
La seguridad se ha convertido en el motor del nuevo desarrollo en El Salvador, desplazando viejos paradigmas y posicionando al país como un referente regional. Para Arturo Grandón, analista de inteligencia y seguridad, no hay duda: “El activo más potente de El Salvador en este momento es la seguridad y la tranquilidad que pueden tener los inversores extranjeros para poder llegar y poner sus capitales ahí”, afirmó esta mañana en la entrevista AM de Canal 10.
La convicción de Grandón, especialista chileno, no solo sintetiza el cambio de rumbo del país, también explica el creciente interés internacional por entender y, en algunos casos, replicar el modelo salvadoreño.
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En las últimas décadas, la imagen de El Salvador estuvo marcada por altos índices de violencia y crimen organizado. Sin embargo, el giro de los últimos años es radical. El Plan Control Territorial, impulsado por el gobierno de Nayib Bukele, junto con la creación de un sistema carcelario de máxima seguridad, ha marcado un antes y un después en la historia nacional. Las cifras lo confirman: en 2015, la tasa de homicidios alcanzaba los 103 por cada 100,000 habitantes; al cierre de 2025, llegó a solo 1.3 por cada 100,000, sumando 1,134 días sin homicidios registrados, de acuerdo con datos oficiales recogidos por Infobae.
Esta transformación ha generado un efecto dominó en la percepción pública y en la economía. Sectores como la construcción y el turismo experimentan un crecimiento sostenido, impulsados por la confianza de una sociedad que ya no vive bajo el temor cotidiano. Grandón lo resume con claridad: “Sin seguridad no hay desarrollo”. Para el experto, la estabilidad no solo protege a la población, sino que también representa una invitación tangible para la inversión extranjera y el regreso de la diáspora.
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Seguridad como eje de desarrollo económico
La conexión entre seguridad y prosperidad es directa. La percepción de estabilidad ha sido el catalizador del interés de empresas internacionales y el regreso de capitales salvadoreños del exterior.
Grandón señala que la población percibe que las autoridades “están preocupadas de la seguridad de su bienestar físico, emocional, mental, inclusive hasta espiritual”. Esta sensación de resguardo es la base sobre la que se construye la confianza colectiva y empresarial.
El nuevo clima social ha permitido que muchos salvadoreños recuperen la capacidad de trabajar, estudiar y emprender proyectos, sin las limitaciones del miedo. Esta atmósfera, según Grandón, también incentiva el retorno de quienes emigraron y promueve la atracción de talento profesional. El desarrollo, entonces, se presenta como una consecuencia natural de la seguridad.
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El modelo carcelario y la atención internacional
Uno de los componentes más observados del esquema salvadoreño es el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), emblema del modelo penitenciario de máxima seguridad. El CECOT ha recibido la atención de delegaciones oficiales de países como Chile y Costa Rica, que analizan la posibilidad de adaptar sistemas similares en su territorio.
En Costa Rica, la presidenta electa, Laura Fernández, anunció la construcción del CACON con una inversión de $35 millones, lo que incrementará en 37% la capacidad carcelaria. Fernández expresó su intención de aplicar “el método Bukele completo”.
Grandón explicó que el CECOT opera bajo un régimen estricto, donde se encuentran “los rematados, aquellos que son verdaderamente malos. Eso tiene que tenerlo muy en cuenta la gente.
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Están ahí porque son los más peligrosos que fueron capturados”. Esta diferenciación rigurosa entre internos peligrosos y aquellos con potencial de reinserción es, para el experto, un factor esencial para el éxito del sistema.

Desafíos en la región y claves del éxito salvadoreño
Mientras El Salvador avanza, otros países como como Honduras, Guatemala y Ecuador aún batallan con instituciones frágiles y sistemas de justicia incapaces de coordinar acciones efectivas.
Para Grandón, el fracaso de estos países al intentar copiar el modelo salvadoreño radica en la falta de una aplicación integral de las estrategias y, sobre todo, en la carencia de voluntad política para impulsar reformas profundas.
El caso salvadoreño demuestra que la seguridad no es solo un tema policial o de infraestructura. La capacitación y la integridad de custodios y funcionarios resultan cruciales para evitar la corrupción interna, un problema endémico en las cárceles de la región. El enfoque de El Salvador integra también la creación de oportunidades económicas y el fortalecimiento institucional, garantizando así que los avances sean sostenibles.
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Un modelo observado y replicado
El giro en la percepción de El Salvador se refleja en el interés de otros países por estudiar su experiencia. La apuesta por la seguridad integral ha convertido al país en un modelo de referencia, especialmente para naciones que enfrentan retos similares de violencia y desconfianza social.
La nueva realidad salvadoreña no solo se mide en estadísticas, sino en la vida cotidiana de sus habitantes, que han recuperado la esperanza y la capacidad de proyectar el futuro.
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