
La llegada de un bebé a la pequeña comunidad de Rustenhart, en Alsacia (Francia) ha transformado la vida cotidiana de sus habitantes, que no veían un niño pequeño desde hacía años. Y es que todas son personas mayores. “Deberías ver sus caras cuando el pequeño les sonríe. Es evidente lo felices que son. Eso les da vitalidad”, ha contado Ruth Peterschmitt al medio Ouest-France. Peterschmitt es la fundadora e impulsora de un proyecto que ofrece una alternativa a las residencias tradicionales para personas mayores o con discapacidad, apostando “por la convivencia intergeneracional y la vida independiente”.
Desde noviembre de 2024, diez viviendas nuevas se encuentran disponibles a pocos metros de la casa de Ruth Peterschmitt. Estas casas, ubicadas en la finca familiar, están destinadas a jubilados y personas en situación de discapacidad que buscan evitar el ingreso en centros especializados. Según detalla Ouest-France, “todos los apartamentos están en planta baja con vistas a los campos, y cada terraza —de unos 10 metros cuadrados— cuenta con pérgola bioclimática”. Los pisos se alquilan entre 1.100 y 1.500 euros al mes, con gastos incluidos.
La motivación detrás del proyecto, denominado ‘Cohabitación La Maison’, es “puramente ética”, según su creadora. “Es una inversión de alrededor de dos millones de euros y no es rentable. Me involucro en todo y no cuento el tiempo que dedico. ¡Monté los muebles estando embarazada hasta el cuello!”, afirma Ruth Peterschmitt a Ouest-France. La ex ingeniera de origen suizo, madre de cuatro hijos, organizó la construcción involucrándose personalmente en cada detalle.
La experiencia personal de Peterschmitt influyó en la concepción del proyecto. De niña, visitaba con su familia establecimientos para personas mayores dependientes, a menudo para cantar. “Siempre fui sensible al tema de la soledad”, recuerda en la entrevista con el medio francés. Esta sensibilidad la llevó a cuestionar los modelos tradicionales de residencias para mayores, que considera inadecuados para garantizar una vejez tranquila. “Mucha gente no anticipa la vejez y acaba viviendo en lugares inadecuados”, critica. Para ella, “juntan a todos los mayores en un mismo sitio y se desaniman los unos a los otros. Hace falta convivencia entre generaciones”.
En su proyecto, destaca que la convivencia diaria entre los inquilinos y la familia de Ruth Peterschmitt ha generado una dinámica de apoyo mutuo y cercanía. Los hijos de la fundadora han incorporado nuevas rutinas, como visitar a los vecinos para merendar o jugar. “Una siempre tiene caramelos que ofrecerles y otra les compró plastilina. Cuando no los ven, los echan de menos. Somos como una gran familia”, relata.
“Me sentí cómoda de inmediato”
Los propios inquilinos han expresado su satisfacción con la vida en la comunidad. Romama, una de las habitantes, compartió con France 3 Grand Est: “Los llevo en mi corazón desde el primer día. Un vecino a la derecha, otro a la izquierda. Nos sentamos a charlar en la terraza hasta las seis de la tarde antes de volver a casa”. Por su parte, Marie-Astrid, de 68 años, afirmó: “Me gustó desde el primer momento. Me sentí cómoda de inmediato”.
La ubicación de las viviendas, en plena naturaleza, pero cerca de servicios esenciales, ha sido clave para el éxito del proyecto. “Estamos en plena naturaleza pero no somos un desierto médico. Tenemos unos ocho médicos en un radio de cinco kilómetros. También numerosas enfermeras y algunos auxiliares de vida”, detalla Peterschmitt.
El modelo de ‘Cohabitación La Maison’ no impone requisitos estrictos ni límites de edad para los inquilinos, aunque se orienta principalmente a personas capaces de adaptarse a la vida rural. Las viviendas se construyeron en la finca familiar, pensadas para quienes valoran la tranquilidad y el entorno natural. Actualmente, cinco de los diez alojamientos permanecen disponibles.
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