
La experiencia de residir en una zona donde las temperaturas pueden llegar a descender hasta los -40 grados centígrados y el sol apenas asoma durante el invierno, ha definido la vida de Antonette Spaan. Esta mujer, de 44 años y originaria de los Países Bajos, ha pasado casi tres años en la Laponia sueca, una región que se extiende al norte del Círculo Polar Ártico y que se caracteriza por sus condiciones extremas y su belleza paisajística.
En este entorno, el aislamiento y la adaptación al clima resultan determinantes para cualquier residente. Conforme ha relatado Antonette al medio De Telegraaf, la localidad más próxima se encuentra a tres horas en coche, un factor que marca de manera significativa el día a día.
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Adaptarse a la vida en Laponia ha supuesto un auténtico reto. Su llegada a la región fue especialmente dura, como ella misma ha recordado: aterrizó con un equipaje más propio del otoño que del frío polar. “No estaba nada preparada para el frío extremo cuando bajé del autobús en mi carrito, con zapatillas y un abrigo de otoño,” ha explicado Antonette.
Esta experiencia la llevó a invertir rápidamente en ropa de máximo abrigo, lejos de la indumentaria habitual para las bajas temperaturas comunes en otras zonas. Según ha detallado, “una chaqueta de esquí y unas botas de invierno no sirven a -40 grados.”
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El clima, severo y persistente, obliga a tomar precauciones incluso para realizar actividades tan básicas como pasear. Alrededor del solsticio de invierno, el 21 de diciembre, la luz solar se limita a tres horas diarias: “No puedes simplemente salir a caminar cuando la nieve tiene un metro y medio de profundidad. Ya he estado hasta los tobillos en un pantano”, ha subrayado.
El día a día en el Ártico
Laponia no es un estado independiente, sino una vasta región cultural, geográfica y étnica que atraviesa Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Popularmente identificada como el hogar de Papá Noel, su fama responde no solo al folclore, sino también a los paisajes árticos, las auroras boreales y la presencia del pueblo sami, dedicado en buena parte a la cría de renos. La vida en estos parajes conlleva, por tanto, una relación directa con la naturaleza y la gestión del aislamiento.
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Antonette reside en una vivienda típica sueca, de madera pintada en rojo y persianas blancas, que ha adquirido por el equivalente a 27.000 euros y que se sitúa en una parcela de casi mil metros cuadrados, rodeada de bosque y con vistas a un lago que se congela durante el invierno. “El pueblo más cercano está a tres horas en coche,” ha precisado Antonette, destacando el grado de desconexión con la civilización.

Este grado de aislamiento ha provocado en ella cierta reticencia inicial, si bien con el tiempo Spaan reconoce haberse adaptado. No obstante, confiesa que necesita regresar periódicamente a los Países Bajos para mantenerse conectada con sus raíces: “Si salgo a las cinco de la mañana, puedo estar en casa de mi madre en Achterhoek a las cuatro de la tarde. Es maravilloso, pero una vez de vuelta en Laponia, me recargo con la paz y la tranquilidad que hay aquí”, ha relatado al mismo medio.
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Un proceso de transformación vital
El deseo de vivir en el norte de Europa surge en Antonette desde la infancia, cuando viajaba con su familia a Austria, aunque el proceso para establecerse en Laponia no ha sido inmediato. Ha sido a raíz de una ruptura sentimental en 2016 cuando decide emprender en solitario un viaje a Suecia, dejando atrás tanto su empleo como su vivienda.
Su integración en el entorno se consolida en 2025, cuando, junto a su pareja actual, empieza a organizar rutas guiadas con el objetivo de dar a conocer la naturaleza, la cultura sami y la vida cotidiana en este territorio remoto.
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Antonette advierte que este estilo de vida no es apto para cualquiera: “Siempre les digo a quienes me preguntan sobre la emigración que este estilo de vida no es para todos. Si vienes en tacones y no puedes hacer tus necesidades en el bosque, no tienes nada que hacer aquí”, ha ironizado.
A pesar de todo, mantiene su convicción respecto al camino escogido: “Quienes me conocen dicen que soy mucho más feliz aquí. Cuando dije hace cinco años que quería despertar en una casa roja con persianas blancas en Laponia, todos pensaron que estaba loca. Y ahora, de hecho, estoy viviendo esa vida”, ha afirmado finalmente.
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