Elisa Abruñedo, Juana Canal y otros crímenes imperfectos que se resolvieron antes de prescribir

Los investigadores de la Policía Nacional y la Guardia Civil han esclarecido en los últimos años casos que estaban a punto de prescribir para la justicia

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La Guardia Civil y el
La Guardia Civil y el detenido por el asesinato de Elisa Abruñedo salen de su vivienda en Narón (A Coruña) (Europa Press)

No hay crimen perfecto, o eso dicen algunos. Lo dudó la familia de Elisa Abruñedo, la vecina de Cabanas (A Coruña) asesinada a puñaladas tras ser violada el 1 de septiembre de 2013 a pocos metros de su casa. La Guardia Civil esclareció el crimen una década después con la detención de Roger Serafín Rodríguez, el pelirrojo al que estaban buscando por la única pista que se recogió en la escena: el ADN del asesino.

Otros casos como el de la desaparición de Juana Canal en Madrid en febrero de 2003, o el de Eva Blanco, asesinada a cuchilladas en abril de 1997, fueron esclarecidos cuando estaban a punto de prescribir para la justicia, que da 20 años de margen a los investigadores para sentar en el banquillo al autor o autores de un crimen.

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“Los asesinatos no esperan a la resolución de otros”. Así resume Eduardo Navasquillo, miembro del Colegio de Criminólogos de Madrid y experto en investigación de desaparecidos, la importancia de esclarecer un homicidio o un asesinato lo más pronto posible. Y es que los nuevos expedientes se van superponiendo a los anteriores, que pasado un tiempo acaban guardados en un cajón a la espera de que un factor sorpresa resucite el caso.

Tal suerte le sonrió a la familia de Juana Canal. 16 años después de su extraña desaparición en el barrio madrileño de Ciudad Lineal, un senderista encontró unos restos óseos en un paraje de Ávila. Pertenecían a Juana y estaban muy cerca del pueblo de los padres del que era su pareja en 2003 y principal sospechoso de la desaparición para la familia de la víctima.

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La prueba del crimen

Para Eduardo Navasquillo hay dos claves que facilitan la resolución de un crimen: “una buena inspección ocular” y la obtención de “pruebas científicas”. Explica que el primer análisis del escenario por parte de los agentes de policía judicial es la “única oportunidad” de recabar las pruebas más importantes. Si ahí se recoge un ADN o una huella, el trabajo tiene visos de éxito. Por eso muchos crímenes anteriores a la década de los noventa no pudieron escribir el nombre y el apellido de su autor. El avance que supuso toda una revolución en este tipo de investigaciones fue la identificación mediante ADN mitocondrial.

En cuanto a la tipología de crimen, este experto resalta que los asesinatos con premeditación complican el trabajo de los investigadores frente a un homicidio, que suele ocurrir de forma fortuita. También resalta que las muertes y desapariciones relacionadas con el crimen organizado, que tiene “conocimientos, medios y recursos” para cometer un asesinato y hacer desaparecer un cadáver sin dejar pistas por el camino. Como Navasquillo, la Policía Nacional y la Guardia Civil nunca da un caso por cerrado porque no hay crimen perfecto.