
La manera en la que consumimos ha cambiado. Ya no compramos películas, música, ni prensa. Ya no limpiamos los CDs con el vaho de la boca, ni rebobinamos las cintas con un boli, ni envolvemos los bocadillos con papel de periódico. Porque ya no poseemos, sino que accedemos a las cosas.
Las nuevas tecnologías llegaron para facilitarnos la vida. Para ahorrarnos tiempo y trabajo. Sin embargo, la inmediatez ha transformado nuestra relación con los objetos y en la actualidad la propiedad ha dado paso a la experiencia. En este nuevo sistema, el valor ya no está en la acumulación, sino en la posibilidad de disfrutar sin necesidad de tener.
De cómo los modelos de suscripción han cambiado nuestra manera de consumir y de ser, el periodista e informático Javier Pastor Nóbrega (Madrid, 1973) sabe y ha investigado mucho. Y lo cuenta todo en su libro Suscriptocracia, un repaso por la historia de los productos que se han convertido en servicios y por los que ahora pagamos cuotas.
Son varios los factores que han impulsado la expansión del modelo de suscripción, desde los avances tecnológicos hasta la lucha contra la piratería y las estrategias publicitarias de las empresas. Y lo cierto es que este sistema ofrece múltiples ventajas para los consumidores: comodidad, al permitir el acceso desde cualquier lugar; versatilidad, con funciones adicionales que mejoran la experiencia; coste, al proporcionar acceso a una amplia variedad de contenidos o servicios por una tarifa fija; y flexibilidad, al poder cancelarse en cualquier momento.
Sin embargo, no podemos olvidar quiénes son las grandes beneficiadas: las empresas. Esas que han conseguido nuestro dinero, datos y dependencia a ellas. Ahora, ¿qué vamos a dejar en herencia a nuestros hijos? ¿Una suscripción a Amazon? Pues ni eso.
De dueños a espectadores
Uno de los cambios que han traído las suscripciones y que más critica Pastor es el que tiene que ver con la pérdida de derechos que han experimentado los consumidores, que han pasado de ser dueños de las cosas a meros espectadores. “Antes, cuando comprabas un CD o un DVD, disfrutabas del agotamiento de los derechos de propiedad intelectual. Es decir, cuando comprabas algo físico, el productor que había creado ese producto ya no tenía derecho sobre ello. Los derechos te pasaban a ti, se transferían de forma que tú podías hacer con ese producto lo que quisieras. Podías vender un DVD, regalarlo, quemarlo si te apetecía o tirarlo a la basura”, explica para Infobae España.

El problema actual es que “con los productos digitales, eso no pasa. Con las películas que compras en Apple o en Amazon, por ejemplo, si te miras los términos de uso en todas las plataformas, tú lo único que tienes es una licencia para disfrutar y acceder a esa música. Pero esa música no es tuya”. Y claro, eso no te asegura que vayas a poder escucharla en cualquier momento de tu vida, aunque la hayas comprado.
¿Y cómo hemos llegado a este punto? Pastor lo tiene claro: “Las empresas nos han convencido de que es más cómodo y mucho más asequible. Y es así, en realidad. Pero eso no significa que siempre las suscripciones tengan sentido”.
Lo cierto es que por el mismo precio que antes costaba una película en DVD, ahora puedes acceder a un catálogo ilimitado de películas durante un mes y para ello no necesitas un reproductor (lo puedes ver en tu mismo móvil, una tablet o el ordenador). Sin embargo, este modelo no es aplicable a todos los productos. A lo largo de la historia, como se recoge en Suscriptocracia, se han sucedido numerosas empresas que han implementado este modelo por suscripción (compañías de softwares, películas y series, música, información, cartuchos de impresora, maquillaje, cápsulas de café, editores de texto...) y no todas ellas tuvieron éxito.
Dos de los sectores en los que menos han triunfado las suscripciones son los libros y los videojuegos, ya que se tarda mucho más tiempo en disfrutarlos, por lo que tener un gran catálogo no compensa. “Son contenidos que no se ajustan a la situación”, afirma Pastor, pero añade que el propósito de estas empresas es el mismo que el de las que se dedican a las suscripciones: “Lo que quieren es convertirse en monopolios y monopolizar tu tiempo y tu atención”, aclara.
Las suscripciones serán cada vez “más caras y peores”
Sobre el futuro de estas suscripciones, Pastor se muestra bastante pesimista. “Yo diría que van a ser más caras y peores. Las empresas se han dado cuenta de que funcionan, que nos pueden exprimir y que es difícil salir de ello. Que es demasiado cómodo. Se puede piratear, pero para mucha gente hay una barrera técnica. Entonces nos tienen bien cogidos”, analiza.
Sin embargo, los usuarios ya están empezando a darse cuenta de ello, y están buscando alternativas. “La gente está cansándose un poco de que el Netflix de turno esté cada vez empeorando las condiciones, poniendo anuncios, subiendo precios, quitando las cuentas compartidas que tan bien funcionan para mucha gente. Al final ven que no sacan provecho a tantas suscripciones, y están haciendo dos cosas: activar la suscripción solo un mes para verse esa serie que quiere ver del tirón y luego volver a desactivarla o volver a acceder a fuentes piratas ilegales”. En este sentido, los jóvenes son los que tienen mayores conocimientos informáticos y más facilidad para acceder a contenidos piratas, por lo que podrían ser los primeros en abandonar las plataformas.
Además, según alerta el periodista, existe riesgo de burbuja. “La fatiga, el hartazgo y estrés de las suscripciones está ahí, porque es verdad que de repente todo es una suscripción y cuando antes pagabas un DVD y te olvidabas, ahora es mes tras mes. Tienes un gasto que cada vez es más fuerte, más alto, y que luego ves que no le sacas mucho partido”.
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