
Empezar a ir al gimnasio, dejar de fumar, apuntarse a algún curso nuevo, incrementar el hábito lector... Cuando el 1 de enero comienza a asomar por el calendario, son muchas las personas que empiezan a proponerse objetivos para el año que va a entrar, ya sea ideándolos mentalmente o incluso utilizando papel y boli para que quede constancia de la intención de cambio.
Y es que la llegada de un Año Nuevo trae consigo ciertas esperanzas de conseguir aquello que durante el que termina no se ha conseguido. “Funciona como un ‘botón de reinicio emocional’”, explica a Infobae Laura Fuster, psicóloga especialista en ansiedad cuya clínica opera presencialmente en Valencia y de forma online. “El 1 de enero simboliza orden, limpieza y una nueva oportunidad”.
Esto resulta especialmente comprensible desde la ansiedad, señala la experta: “Cuando nos sentimos desbordados o insatisfechos, necesitamos creer que hay un punto de corte claro”. Y no es que “el problema desaparezca con el cambio de año”, sino que esto “nos da la ilusión de que ahora sí podremos con todo”.

En esto coincide la psicóloga Rebecca Castro, de Self Psicólogos, clínica ubicada en Majadahonda (Madrid): “El año nuevo trae una especie de ‘pensamiento mágico’ de poder conseguirlo esta vez, como una fecha de resetear y decir ‘venga, voy a intentarlo de cero’”. El problema, advierte Fuster, es que con ello existe el riesgo de “creer que el cambio viene solo”.
Y es que, cuando llega el 8 de enero, son muchos los que ya han olvidado sus propósitos, han tirado la toalla o han pensado que mejor ya lo empiezan a cumplir el próximo año. El problema no siempre reside en una falta de disciplina o constancia, sino en la manera en sí en la que planteamos los objetivos.
¿Por qué fallamos en nuestros propósitos de Año Nuevo?
“Uno de los problemas que podemos tener es ponernos demasiados propósitos porque no vamos a tener día suficiente para cumplirlos todos”, explica Carrasco. Con la despedida de un año, nos llenamos de ánimo y motivación; un arranque que a los pocos días termina por desinflarse cuando la lista de objetivos supera nuestras posibilidades. Esto, señala la psicóloga, genera frustración.
No solo eso, sino que muchos de los propósitos que se realizan (por ejemplo, empezar a ir al gimnasio o dejar de fumar) son cambios de hábitos: “Cambiar un hábito es cambiar una vida. Son cosas que llevamos haciendo mucho tiempo y son bastante difíciles de modificar”.

Esto puede producir ansiedad. “Los hábitos, incluso los que no nos hacen bien, nos dan una falsa sensación de seguridad”, explica Fuster. “El cerebro prefiere lo conocido a lo incierto”. Además, no es suficiente proponerse cambiar algo para ejecutarlo, sino que también es necesario aprender a “tolerar incomodidad, aburrimiento y dudas” para llevarlo a cabo con éxito.
“Una persona que quiere dejar de mirar el móvil antes de dormir puede sentir más ansiedad al principio, porque el móvil funcionaba como anestesia emocional. Si no entendemos esto, pensamos que ‘no tenemos fuerza de voluntad’, cuando en realidad estamos intentando regular una emoción difícil”, ejemplifica la psicóloga de Valencia.
Y es que, de hecho, el contexto actual de hiperestimulación (con las redes sociales o el multitasking para ampliar la productividad, por ejemplo) nos está llevando a dinámicas que son difícilmente compatibles con la constancia. “Nuestro cerebro se ha acostumbrado a recompensas inmediatas y los hábitos saludables no funcionan así”. De esta manera, retomando el ejemplo anterior, Fuster destaca que la persona al tercer día volverá a cambiar el libro por las pantallas antes de dormir porque la lectura “no genera el mismo chute inmediato de dopamina”.
Así, las personas que generalmente encuentran más problemas a la hora de cumplir sus propósitos de Año Nuevo son las “perfeccionistas y autoexigentes, que confunden constancia con rigidez”, así como “quienes necesitan resultados rápidos”. También quienes tienen miedo al fracaso, “que viven cada intento como un examen”. “Veo mucho el caso de personas que empiezan muy motivadas, hacen todo perfecto diez días y, ante el primer tropiezo, lo dejan todo”, explica Fuster. “No saben permitirse el ‘más o menos’, y eso genera mucha ansiedad”.

Esto no significa que hacerse propósitos sea negativo, ya que, cuando “nacen del autocuidado, pueden ser muy beneficiosos”: “Tener un objetivo claro da sensación de dirección y disminuye ese ruido mental constante”. La clave se encuentra en la manera en la que se plantean: “Muchos propósitos están formulados desde la exigencia y no desde la realidad”.
¿Cuáles son los consejos para cumplir los propósitos de Año Nuevo?
La lista de propósitos de Año Nuevo no tiene por qué tener como destino preestablecido el cubo de la basura. A veces, es posible tacharlos a medida que se van cumpliendo, pero la clave reside en qué nos proponemos, cómo y de qué manera se pretende llevar a cabo el cambio.
Carrasco coincide con Fuster en que el principal consejo que debe tenerse en cuenta para cumplir los objetivos es que estos sean coherentes y que se planteen poco a poco. Así, la psicóloga de Valencia señala que debemos “bajar el nivel de exigencia” a través de un número más reducido de propósitos y que estos sean “más realistas y conectados con el bienestar”.
Además, “cuando un día fallamos, no quiere decir que hayamos fallado el propósito entero, sino un día de siete”, explica Carrasco. En este sentido, Fuster destaca que “fallar no significa abandonar, sino reajustar”: “Siempre propongo cambiar la pregunta de ‘¿por qué no tengo fuerza de voluntad?’ por ‘¿qué me está resultando difícil y cómo puedo acompañarme mejor?’”.
“Hay que pensar también que en los propósitos a veces hay recaídas o hay días que no salen igual o que no podemos conseguirlo, pero no significa que no podamos seguir intentándolo”, añade la especialista de Self Psicólogos. De esta manera, algunas de las claves residen en la constancia, la capacidad de reorganizar el objetivo y la formación de un diálogo interno más amable que nos invite a continuar en lugar de condenar si no se alcanza la perfección, tal y como señala Fuster: “El verdadero cambio no nace de castigarnos para ser mejores, sino de tratarnos con suficiente comprensión como para sostener el proceso”.
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