
En Hong Kong, una de las ciudades más ricas y densamente pobladas del mundo, cerca de 220.000 personas viven hacinadas en condiciones extremas, en espacios tan reducidos que la palabra “vivienda” pierde todo sentido. Este fenómeno, conocido como “casas ataúd” refleja la cara más dura de una crisis habitacional donde el lujo y la extrema precariedad están separados por apenas unas calles de distancia
¿Qué son las casas ataúd?
Las casas ataúd son cubículos de madera o metal de aproximadamente 1,5 metros cuadrados. Generalmente, se construyen dentro de apartamentos más grandes que han sido subdivididos ilegalmente para extraer el máximo beneficio económico.
Los propietarios eliminan muros no estructurales y levantan paredes finas para conseguir quince o veinte unidades en una sola estancia, con baños y cocinas de uso común.

Cada habitáculo contiene un pequeño colchón y ganchos en las paredes para colgar algunas pertenencias. Apenas hay espacio para moverse: ni siquiera es posible estirar completamente las piernas o sentarse erguido, según explican desde el portal Idealista News.
En los casos de los más “afortunados”, una mini televisión da algo de entretenimiento en medio de la claustrofobia. Las puertas correderas ofrecen un mínimo de intimidad y suelen cerrarse con un candado.
Condiciones de vida bajo mínimos
Los edificios que albergan estas improvisadas viviendas suelen encontrarse en barrios antiguos como Kowloon, famoso por la ya desaparecida Ciudad Amurallada.
En las casas ataúd, la ventilación es prácticamente inexistente, la suciedad se acumula y la convivencia con insectos como cucarachas y chinches es algo habitual. Sin controles sanitarios ni urbanísticos, la higiene es inexistente.

Las rentas en Hong Kong, las más altas del planeta, obligan a muchas personas a buscar refugio en estos espacios. El alquiler mensual de una casa ataúd ronda los 350 euros, una cifra elevada si se compara con la calidad de vida que ofrece el lugar.
Según datos recientes, el 64% de los inquilinos tiene entre 25 y 64 años, pero lo más alarmante es que aproximadamente 50.000 menores, el 16% del total, viven y crecen en estos cubículos.
El siguiente nivel de precariedad: las “casas jaula”
Aun así, existe una alternativa aún más precaria: las “casas jaula”. Estas estructuras, hechas con malla metálica, miden apenas 1,3 metros cuadrados y no cuentan ni siquiera con paredes que separen un habitáculo de otro.
Totalmente expuestos, los inquilinos deben soportar ruidos, olores y la mirada constante de otros residentes. El alquiler es más bajo, en torno a los 170 euros al mes, y conlleva la pérdida absoluta de intimidad y dignidad.
Este modelo de vivienda se ha extendido por los distritos más deprimidos, donde bloques como el Monster Building o la Lucky House han sido divididos ilegalmente en decenas de microviviendas.
Además de trabajadores de bajos ingresos y pensionistas sin recursos, es habitual encontrar entre los inquilinos a inmigrantes internos provenientes de la China continental, ex reclusos, personas enfermas y adictos.
Una solución, aún lejana
El gobierno de Hong Kong ha admitido la gravedad del problema y promete eliminar todas las viviendas ilegales antes de 2049. No obstante, el número de unidades clandestinas sigue aumentando: en los últimos 17 años han pasado de 66.000 a 100.000.
Mientras tanto, la construcción de vivienda social apenas avanza y la población más vulnerable se ve abocada a sobrevivir en unas condiciones insalubres y humillantes que deberían estar ya superadas en pleno siglo XXI.
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