La politóloga y periodista Estefanía Molina (Igualada, Barcelona, 1991) ha escrito un libro sobre la desesperanza de los jóvenes, cargados de razones para dar la espalda al sistema, echados en brazos de quienes agitan la ira contra las instituciones. Ellos no tienen la culpa -antepone-, ni tampoco sus padres, que están parando el estallido. La autora no deja una mina por pisar -pensiones, vivienda, inmigración, izquierda y derecha- en las 175 páginas de Los hijos de los boomers. De la muerte de la clase media al auge de una generación antisistema (Ediciones Destino). Será por eso que ha despertado reacciones tan encendidas. Se trata de un pequeño ejemplar que contiene las principales y más incómodas discusiones de un país. Arroja luz -datos-, una mirada conciliadora y una advertencia: si la política no reacciona, si no ofrece un nuevo pacto social, lo tendrán que lamentar las distintas generaciones.
Columnista en El País y analista en la Cadena SER, Telecinco, Canal 24 Horas, RNE, RAC1 y TV3, Molina inventa horas a los días para promocionar el libro. En una de ellas visita la redacción de Infobae en Madrid.
-Pregunta: Te han acusado de atacar el Estado de derecho o de avivar una batalla generacional. No sé si esperabas esta repercusión.
-Respuesta: Esperaba que iban a querer tergiversar el mensaje. Estaba convencida porque en este país, cualquier crítica que se le hace al sistema desde una posición reformista o para expresar un malestar generacional es mal recibida dado que hoy, parte del bloque que se siente normalmente en posesión del clamor popular, o de la gente que sufre o precaria, es la izquierda, que es quien gobierna. La izquierda y sus socios. Creo que si gobernara la derecha, a lo mejor este discurso hubiese sido ampliamente aceptado y entendido. Veo a gente a la que que tal vez le sabe mal no poder introducirlo como discurso de choque contra el sistema, porque ahora mismo son el sistema.
Lo que el libro deja claro, tal vez desde la línea uno, es una oda al modelo en el que me crie, en una familia humilde como la mía, trabajadora, con ideal aspiracional de clase media. Y lo que busca precisamente es eso, intentar, por un lado, detectar los errores de nuestro estado del bienestar, por qué está fallando, por qué ha dejado de proveer bienestar para las generaciones que suben, y luego también plantear propuestas, reformas. Sobre todo, explicarlo en términos generacionales. Se tiende a hacer la caricatura porque el discurso es incómodo. Molesta porque obligaría a asumir que el sistema tiene culpa del auge autoritario que se está produciendo en los jóvenes.

-P: Incluso se te ha acusado de no tener una noción clara del estrato social en el que te has criado. ¿Qué es hoy la clase media? ¿Cómo es una persona de clase media?
-R: Creo que la clase media no es algo que se defina y creo que ese es el error que ha cometido alguna gente que ha criticado esto. Para mí, la clase media tiene un componente aspiracional que no borra la existencia de la clase trabajadora. Tú podías nacer trabajador, pero la socialdemocracia reivindicaba un ideal emancipador. Los millennials hemos vivido en entornos de clase media en general. Nuestros padres, la mayoría de baby boomers tiene la casa en propiedad o casi pagada y tenían unos salarios en ese ciclo económico que les permitía un proyecto de vida. Dentro de esa clase media había gente más en la parte alta y otra en la baja. Por eso me llama mucho la atención que haya quien quiera dejarnos estratificados en clase obrera. Creo que ha sido más una concepción ideológica que no que yo no sepa qué es la clase media. Hay gente a la que a lo mejor -voy a decir una maldad- no le gusta el concepto de clase media porque choca con sus paradigmas económicos.
En España hoy ya hay indicadores de que el ascensor social se ha averiado. El bienestar no lo provee el Estado, se ha privatizado en los padres
-P: Hacías alusión de fondo a la cultura del esfuerzo que se ha inculcado, el “haz todo lo que puedas, fórmate y lo conseguirás”. Si tú ahora mismo tuvieras aquí a un chaval de 16-18 años y tuvieras que darle un mensaje realista, ¿qué le dirías? Sin engañarle.
-R: Me sabe muy mal explicarle a la gente que la mayor parte de mis amigos que se ganan hoy bien la vida, muchos son funcionarios y otros se han ido de España. En la empresa privada hay mucha gente que está un tiempo y percibe precariedad, que eso no le da una estabilidad -que a lo mejor había idealizado, esa es otra-. Estamos viendo un boom de personas que estudian varias oposiciones. Eso no quiere decir que de pronto ahora hay muchísimos más trabajadores públicos. Se ha convertido en una especie de ‘juegos del hambre’ de a ver quién obtiene una plaza.
Lo que le diría a cualquier persona es que se forme, eso por supuesto, pero sí que abordaría la mirada de forma realista y seguramente, si fueran mis hijos -que no tengo-, les recomendaría estudiar carreras de sectores de valor añadido. Está mal que diga esto porque a mí, de familia humilde, mi madre siempre me apoyó que estudiara Periodismo y Ciencias Políticas, que era mi ilusión. Negarle a un hijo la ilusión que a mí sí me dieron... Pero le plantearía los escenarios realistas y algo muy importante: su capacidad de elegir. Es algo que reivindico mucho en el libro, la construcción de individuos autónomos con las riendas de su destino y capaces de construir su propia libertad, pero siempre desde el paradigma que yo he conocido del estado del bienestar.
Mi abuela no sabía leer ni escribir y yo me dedico hoy a eso. He ido a un colegio, he tenido unas oportunidades. En España hoy ya hay indicadores de que el ascensor social se ha averiado. El bienestar no lo provee el Estado, se ha privatizado en los padres. Hoy, los padres, como con una varita, si tienen dinero o no, te dan la posibilidad de que tú tengas la entrada para un piso o no, y eso cambia sustancialmente tu vida. Antes, la relación salarios-vivienda permitía ese proyecto. El ciclo económico entre 1985 y 2005, el PIB per cápita creció un 69%; entre 2005 y 2024, un 11. Ahí hay un motor del sistema de fabricación de bienestar que se ha gripado. Los padres hoy son el parche del sistema porque tal vez han sido un oasis dentro de los ciclos económicos recientes en España.
Aviso: aunque Vox no tenga las soluciones, no hay que subestimarlo. (...) Vox puede gobernar algún día este país
-P: Escribes: “La precariedad, los salarios míseros y la falta de acceso a la vivienda son la carcoma silenciosa que nos explotará en la cara más pronto que tarde. (...) Si nuestros gobernantes asumieran lo que les viene encima, estarían ansiosos por promover un nuevo pacto social más justo”. ¿Cuál es la vigencia o la caducidad de este libro? Porque anticipa un final, un estallido. ¿Cuándo pasaremos al siguiente escenario?
-R: Lo he escrito con vocación de que dentro de diez años alguien diga: “Esto estaba aquí”. Porque a fin de cuentas, la tesis última es que estamos fabricando una generación en el malestar y tendemos a pensar que algún día cambiarán de opinión. Ahora mismo, esa impugnación al sistema está en en lado de la derecha, una derecha mucho más liberal, incluso autoritaria. En Europa se materializa de muchas formas. En España, Vox encarna esa protesta reactiva con lo que ellos llaman el régimen del 78. Esos jóvenes que hoy están fabricados en el malestar ya se han socializado en el malestar. ¿Eso qué quiere decir? Que han adquirido muy pronto valores de rechazo al sistema. No tiendo a pensar que cuando tengan 50 años y hereden supuestamente la casa de sus padres, de pronto serán las personas más moderadas.
Vox puede gobernar algún día este país. Hay actos donde está el rey a los que no ha acudido Santiago Abascal y puede decir que es “porque estaba Pedro Sánchez”, pero sabe que hay una parte de su electorado que impugna hoy la figura del rey. O cuando critica a la Conferencia Episcopal. Estos no son los valores clásicos de un PP, de una derecha clásica. Nunca hemos visto al PP criticar a los obispos. O este discurso antiélites. En el PP hemos visto proyectos más funcionariales, más liberales, hay algún alma también más socialdemócrata, pero este giro falangista no tiene nada que ver con lo que era la derecha clásica. Son ejemplos por los que digo que ya se está socializando a un votante en unos códigos, actitudes y comprensión diferente a la de la derecha que se conocía. Y circulan estas coletillas de “estado fallido” porque a los jóvenes les fallan.

-P: Hay quien te ha acusado de manejar un discurso de extrema derecha, pero lo que dices en el libro es precisamente que Vox no tiene las respuestas ni las soluciones (“no es un partido capaz de abordar directamente la brecha generacional, pese a su popularidad entre la gente joven”).
-R: Efectivamente. De hecho, no le he visto una crítica estructurada a por ejemplo cómo remontamos este estado del bienestar. No hay un desarrollo. De hecho, se ha borrado de los gobiernos del PP para no adquirir responsabilidades y seguir creciendo a lomos de esa indefinición, del voto protesta. Pero eso hay que testarlo. Y como todo partido, si gobierna, va a decepcionar. Entonces, ahora mismo vehicula esa impugnación, pero las recetas ni las ha aplicado donde ha gobernado ni las estamos conociendo. Pero aviso: aunque Vox no tenga las soluciones, no hay que subestimarlo. La gente tiende a pensar que esto será como Podemos y Ciudadanos, que se diluyeron. Y esa hay otra cosa que explico sobre la famosa clase media.
Cuando aparecen Podemos y Ciudadanos, subproducto de ese estallido que bebía del 15-M, hubo una ruptura, un crack económico de mucho sufrimiento en la sociedad española. Desahucios, despidos. Hoy, la gente no entiende por qué, habiendo un escudo social, crece la ultraderecha. Y yo digo: porque la gente ya sabe que el sistema ha cambiado una vez. Cuando aparecieron Podemos y Ciudadanos, se creía que el sistema cambiaría a mejor. Lo que hay es un malestar acumulado de esas clases medias de dos y tres décadas estancadas. En este malestar no hace falta que que haya un estruendo; la gente lo está somatizando vía estas opciones políticas. Por eso digo que no, no lo comparemos con lo que pasó aquella vez para no creer que que esto se puede consolidar a largo plazo, porque puede consolidarse.
-P: ¿Por qué no es rentable políticamente apoyar a esta generación?
-R: La política se ha acomodado. El sistema tiene incentivos electorales en hacer medidas para beneficiar a la que es la principal base de votantes del bipartidismo, que es la generación del baby boom. Y yo digo que todo el sistema está montado alrededor de eso. Uno de los pilares indiscutibles, sacrosantos hoy en la política española son las pensiones. No es honesto asumir que este no es un debate que se puede abordar. ¿Por qué? Porque hoy el gasto de pensiones es creciente. La generación del baby boom no se ha terminado de jubilar todavía. En los años que vienen puede suponer incluso un crecimiento de dos puntos y medio o tres del PIB de gasto, comparado con los bajos salarios que tenemos ahora.
Entonces, esto ya es una cuestión que hay que abordar o preguntarse cómo hacerlo mejor, pero el sistema no le va a dar esa ese susto a sus votantes ¿Por qué? Porque cree que ha equilibrado las cuentas. Mucha gente dice: “¿Por qué os metéis con las pensiones? Quitad otras cosas. Quitad, por ejemplo, todas las filias y fobias de izquierda y derecha. Quitad partidas en igualdad, quitad sindicatos, quitad Casa Real, quitad ingreso mínimo vital“. Bueno, pues si quitáramos todas estas partidas que proponen unos y otros, no cubrimos todo ese déficit.
Para mí, el tema, el dilema de presente-futuro que no se aborda, y es ahí donde sí que hay una cuestión generacional, es que no estamos buscando otras formas de sostener este sistema. Ahora mismo, esto se está supliendo vía transferencias del Estado, que es dinero de otras partidas; son impuestos, es deuda. Pero esto es a cargo de generaciones futuras y de prioridades presentes. Intento llevar a un espacio progresista cosas que creo que, por dejadez del sistema, son discursos que se están dejando a gente que cree que son cosas de la ultraderecha, cuando las pensiones ni siquiera directamente las ha criticado jamás la ultraderecha en España. ¿Por qué? Porque también aspiran a ese votante.
Hay un drama en este país y no lo han traído los inmigrantes. Hay un drama previo que es, para mí, el hundimiento de la clase media
-P: En el libro, conectas pensiones con inmigración, como “un parche” del sistema. ¿Cómo valoras la anunciada regulación masiva?
-R: Para el contexto que tiene el Gobierno ahora mismo, ha sido un poco la teoría de la manta corta: si te tapas la cabeza, se te quedan los pies al aire, y viceversa. Tiene ahí a dos socios que son Podemos y Junts, con posiciones antagonistas. Para Podemos ha habido la regularización y puede colgarse la medalla, pero era la cuadratura del círculo para que se abriera a aprobar la cesión de competencias a Cataluña con la cuestión de la inmigración. Más allá de eso, la inmigración es tristemente otro debate tabú y la ultraderecha lo ha convertido en su principal bandera. Creo que hay que abordarlo y hacer mucha pedagogía. Para empezar, porque todos los países necesitan inmigración, todos. Es incuestionable.
¿Qué ocurre? Creo que en España la estamos utilizando como un parche. ¿Por qué? Porque traemos a trabajadores que necesitamos para puestos que no se están cubriendo. La inmigración es fuerte cubriendo puestos en hostelería, en construcción, en el campo. Y también por una cuestión demográfica: nuestros hijos no tienen hijos, ya sea por un cambio cultural o por empobrecimiento. Hay otra lectura que se puede hacer sobre la cuestión demográfica, como que si no revertimos los motivos por los cuales nuestros hijos no tienen hijos, que son la precariedad, nada indica que las segundas generaciones de estas personas migrantes no estén en la misma situación. Entonces, de algún modo el sistema ha puesto un pequeño parche temporal fiándolo todo a que las cosas cambien.
Sabemos que las personas migrantes, aunque tengan estudios, tristemente, muchas de ellas no están pudiendo desarrollar toda su capacidad. He conocido a personas muy tituladas que desempeñan trabajos por debajo de su cualificación, como tantos otros españoles. Hay un drama en este país y no lo han traído los inmigrantes. Hay un drama previo que es, para mí, el hundimiento de la clase media. Tampoco estamos haciendo nada para que los salarios mejoren, para que seamos un país más atractivo, por lo cual creo que la pirámide de sostenimiento del Estado del bienestar va a a tender a los mismos vicios todo el tiempo, porque son parches temporales que se ponen.
Qué problema habría en decir por ejemplo “la inmigración no es el problema de la vivienda”. El problema es que si el Gobierno tiene una política de atracción de mano de obra o de regularización de los que estaban aquí, estas personas necesitan una vivienda. Nadie dice esto. Me preocupa que a gente que viene buscando sus oportunidades y no tiene culpa de nada, se le acabe echando la culpa de esos problemas que el sistema político no ha resuelto. Creo que todo el mundo debe poder acceder a vivienda en condiciones dignas. Son debates que ya están en la sociedad y hay que poderlos abordar. Y no entro ya en los estigmas que mete la ultraderecha sobre estas personas.

He escuchado a la izquierda populista discursos del tipo “no hay que construir”. Esto son mentalidades neoliberales. Si me apuras, mentalidad facha
-P: Crisis de vivienda: ¿a quién tenemos que señalar y quién tiene la solución?
Creo que el bipartidismo pensaba que la vivienda no era un problema de su base de votantes. Alrededor de un 85-90%, casa en propiedad pagada de la generación baby boom o personas mayores de 60 años. Así, en sentido amplio. La crítica que principalmente hago, aunque no son los culpables de esto, es a la izquierda populista o la izquierda a la izquierda del PSOE, donde yo he escuchado discursos del tipo “no hay que construir”. Esto son mentalidades neoliberales. Si me apuras, mentalidad facha. Se apela siempre a la existencia de 3,8 millones de viviendas, según el INE, que están en algún lado, pero el propio INE reconoce que puede ser inexacto. En censos más depurados no se encuentra ni un 1% No es verdad que esas viviendas estén en algún lugar capturadas por gente que no las suelta. Hoy es más rentable que nunca sacar una vivienda en alquiler porque hay mucha escasez.
Yo creo que el culpable es el bipartidismo, que son los que tienen mando en plaza. Pero creo que al sistema le ha venido bien que haya gente haciendo estos discursos, porque de algún modo es como “ah, mientras la gente está pensando que construir es neoliberal y que queréis un boom inmobiliario y especular todos, nadie va a buscarnos las cosquillas de por qué no estamos construyendo”. Yo he escuchado mucho esto de “en el boom también se construía mucho y no bajaban los precios”. Es que la burbuja no era de oferta, no era de cantidad de pisos, sino crediticia.
Veo que hay unos discursos que a veces son funcionales al sistema. Hoy, a un fondo buitre lo que más le conviene es que haya partidos promoviendo la escasez de vivienda. ¿Quién puede acceder a comprarse un piso que hoy vale un pastón en un barrio bastante mediano? No una familia normal, una familia de clase media, no, o trabajadora: una sociedad de inversión. Y aún así, ni siquiera son el principal motivo del problema. En Madrid y en Barcelona -datos del Banco de España-, entre un 10 y un 11% son sociedades de inversión propietarias del parque de alquiler. El resto son pequeños propietarios.
Se ha tendido a dividir la sociedad en dos, entre propietarios y gente que no posee nada. Cuidado, porque mucha gente hoy tiene una segunda vivienda que la utiliza para complementar esos salarios hundidos a la baja. A lo mejor tienen un mayor a cargo. Entonces, estos discursos maniqueos nos están desviando de una realidad que para mí es la depauperación de la clase media y de cómo hay partidos que saben que mucha gente está utilizando ese ese sueldito de ese piso alquilado para seguir siendo un poco lo más parecido a clase media de antes. No todo el mundo tiene pisos alquilados a 3.000 euros. Quiero decir, hay pisos a 500 euros en ciudades medianas o ciudades pequeñas.

Digo a los baby boomers que cuidado, porque si el motor está gripado para sus hijos, a lo mejor todo lo que van a necesitar tampoco va a ser de calidad
-P: Alberto Núñez Feijóo ha pronunciado recientemente que “hoy a mucha gente no le merece la pena trabajar y el Gobierno lo incentiva”. ¿Tiene esto sentido? ¿Se puede vivir sin trabajar?
Creo que este discurso no es cierto, y es una crítica que hago al al PP como alternativa de gobierno. Es muy curioso que siempre en España, cuando parecía que el gobierno de turno no daba más de sí, la gente volcaba sus esperanzas en el siguiente. En este caso gobiernan el PSOE y Sumar y la gente podría pensar “bueno, pues ahora llegará el PP y toda la derecha se va a aglutinar alrededor del PP para que cambie esto”. Los que se sienten perdedores del sistema, las clases medias hundidas, jóvenes precarios, la España rural que se siente abandonada, no creen que sea el PP el que va a solucionar esto. Por eso están votando a otra fuerza.
Para empezar, el PP de momento tampoco tiene un discurso de recuperación de la clase media. No es el Gobierno el que está desincentivando que la gente se esfuerce. Lo que creo es que la izquierda, ante ese motor gripado, se ha abonado a un ideal más de parchear o asistencial de “no os preocupéis que no caeréis en la pobreza”. Tampoco está ofreciendo un ideal socialdemócrata emancipador de volver a soñar a lo grande, pero no creo que lo que esté buscando es que que la gente se conforme. En el caso del PP, tendría que plantear cómo va a hacer que esforzarse vuelva a tener sentido. Creo que es un brochazo muy simple de lo que podría convertirse en un gran proyecto de cómo pensar remontar a la clase media, incentivar sectores de mayor productividad, que la educación vuelva a ser motor de oportunidades.
En el libro digo a los baby boomers que cuidado, porque parece que ya lo que les queda es cobrar su pensión, disfrutar de su vejez y a lo mejor ya los únicos servicios que van a necesitar por edad son cuidados o sanidad. Pero si el motor está gripado para sus hijos, a lo mejor todo esto que usted va a necesitar tampoco va a ser de calidad, y a lo mejor viene una crisis y obliga a reformular el sistema de pensiones en un sentido de recortes. Es un aviso a un pacto entre entre generaciones. Yo lo llamo “el pacto del legado” porque es el legado que van a dejar a sus hijos, pero a la vez les va a revertir a ellos. O que sus hijos, esta generación cabreada, algún día voten a formaciones que pasen la motosierra.
El drama es que el salario mínimo es cada vez el más frecuente. No veo que la izquierda haga esta crítica
-P: ¿Se está equivocando la izquierda en la forma que ha iniciado el proceso para intentar unirse? De lograrlo, ¿funcionaría?
-R: El tema no es que se llame Sumar 2 o 6.0, sino qué ideas, y siento decirlo, pero veo un agotamiento de ideas. Si la propuesta estrella es subir el salario mínimo, lo celebro por la gente que lo necesita y a lo mejor esos 50 euros le van a permitir comprarle carne a sus hijos o pescado. Pero hoy el drama no es ese. Lo es, pero es todavía mayor: es que es el salario más común, cada vez el más frecuente. Yo no veo que hagan esa crítica. Entonces, creo que la candidatura de quienquiera que vaya a liderar ese espacio en adelante -si Podemos lo permite, si ERC lo permite, si Bildu lo permite, que tampoco quiere- no es tanto cómo se monta el collage, es qué ideas tienen ustedes, porque al final, con perdón, si es siempre como un refrito para maximizar votos, para cuando apliquemos la ley D’Hondt les caiga el último escaño, esto no es un modelo y la gente se da cuenta. El sentimiento de desidia y de abstención que uno empieza a percibir en muchos de esos votantes, también a veces del PSOE, creo que es un agotamiento del modelo. Alguien necesita volver a soñar a lo grande.
-P: Como politóloga, ya desde un punto de vista personal o de curiosidad: si tuvieras la oportunidad de pasar 24 horas o una semana junto a Sánchez o Ayuso, ¿cuál de ellos te genera un mayor interés?
-R: Los dos me generan mucho, pero fíjate que a mí hay algo que me parece misterioso en Ayuso, y es lo siguiente: creo que hay mucha gente a la que le encantaría hoy que fuera la líder del PP, porque creo que mucha gente piensa que Feijóo no está ilusionando, así como Ayuso sí ha sido capaz de comerse al espacio que le ha impugnado. Le impugnó Ciudadanos, se ha comido su espacio; le impugnó Vox, se ha comido su espacio. No sé si por los ciclos de la política, a lo mejor se le va a pasar el tren. Creo que hay un tema de lealtad, seguramente, pero a lo mejor tuvo su momento cuando echaron a (Pablo) Casado.
-P: El mismo chaval de 16-18 al que antes le hablabas de la cultura del esfuerzo, ¿por qué debería votar? Después de todo lo que hemos hablado, ¿por qué debería meter una papeleta en la urna?
-R: Porque creo que el problema que tenemos hoy es pensar que no votar es una forma de no decidir. Lo es. La política o la haces o te la hacen. Es legítimo no ir a votar. Es más, hay personas que sostienen que no ir a votar ya es una forma de decirle al sistema lo que opinas del sistema. Pero una a persona joven a lo mejor sí le aconsejaría ir a votar, porque solo si lo haces tienes percepción de si te pueden esperanzar o desesperanzar. Bueno, tú al menos lo has intentado, pero no me digas que no lo intentaste, ¿no? Ve y vota a alguien. No quisiera lanzar aquí un mensaje antisistema ni nada de eso. Me da miedo que esta democracia, cada vez más, crea que puede convivir con gente a la que ya le da igual todo. Como con ese nihilismo de “si gobierna este o el otro, mi vida no va a ser distinta”. No sé, creo que eso en España no solía pasar. Yo era pequeña, mis padres iban a votar, y no sé ni lo que votaban, pero yo pensaba: “Pues a lo mejor sí que había esperanza, ¿no?" De que un cambio u otro pudiera traer nuevas cosas, nuevas propuestas, nuevas ideas. Es increíble lo que la política le puede dar o quitar a una persona. A veces puede ser algo nimio, a veces puede ser un drama existencial.
-P: ¿Una politóloga vota con la cabeza o con el corazón?
-R: Hay quien me dice “ay, qué fijación con estos o los otros”, y yo pienso que mi mayor virtud es que la gente no sabe que a lo mejor esos son a los que yo votaría... o no. Me despersonalizo muchísimo. Puedo tomar mucha distancia, puedo criticar objetiva y analíticamente a gente de la que a lo mejor pienso “no, si es el discurso que yo consumiría”. Pero si no lo han hecho bien y los resultados no han sido buenos, pues es lo que hay. Mira, creo que hoy, mis ideales clasemedieros me da pena pensar que no los estoy viendo representados en ningún lado. Me da mucha pena porque el sistema no los está representando, no se está navegando hacia donde yo quiero orientar la vida pública. De hecho, la primera frase del libro es “toda vocación política nace y se nutre de un legado personal”. Pero, a la vez, lo que está impugnando al sistema tampoco va a traer eso, no va a ser un mejor estado del bienestar ni una mejor democracia. Creo que soy analítica en lo profesional y muy pasional en lo personal, así que probablemente yo, como todo el mundo, también tengo mis filias y mis fobias y mis proyectos de cómo me gustaría que fuera la sociedad.
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