
Están por todas partes: en el mobiliario urbano, las casas, los utensilios quirúrgicos, los juguetes, los envoltorios de medicinas y alimentos, en casi cualquier objeto en el que se pueda pensar. Pero también dentro de nosotros. El auge de los plásticos en el siglo XX, impulsado por su versatilidad, resistencia y bajo precio, ha transformado la vida cotidiana y la industria global, pero también el cuerpo humano, que acoge los nanoplásticos en los que se descomponen los objetos.
La producción mundial de plásticos alcanza los 400 millones de toneladas anuales, y del total se recicla menos de un 10 % y, además, 11 millones de toneladas terminan en lagos, ríos y mares, advierte la ONU. Esta magnitud, sumada a la durabilidad del material, ha generado un impacto ambiental del que alertan -con poco éxito- las organizaciones ambientalistas. Así, perdura la proliferación de microplásticos en la atmósfera, los océanos, el suelo y, finalmente, en los alimentos y el agua que consumimos.
Según el enfermero, Jorge Ángel, conocido en sus redes sociales (@enfermerojorgeangel) por divulgar sobre salud, explica que el calentamiento de la comida en el microondas facilita la hidrólisis, una reacción química que usa agua para descomponer los enlaces químicos, lo que hace que los recipientes de plástico generen microplásticos y nanoplásticos. Por eso, advierte a sus seguidores: “Nunca calentéis la comida en tupper de plástico”.
En enfermero explica que durante este proceso se liberan compuestos químicos, como por ejemplo los bifenoles. “Aunque pongan que aquí son aptos, no te están diciendo que no puedan liberar estos compuestos. De hecho, mirad los feos que se quedan”, añade. También explica que “estos compuestos a la larga son cancerígenos, crean problemas hormonales, problemas en el sistema inmunitario”. Esto se debe a la disrupción endocrina, es decir, la interferencia de sustancias químicas presentes en el entorno, alimentos, envases y productos manufacturados, que pueden imitar, bloquear o alterar las funciones de hormonas naturales.
La disrupción endocrina, el poso de los microplásticos
Durante la celebración del 31º congreso nacional de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) este verano, el doctor Jonatan Alonso Mortez, miembro de los Grupos de Trabajo de Endocrinología y Nutrición, Estilo de Vida y Salud Pública de SEMG, advertía de que “cuando pensamos en salud pública, pensamos en nutrición, en vacunas, en ejercicio físico… pero no solemos pensar en el envase. Y, sin embargo, el envase es una parte silenciosa, pero constante de nuestra relación con los alimentos y fármacos”
Durante el congreso se expuso cómo ciertos materiales de envasado pueden liberar compuestos que alteran el sistema hormonal humano. Estos disruptores endocrinos causan un fenómeno por el cual sustancias químicas externas alteran el equilibrio hormonal del organismo. Están presentes en muchos objetos de uso cotidiano y se han vinculado con alteraciones metabólicas, reproductivas e incluso ciertos tipos de cáncer, segúnMarciel Maffini, científica experta internacional en seguridad química y salud ambiental, especializada en cáncer y disrupción endocrina, que explicó que su efecto puede ser especialmente nocivo en etapas críticas como el embarazo, la infancia o la pubertad.
La experta además advirtió sobre el efecto acumulativo y sinérgico de mezclas químicas. Aunque cada sustancia individual esté por debajo de los límites legales, su combinación en la vida real puede tener efectos adversos, incluso a dosis extremadamente bajas. En este sentido, se hizo énfasis en que reducir la exposición a disruptores endocrinos debe entenderse como una estrategia de salud pública.
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