
Cuando nació James, Laura supo que “algo no iba bien”. Sus ojos oscuros, su pelo, su piel... no encajaban con el perfil del donante de esperma que ella y su pareja, Beth, habían elegido años atrás en una clínica de fecundación in vitro (FIV) en el norte de Chipre. Pasaron casi diez años desde que la familia confirmara sus sospechas.
Beth y Laura tienen dos hijos: Kate, la mayor, y James. Ambos fueron concebidos mediante FIV en el centro de Dogus, en Chipre, un territorio ocupado por Turquía, donde se aplican las leyes de la Unión Europea. La pareja había solicitado expresamente que se utilizara el mismo donante para ambos embarazos, con el fin de que sus hijos estuvieran biológicamente emparentados.
No obstante, cuando llegaron las pruebas de ADN, ninguno de los niños había sido concebido por el esperma del donante elegido y tampoco eran hermanos biológicos entre sí. “Pasamos de tener un buen perfil del donante y sentir que conocíamos los antecedentes familiares y el historial médico a no tener absolutamente nada”, ha dicho Beth a la BBC.
El donante de Dinamarca que nunca llegó
La historia comenzó en 2011, cuando la pareja decidió formar una familia y eligió la clínica Dogus. La coordinadora de pacientes, Julia Hodson, les explicó que el centro podría importar esperma congelado de Cryos International, el mayor banco de esperma del mundo, con sede en Dinamarca.
Allí encontraron el perfil de un donante apodado “Finn”: danés, sano, deportista, que apenas bebía y nunca fumaba. En una nota, Finn explicaba que su motivación era “llevar vida y felicidad a los demás”. El perfil incluía un árbol genealógico que mostraba rasgos físicos similares a los de la pareja: ojos claros y cabello castaño.
“Nos parecía muy importante que nuestros hijos supieran quién era su donante, porque eso representa la mitad de lo que son”, explica Beth. Durante años, ambos hijos se describían como “medio danesas”. El tratamiento completo, incluyendo medicación, vuelos y alojamiento, costó unas 16.000 libras esterlinas (más de 18.000 euros), de las cuales 2.000 (2.900 euros) correspondían al esperma de Finn. Cuando nació Kate, todo parecía ir bien. Al nacer James, comenzaron las dudas.
Tras años pensándolo, la familia se sometió a pruebas de ADN comerciales, que indicaban que ninguno de los niños provenía de Finn y que habían sido concebidos con esperma de distintos donantes.

El mismo equipo médico y más familias afectadas
Beth y Laura intentaron contactar con la doctora responsable, Firdevs Uguz Tip, y con la coordinadora, Julie Hodson, sin obtener respuesta inicialmente. Sin embargo, cuando la BBC se puso en contacto con Firdevs, la médica afirmó no ser la responsable de solicitar el esperma y puso en duda la fiabilidad de las pruebas comerciales de ADN. También aseguró que no había realizado tratamientos de FIV entre 2011 y 2014, pese a que la web de la clínica detallaba procedimientos de ese período.
La investigación identificó otras familias vinculadas al mismo equipo médico. Dos parejas británicas que más tarde acudieron al Miracle IVF Centre (clínica fundada por Firdevs en 2019) creen que también recibieron donantes de óvulos distintos a los que habían elegido. Algo que las pruebas de ADN parecen confirmar.
“No quiero que la gente piense que necesito tener un bebé que se parezca a mí; no se trata de eso”, ha explicado Kathryn, una de las pacientes. “No quiero mentirles sobre sus orígenes”. Por su parte, Firdevs respondió que la selección de donantes de óvulos la realizaba “exclusivamente” la clínica, que nunca garantizaba la etnia de la donante y que todo constaba en los formularios de consentimiento, algo que las familias aseguran no haber recibido con claridad.

Sin regulación independiente
“Es una situación absolutamente terrible para los pacientes”, afirma el doctor Ippokratis Sarris, de la Sociedad Británica de Fertilidad. Además, que ocurra de forma repetida y vinculado al mismo equipo podría indicar “negligencia” o incluso “engaño”.
El norte de Chipre cuenta con leyes de fertilidad propias, pero no dispone de un organismo regulador independiente que supervise las clínicas. “El mayor temor de cualquier unidad de FIV es confundir un óvulo, un espermatozoide o un embrión”, ha asegurado el doctor. Sin embargo, Cryos International declaró que cuenta con “numerosos procesos de seguridad” y que en sus 45 años de historia no había registrado errores de este tipo.
“Seguimos siendo una familia”
Han pasado dos años desde que Beth y Laura hablaron con sus hijos sobre la situación. James sigue procesando lo sucedido: “No puedes decir que alguien es de una manera y luego decir que no lo es. Eso está mal. La identidad es lo principal. Es quién eres como persona”.
Por su parte, Kate ha comentado que todos “han crecido juntos y nuestras madres nos han criado. Seguimos siendo una familia, aunque no sea por lazos de sangre”. “Tenemos dos hijos maravillosos”, han sentenciado Beth y Laura
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