
Lo cierto es que no hay más que observarlos un rato para darse cuenta de que detrás de los ojos de los grandes primates también hay algo. Mejor no intentarlo con un gorila - para lo cuales el contacto visual es un reto, y nadie quiere, o no debería, retar a un gorila - y con un chimpancé casi que mejor tampoco (aunque el problema aquí no está tanto en mirarles a los ojos, sino en quedarse mirándolos, y aun así depende del chimpancé en cuestión). No es así con los orangutanes.
Según dijo en su día Gerald Russel (naturalista, conservacionista, escritor y presentador de televisión británico): “Los orangutanes te miran a los ojos. Encuentran tu mirada como un igual. Es un momento sobrecogedor - en ese primer intercambio personal -, como si hubiese una comprensión mutua”. Según escribió la Dra. Biruté Mary Galdikas, primatóloga canadiense, en Reflejos del Edén: “Al mirar a los ojos tranquilos, sin pestañeos, de un orangután, vemos, como a través de una serie de espejos, no solo la imagen de nuestra propia creación, sino también un reflejo de nuestras propias almas y de un Edén que un día fue nuestro”.
En un estudio reciente de la Universidad de Warwick, se ha descubierto que los orangutanes salvajes producen vocalizaciones con una complejidad de varias capas que hasta ahora se creía exclusiva de la comunicación humana. Este estudio, más allá de dar la razón a Galdikas y a Russel - y a todo aquel que haya observado con intención a un orangután -, sugiere que las raíces del lenguaje de tal sofisticación podría tener sus raíces en el pasado evolutivo profundo. Los orangutanes no son los grandes primates que más se asemejan, genéticamente, al ser humano. De hecho, son los que más lejos quedan: los chimpancés y los bonobos comparten un 99% de su genoma con el ser humano; los gorilas, un 98%; y los orangutanes, “solamente” un 97% (de acuerdo con Nature).

El lenguaje de los orangutanes
¿Por qué se considera “complejo”? Porque comparte con el habla humana la capacidad de organizar sonidos en estructuras jerárquicas, un fenómeno conocido como “recursividad vocal”. Todo el mundo utiliza eso de la recursividad. Cuando alguien utiliza una frase como “el perro de la madre de mi amigo”, está utilizando una estructura sintáctica que introduce una información dentro de otra, y luego otra más. Lo mismo pasa con otras como “el hombre que bailaba las jotas que le enseñó su abuelo” o cualquiera que anide información: permite construir frases complejas con significados precisos a partir de la organización de los bloques básicos del lenguaje.
Durante siglos - hasta ahora, en realidad - la recursividad se consideraba un rasgo definitorio y único del lenguaje humano. Se asumía que ningún otro animal era capaz de generar estructuras similares por su cuenta, y que, como mucho, podrían aprender a reconocer patrones tras un largo entrenamiento. Este estudio - publicado en los Annals of The New York Academy of Sciences - ha demostrado que el mundo entero se equivocaba: por primera vez, se ha detectado un patrón recursivo espontáneo y organizado en animales no humanos, en un contexto natural y sin intervención humana. Que los orangutanes también hablan, vamos.
Según informan desde SciTech Daily, la Dr. Chiara De Gregorio (investigadora de la Universidad de Warwick) se encargó de este estudio junto a Adriano Lameira (también de Warwick) y Marco Gamba (de la Universidad de Torino) lo explicó así: “Al analizar los datos de las vocalizaciones de llamadas de alerta de hembras de orangutanes de Sumatra, descubrimos que las estructuras rítmicas de los sonidos de los orangutanes estaban ‘auto-incrustadas’ en tres niveles. Una impresionante recursividad de tres niveles. Encontrar esta característica en la comunicación entre orangutanes desafía la idea de que la recursividad sea únicamente humana”.
La estructura de esa recursividad de tres capas que mostraron los orangutanes es la siguiente: primero, los orangutanes producían sonidos individuales en pequeñas combinaciones, conformando la primera capa. A continuación, estas combinaciones se agrupaban en sucesiones mayores, creando una segunda capa. Finalmente, estos grupos se organizaban en series aún más largas, creando la tercera capa. Cada una de estas capas seguía de forma consistente un patrón rítmico. Al igual que una pieza musical con partes que se repiten, los orangutanes introducían un rito en en otro, y luego en otro, creando una estructura vocal multicapa y sofisticada, hasta ahora impensable en grandes primates (no humanos, claro).
Los patrones no eran accidentales: los orangutanes cambiaban el ritmo de sus avisos de alarma dependiendo del tipo de depredador que merecía la alerta. Cuando se encontraban con una amenaza real, sus llamadas eran más rápidas y con mayor urgencia; pero cuando veían algo que parecía una amenaza pero no presentaba “credibilidad” suficiente como para ser considerado un peligro real, sus llamadas eran más lentas y menos regulares.
Esta adaptación al estímulo sugiere que los grandes primates no están simplemente gritando, sino que utilizan una recursividad vocal estructurada para comunicar información importante. “Este descubrimiento demuestra que las raíces de uno de los aspectos más ejemplares del lenguaje humano - la recursividad - ya estaba presente en nuestro pasado evolutivo”, añadió el autor principal del estudio, el Dr. De Gregorio. “Los orangutanes nos están ayudando a entender cómo pudieron germinar, hace millones de años, las semillas de la estructura del lenguaje”.
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