
El misterio sobre la 'Princesa de Bagicz’ se ha resuelto, gracias al estudio científico de su ataúd, después de más de un siglo de debate. La atención por la aristócrata nació en 1899, cuando el féretro en el que se encontraba descendió por un acantilado erosionado en el pueblo costero de Bagicz (Polonia). La excelente conservación de la tumba, fabricada a partir de un tronco de roble, es extremadamente inusual, ya que estos objetos se desintegran con los años.
Asimismo, el hecho de ser el único sarcófago de madera conservado en tan buenas condiciones llamó la atención de una multitud de arqueólogos, historiadores y científicos que querían conocer la identidad de la joven mujer. Los análisis sobre sus restos determinaron que vivió y murió en la época romana. No obstante, las fechas que se barajaban hasta ahora de diferentes estudios eran contradictorias entre sí, abarcando diferencias de hasta 300 años.
El último estudio sobre este yacimiento se ha enfocado, en cambio, en el ataúd. Con su análisis, publicado el 9 de febrero en Archaeometry, se ha podido saber que la mujer nació en la Edad de Hierro romana y lo más probable es que el sarcófago haya llegado a la actualidad gracias a que la ubicación inicial del entierro tenía un ambiente húmedo y lluvioso.

“La fecha estimada de tala del roble se calculó en el año 120 d. C.”
La nueva investigación ha estado liderada por Marta Chmiel-Chrzanowska, arqueóloga de la Universidad de Szczecin, quien ha expresado que “el entierro de Bagicz es excepcional”. La experta ha determinado que el ataúd y la tapa fueron tallados a partir de un solo tronco de roble, método que permitió su preservación en un ambiente húmedo durante siglos. Igualmente, en la publicación se detalla que la estructura formaba parte de un cementerio vinculado a la cultura Wielbark, asociada a los godos y pueblos germánicos.
Por su parte, el esqueleto encontrado en el interior correspondía a una mujer adulta que fue enterrada sobre una piel de vaca, junto con un collar de cuentas de vidrio y ámbar, un alfiler de bronce y un par de brazaletes del mismo metal. Estos objetos, junto al ataúd, contribuyeron a la atribución del apodo ‘Princesa’, aunque los datos científicos arrojan matices sobre la verdadera identidad social de la difunta.
Durante décadas, la datación precisa del entierro ha sido un desafío para la comunidad científica. Los primeros análisis arqueológicos, realizados en la década de 1980, sugerían una muerte ocurrida entre los años 110 y 160 d. C. Posteriormente, una prueba de carbono 14 efectuada en 2018 sobre uno de los dientes de la mujer arrojó una fecha mucho más antigua, entre 113 a. C. y 65 d. C., lo que generó dudas sobre la sincronía entre los restos humanos y los objetos hallados.
Para zanjar la controversia, el equipo dirigido por Chmiel-Chrzanowska recurrió a la dendrocronología, técnica que permite fechar objetos de madera mediante el conteo y comparación de anillos de crecimiento. “La fecha estimada de tala del roble utilizado para el ataúd se calculó en el año 120 d. C.”, han determinado los investigadores. Además, estipulan que “es probable que el ataúd se fabricara inmediatamente después de la tala”. El análisis de los bienes funerarios coincide con este resultado, descartando la antigüedad sugerida por el estudio de 2018 por la datación radiocarbónica dental.

“Las fechas de radiocarbono pueden tener un error de hasta 1.200 años”
Pero ¿cómo es posible que el estudio del ataúd sea más preciso que el de la propia mujer? Los análisis de Chmiel-Chrzanowska han puesto de manifiesto las limitaciones de la datación por carbono, pues lo cierto es que la dieta o el entorno pueden alterar los resultados. En este sentido, los científicos han recordado que “las fechas de radiocarbono pueden tener un error de hasta 1.200 años si la muestra orgánica proviene de un organismo marino en lugar de uno terrestre”, describe la revista Live Science sobre el fenómeno conocido como efecto reservorio marino. Así, el consumo elevado de mariscos pudo haber influido en la datación del diente de la mujer, provocando el desfase detectado. “Esto podría haber ocurrido en el caso de la Princesa de Bagicz”, concluyeron los autores.
Por otro lado, la investigación sobre la identidad y las condiciones de vida de la ‘Princesa’ continúa. Chmiel-Chrzanowska ha aclarado que la mujer no presentaba ninguna paleopatología que pudiera indicar la causa de su muerte, aunque sí mostró signos de osteoartritis. Este desgaste estaría ligado probablemente al esfuerzo físico siendo joven, pues su edad al fallecer oscilaba entre 25 y 35 años. De hecho, su artritis sugiere que era una representante típica de la cultura Wielbark, más que una princesa, según pudo comprobar la investigadora en un estudio previo.
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