de grandes vertebrados a la erosión silenciosa de la fauna de menor tamaño”, señala Mario Gaspar, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC) y autor principal del estudio.

No solo hay que mirar a las especies emblemáticas

Este cambio en los patrones de la fauna puede provocar ciertas modificaciones no vistas hasta entonces en los ecosistemas, debido a que los grandes y pequeños animales se conectan mediante procesos como la depredación, la competencia, la carroña o el parasitismo.

“La recuperación de unos y el declive de otros puede dar lugar no solo a comunidades con una composición novedosa, sino también a la alteración de procesos ecológicos fundamentales relacionados con ambos grupos como la productividad vegetal, la descomposición, la dispersión de semillas o la transmisión de enfermedades”, señala Gaspar.

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Es por ello por lo que no se puede medir el éxito de la conservación únicamente mediante la recuperación de las grandes especies más emblemáticas, un error en el que se suele caer a menudo, pues esto no llega a reflejar de forma completa el deterioro que puede estar sufriendo un ecosistema mediante la reducción de otros de sus elementos.

Es necesario, por tanto, mirar más allá del lince ibérico o el oso pardo, y comenzar a fijarse en pequeñas ranas o abejas, que son igualmente necesarias para los hábitats en los que viven. Así, los autores proponen que el seguimiento de la fauna incluya a los animales de todos los tamaños y niveles de la cadena alimentaria.

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