
En Francia, el derrumbe de un gobierno ya no es una excepción, sino parte de una rutina política que desde hace años marca la vida de la Quinta República. Este lunes, la Asamblea Nacional tumbó al Ejecutivo de François Bayrou, hundido en su propio plan de recortes, y con su caída se abre una crisis que pone en el centro a Marine Le Pen.
La dirigente de extrema derecha, que durante décadas fue contenida por un sistema político decidido a frenar su ascenso, vio en el vacío de poder una oportunidad largamente esperada. “Lo que necesita nuestro país es una alternancia pragmática y la Agrupación Nacional con sus aliados está dispuesta a asumir esa responsabilidad”, dijo en Hénin-Beaumont, el municipio del norte donde empezó a construir su carrera y desde el que ahora lanza su mensaje de que ha llegado la hora.
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A su lado, Jordan Bardella, presidente de su partido y heredero político, aparece como figura central de un eventual nuevo gobierno. Le Pen lo describió como “un primer ministro pugnaz”, preparado para liderar si las circunstancias lo permiten. La imagen busca transmitir continuidad y fortaleza: ella, como rostro histórico de la extrema derecha; él, como la generación llamada a gobernar.
El Parlamento rechazó por amplia mayoría el plan de ajustes presentado por Bayrou: 364 votos en contra frente a 194 a favor dejaron en evidencia una cámara fracturada, incapaz de sostener gobiernos estables. Francia arrastra una deuda que roza el 113% del PIB y un déficit cercano al 6%, cifras que los primeros ministros intentan contener a base de recortes que nunca logran consenso.
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Macron, presidente desde 2017, tiene ahora la obligación de decidir si nombra a un nuevo jefe de gobierno capaz de resistir en ese escenario o si convoca elecciones legislativas anticipadas. Y es ahí donde Le Pen se mueve con mayor soltura. Su discurso ha sido claro: cualquier alternativa que no pase por las urnas será censurada por sus diputados. “Estoy dispuesta a sacrificar todos los mandatos de la tierra por los intereses de los franceses”, repitió, reforzando la idea de que su fuerza no aceptará componendas.
El relato de la decadencia
En su intervención, Le Pen dibujó un retrato sombrío de Francia. Habló de un país “parado” y “en declive”, víctima de un “hundimiento acelerado de las finanzas públicas”. “Ahora el hombre enfermo de Europa es Francia”, sentenció, cargando la responsabilidad directamente sobre Macron.
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Su propuesta, sin embargo, se basó en un tópico: reducir el gasto público sin tocar la fiscalidad de los franceses. Planteó recortes en las políticas destinadas a inmigrantes —que, según su partido, ahorrarían 20.000 millones de euros al año—, así como en las ayudas a las energías renovables y en la contribución a la Unión Europea. El mensaje fue directo: “Ése es el dinero que hay que ir a buscar, no el de los franceses”.
La Agrupación Nacional estuvo a las puertas del poder en 2024. Fue la formación más votada en la primera vuelta de las legislativas, pero terminó relegada a la tercera posición por la estrategia del Frente Republicano, la alianza tácita entre izquierda y centristas para bloquearla en la segunda ronda. Esa fórmula, que durante años contuvo a la extrema derecha, empieza a mostrar grietas.
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El desgaste de los partidos tradicionales, la fatiga social ante la inestabilidad y la aparición de apoyos en sectores que antes eran impensables han abierto un espacio nuevo. El expresidente Nicolas Sarkozy ya no oculta su simpatía hacia Le Pen, a la que considera parte del “arco republicano”. Empresarios como Vincent Bolloré han hecho campaña abierta a favor del partido. Y las encuestas, como la de Elabe para BFMTV y La Tribune Dimanche, otorgan a RN un 31% de los votos en la primera vuelta de unas hipotéticas presidenciales.
Qué pasa con Le Pen y su inhabilitación
El camino hacia el poder, sin embargo, no depende solo de las urnas. En marzo, Le Pen fue condenada a cuatro años de prisión —dos de ellos en firme— y a cinco de inhabilitación por el uso irregular de fondos europeos mediante contratos ficticios de asistentes parlamentarios.
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Esa sentencia la aparta, de momento, de cualquier candidatura. Pero la dirigente ya anunció que apelará. Sus abogados preparan recursos para que la corte constitucional suspenda la inhabilitación hasta que la condena sea firme. En enero de 2026 comenzará un segundo juicio, cuyo desenlace marcará su futuro. Si logra la absolución, o al menos que se aplace la aplicación de la inhabilitación, podría volver a presentarse en 2027.
Le Pen no ha dudado en equiparar su situación con la de Donald Trump en Estados Unidos, Benjamin Netanyahu en Israel o Jair Bolsonaro en Brasil: líderes de derecha radical que denunciaron sus causas judiciales como intentos de frenar proyectos respaldados en las urnas. “Francia vive en asfixia democrática”, repite, señalando a “los partidos del sistema” como responsables de impedirle gobernar.
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¿Un poder al alcance?
El tablero francés está abierto. Agrupación Nacional es hoy la primera fuerza de la Asamblea Nacional, lo que convierte a Bardella en un candidato plausible para primer ministro si Macron decide negociar una salida parlamentaria. También la propia Le Pen podría aspirar al cargo si consigue revertir su inhabilitación.
La líder de la extrema derecha, sin embargo, no parece dispuesta a jugar a los equilibrios. Prefiere apostar por elecciones anticipadas que la midan directamente con el resto de fuerzas. En su relato, la crisis no es solo fiscal o política: es el reflejo de un sistema agotado, incapaz de responder a la desesperanza de los ciudadanos.
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“Francia y los franceses están en situación de desesperanza democrática”, ha dicho. En esa frase resume tanto el diagnóstico del país como la justificación de su ambición. Entre los tribunales y las urnas, Marine Le Pen busca abrir la puerta que durante décadas le cerraron.
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