
“La raíz del problema es una política incompetente. Hace décadas que no se hace nada, sobre todo en vivienda”, sentencia Karl Finken al explicar el motivo de su adiós definitivo a Mallorca. Tras casi cuarenta años de estancias prolongadas en la isla, él y su esposa Monika han decidido no regresar.
La pareja de alemanes ha expuesto en el Majorca Daily Bulletin el desencanto de quienes, tras décadas de fidelidad, ya no se sienten bienvenidos en un lugar que consideraban su segundo hogar. La noticia de su marcha, motivada por la transformación del modelo turístico y la crisis de la vivienda, pone en primer plano el desgaste de un vínculo forjado durante años entre visitantes de larga estancia y la isla balear, que pide una tregua ante un modelo turístico que la asfixia.
Durante años, los Finken defendieron a Mallorca como su refugio ideal. Compraban en comercios locales, mantenían relaciones estables con los vecinos y regresaban siempre al mismo alojamiento. “Antes se respiraba otra cosa, había calma y autenticidad”, recuerda Monika, quien admite que ahora se sienten “fuera de lugar”. La experiencia que valoraban se ha visto desvirtuada por un modelo turístico que, según ellos, ha perdido la esencia que los atrajo en 1987, cuando comenzaron a pasar hasta seis meses al año en la localidad costera de Colònia de Sant Jordi.
Un paraíso insostenible
El cambio no fue repentino. Incluso antes de la pandemia, los Finken percibieron una transformación en el ambiente. Un punto de inflexión llegó en 2017 con el derribo de los chiringuitos de Es Trenc. “Esos lugares donde pasábamos horas maravillosas desaparecieron, pero habían cuidado la playa, la habían mantenido limpia. Hoy es un caos higiénico. Era un símbolo de cómo todo empezaba a cambiar”, lamenta Karl en declaraciones al Majorca Daily Bulletin. La playa, que en sus primeros años era un refugio casi secreto, sin hamacas ni aglomeraciones, se ha convertido en un espacio masificado y desordenado.
La presión inmobiliaria ha sido otro factor determinante. En 2015, los Finken alquilaron un pequeño apartamento para integrarse más en la vida cotidiana local. “Mi esposa es una cocinera maravillosa, y con los mercados y la calidad de los productos frescos, fue un placer preparar nuestras propias comidas. Para nosotros, eso era el paraíso”, relata Karl. Sin embargo, la renovación del contrato de alquiler se volvió insostenible: “Nos pedían el doble. No podíamos sostenerlo”. Según su percepción, algunos propietarios buscan especular a cualquier precio. “Muchos han visto una mina de oro. Primero vendieron Mallorca al mejor postor, y ahora quieren exprimir cada metro cuadrado”, denuncia.
La situación de los residentes locales preocupa especialmente a la pareja. “Entendemos completamente la frustración. Pero no se puede culpar a los turistas de a pie por una política fallida de planificación de la vivienda y el uso de la tierra”, sostiene Monika. Para ellos, el problema no radica en los visitantes, sino en la ausencia de una política eficaz que regule el mercado inmobiliario y el turismo. “El verdadero problema no somos nosotros, sino una política que ha dejado todo en manos del mercado”, insiste.
Se despiden una la isla sin viviendas para los habitantes, abocados a las protestas
Las protestas recientes contra el turismo han impactado emocionalmente a los Finken. “Al principio, no lo estábamos. Pero poco a poco, empezamos a sentirnos incómodos”, confiesa Karl. A pesar de ello, rechazan la idea de que el turismo, incluidos los extranjeros de larga estancia como ellos, sea el culpable de la crisis. Critican también a las grandes cadenas hoteleras: “Ganan miles de millones aquí, pero no participan en las soluciones. Ni siquiera construyen viviendas para sus empleados”.
El desgaste de la relación entre los visitantes fieles y la isla se refleja en la despedida de los Finken. “Nos vamos con gratitud. Conocimos una Mallorca maravillosa”, afirma Karl. Destacan la amabilidad de muchos mallorquines, especialmente en la Colònia de Sant Jordi: “Gente amable y de mente abierta en la isla. Les echaremos de menos, al igual que a nuestros amigos alemanes que aún viven aquí”. La incertidumbre sobre el futuro de Mallorca queda patente en las palabras de Monika: “Vamos a echar de menos Mallorca. Pero la vida sigue. Estamos listos para lo que venga”.
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