
La autopercepción es una de las principales características que condicionan nuestra cotidianeidad. A la hora de vestirnos, mirarnos en un espejo, salir a socializar e incluso en una entrevista de trabajo donde, por un momento, eres el centro de todas las miradas. Todos queremos mostrar nuestra mejor versión. A veces, estas exigencias -relacionadas con cómo los constructos sociales de belleza interactúan con nuestros cuerpos- nos causan una mala pasada. Incomodidad, insatisfacción, vergüenza. Ante este tipo de situaciones nos mostramos cohibidos, afectando a nuestra interpretación de cómo los otros nos perciben. La emocionalidad interior se manifiesta en el exterior a través del comportamiento y del lenguaje no verbal. Pero esto no significa que los otros nos estén juzgando, sino que, a través de lo que nosotros pensamos, por ejemplo, de nuestros cuerpos (cosa que nos incomoda), sentimos que los demás también lo perciben. Puede ser que este no sea el caso, sin embargo, nosotros nos convencemos de forma inconsciente de que lo que vemos también lo ven los demás. Y al final, lo único que conseguimos es ponernos más nerviosos ante situaciones que demandan concentración por nuestra parte.
Una forma de “percepción selectiva”
Un estudio de los investigadores Kleck y Strenta recoge esta experiencia. Hace unos años decidieron someter a escrutinio la causalidad entre la autopercepción y la interpretación que hacemos de nosotros mismos al socializar con los otros. Para realizar el estudio y demostrar esta causalidad hicieron el siguiente experimento: eligieron una muestra de personas voluntarias a las que dibujaron una cicatriz “monstruosa” en la frente. Esto, en principio, bastaría para acomplejarlos en la situación en la que emplazarían sus circunstancias: una entrevista de trabajo. Se trata de un momento muy tenso donde debemos mostrarnos ágiles de pensamiento y en donde, inevitablemente, las miradas se posan sobre nosotros. En ocasiones así, las personas suelen cuidar su aspecto y presentarse arregladas.

No obstante, antes de que esta muestra de personas fueran a la entrevista, sin que ellos lo supieran y con la excusa de retocarles la herida, se les borró la cicatriz. A continuación, fueron llevados al lugar donde serían entrevistados por el personal de recursos humanos de una empresa. Los resultados derivados del experimento concluían en que las personas habían sentido cierta discriminación por parte de los entrevistadores. Sin embargo, no eran marcas que estaban en su piel, sino en su mente. Asimismo, este estado de inseguridad se exteriorizó en la forma en la que los candidatos se presentaron ante el entrevistador.
“Los entrevistadores afirmaron que no les había convencido el perfil en la selección porque los candidatos exteriorizaban estar acomplejados por su físico”, explica el periódico de Castellón, Mediterráneo.
En definitiva, esto demuestra como la autopercepción física sobre nosotros mismos afecta a la manera en la que interactuamos con los demás. De la misma manera, en ocasiones, creemos que los otros nos juzgan - a través de sus gestos, palabras o miradas- pero en realidad somos nosotros proyectando nuestra inseguridad sobre la situación. Esto es lo que se conoce como “percepción selectiva” (pasar por alto unas cosas, mientras que nuestra atención se focaliza al completo en otras).
Conciliar con este tipo de sentimientos demanda un esfuerzo por nuestra parte. No es nada fácil aprender a reconciliarse con las cosas que a uno no le terminan de gustar de sí. Es un proceso que requiere de tiempo y dedicación, empatía y cariño, y una madurez que solo la experiencia esclarecedora puede mejorar. Los estímulos de belleza y perfección se encuentran por todas partes. Con el auge de las redes sociales en nuestras vidas esto no a hecho más que aumentar. Ante ello, empecemos por reconocer eso ante lo que nos vemos afectados e ir poco a poco construyendo un diálogo más amable para con nosotros mismos.
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