
La brecha salarial de género sigue siendo uno de los indicadores más visibles de la desigualdad entre hombres y mujeres, sobre todo dentro del mercado laboral. Cada año se marca una fecha simbólica que recuerda hasta qué punto persiste esta diferencia, denominado el Día de la Igualdad Salarial, que este 2025 ha caído en el 17 de noviembre. A partir de ese día, si se tradujera la diferencia retributiva en jornadas de trabajo, las mujeres trabajarán gratis hasta final de año en comparación con sus compañeros varones
Los datos de Eurostat indican que las europeas cobran, de media, un 12% menos por hora que los hombres. Esta diferencia se atribuye a un patrón que se repite en todo el continente, y es que la mayor parte de la carga de cuidados la asumen las mujeres, ya sea en el ámbito de los hijos o de familiares dependientes, lo que muchas veces las obliga a reducir su jornada laboral.
Este desequilibrio no solo condiciona su disponibilidad laboral, sino también su trayectoria profesional, sus ascensos y, en última instancia, sus ingresos. Y, a pesar de la tendencia a la baja de los últimos años, la brecha sigue estando ahí. En 2020 equivalía a 52 días de trabajo no remunerado, mientras que en 2025 se sitúa en 45, tal como indican desde la Comisión Europea.
Un progreso demasiado lento, dentro y fuera de nuestras fronteras
En el caso de España, la desigualdad retributiva tiene algunos matices particulares. Aunque el salario medio ha crecido en los últimos años, lo ha hecho de forma más pronunciada para los hombres. En 2024, ellos ganaron, de media, 2.693 euros brutos al mes, frente a los 2.163 euros de ellas, una diferencia de 430 euros. A esto se le suma que, según el INE, el salario medio anual de las mujeres en 2023 fue de 25.591 euros, frente a los 30.372 euros de los hombres. Es decir, que las trabajadoras ingresan al año 4.781 euros menos que sus compañeros masculinos.
Y los datos históricos confirman la tendencia de que el avance, aunque sostenido, se produce a un ritmo insuficiente. Entre 2012 y 2022, la brecha salarial se redujo en 6,83 puntos, como señala el Instituto de la Mujer. Al ritmo actual, España tardaría unos 25 años en alcanzar una brecha cero, siempre y cuando no se den pasos hacia atrás ni se estanque el avance.

A escala global, el panorama es todavía más complejo. El Foro Económico Mundial estimó en su Informe Global de la Brecha de Género 2024 que, al ritmo actual, harían falta 134 años para lograr la paridad plena entre hombres y mujeres, lo que implica cinco generaciones más allá de los objetivos marcados internacionalmente para 2030. El organismo cifra la igualdad alcanzada en un 60,5% en acceso al empleo, remuneración y representación en puestos de liderazgo.
La dirección, un espacio donde persiste el techo de cristal
Sin embargo, las diferencias no solo se producen en los salarios base, sino también en los puestos de responsabilidad. De acuerdo con UGT, las mujeres que ocupan cargos directivos o intermedios en España continúan recibiendo remuneraciones inferiores a las de sus compañeros hombres. Los datos recogidos por el sindicato, del informe ICSA/EADA 2025, apuntan a que las directivas cobran un 12,9% menos, mientras que las que ocupan puestos intermedios un 11,6% menos y las profesionales técnicas un 9,7% menos. Una tendencia que concuerda con la Comisión Europea, que identifica una brecha del 23% para las mujeres en puestos de dirección dentro del conjunto de la UE.
La diferencia salarial en los puestos superiores también deja claro que el techo de cristal sigue siendo un obstáculo estructural. UGT señala que las causas de este fenómeno son la segregación ocupacional, que concentra a las mujeres en sectores feminizados y peor pagados; la limitada presencia femenina en los espacios donde se toman decisiones; y la falta de transparencia retributiva, que impide detectar discriminaciones de manera clara.
Consecuencias económicas y sociales de una brecha persistente
Y aún hay más, porque la brecha salarial no se queda en la nómina. Sus efectos se acumulan a lo largo de toda la vida laboral. Un salario más bajo implica, entre otras cosas, una menor capacidad de ahorro, menos estabilidad financiera y pensiones más reducidas. A nivel familiar, limita el margen económico de los hogares y, a escala macroeconómica, frena la productividad y reduce la competitividad.
La reducción de esta diferencia no solo es una cuestión de justicia social, sino también un elemento clave para el crecimiento económico. La plena participación de las mujeres en el mercado laboral, en igualdad de condiciones, permitiría aprovechar talento, innovación y capacidades que hoy se encuentran infrautilizadas.
Así, la conmemoración desde Bruselas del Día de la Igualdad Salarial es una excusa para mantener estos temas en el debate público. La fecha cambia cada año, en función de las estadísticas más recientes, pero el objetivo es el mismo: visibilizar la discriminación en el mundo laboral, que son ellas las que ganan menos que los hombres y que el progreso hacia la igualdad real es demasiado lento para alcanzar los compromisos internacionales fijados para esta década.
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