
Kiko Rivera siempre ha estado bajo la alargada sombra de su madre, Isabel Pantoja, pero hace varios años logró hacerse un hueco propio en el mundo de la música y el del corazón. Cada vez más alejado de su progenitora, con quien mantiene una relación cargada de altibajos, la vida del sevillano se ha convertido en una de las más conocidas y es que, a golpe de entrevista o redes sociales, se ha ido liberando de todo lo que le pesaba.
Pese a ello, Kiko tiene todavía mucho que desvelar y es que su vida ha sido de lo más intensa. Así lo ha demostrado en su última aparición pública, en el canal de YouTube de Jordi Wild, The Wild Project, donde ha charlado durante casi tres horas y media sobre los aspecto más polémicos de su vida.
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El dj no se ha dejado nada en el tintero y más allá de hablar sobre la relación que tiene con su madre, Isabel Pantoja, ha ahondado en sus problemas con las drogas.

“Me podría haber muerto en una de mis noches locas que me he puesto 10 gramos de cocaína. Te estoy hablando que me he pagado muchos años consumiendo a diario. Bastante bien estoy”, ha reconocido Rivera, que no ha tenido tapujos en hablar sobre el peso que esta droga ha tenido en una larga etapa de su existencia.
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El músico también ha recordado que era capaz de mantener ese ritmo gracias al dinero que ganaba en esa época, la mejor en lo económico. “Tuve tanto éxito que se me empezó a triplicar y cuadriplicar el caché. Hasta 60.000 euros por hacerme fotos”, ha contado.
Fuera del nido
Rivera ha hecho también ha narrado cómo comenzó esa vorágine, poco después de llegar a la mayoría de edad. “Mi madre a mí hasta los 18 años no me dejaba hacer absolutamente nada, no podía ir a discotecas, no podía salir por las noches, no iba al cine... Y, si quería ir, mi madre me ponía a alguien que me esperaba y me tenía que montar en el coche e ir a casa... Llamé a un colega y le pedí dinero, le dije ‘quiero independizarme, hoy he cumplido 18 años, ahora me puedo marchar, pero ahora no tengo dinero, necesito que me pagues un loft durante un año’”, ha narrado.
Fue entonces cuando comenzó a aceptar trabajos de lo que fuera, uno de los más rentables eran los bolos en discotecas o locales, donde empezó cobrando 1.600 euros por aparición. A la vez que las cantidades iban ascendiendo, su vida iba hacia abajo y sin frenos: “(El dinero) me llegó muy fácil y las cosas cuando llegan fácil, se van fácil. Me generó un problema casi que te diría de por vida y que hoy sigo luchando contra él”, ha seguido, refiriéndose a sus adicciones.
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