
Las escuelas y universidades no están preparando a los estudiantes con las habilidades que demanda el mundo laboral actual. Esta brecha de preparación no solo limita el desarrollo individual, sino también el progreso socioeconómico. En respuesta, muchas instituciones han centrado sus esfuerzos en fomentar el pensamiento crítico, la creatividad, la comunicación y la colaboración —las llamadas “habilidades del siglo XXI”—. Sin embargo, un ingrediente esencial suele quedar fuera: el conocimiento. Y para adquirir conocimiento, dependemos de la memoria.
Contra la creencia común de que memorizar es lo opuesto a pensar, la ciencia cognitiva demuestra lo contrario. Investigadores como Daniel Willingham han evidenciado que el pensamiento complejo se basa en lo que ya sabemos —y en cómo ese conocimiento está almacenado, activado y aplicado. Pensar críticamente no es una habilidad aislada: es una forma de razonar que solo es posible cuando hay conocimiento.
Pensar está ligado a saber
El pensamiento crítico no es un conjunto de habilidades genéricas aplicables a cualquier situación. El pensamiento está condicionado por el contenido del pensamiento —es decir, el conocimiento del dominio—. Incluso los expertos pueden fallar al razonar fuera de su campo si no poseen el conocimiento de necesario. Esta idea se refuerza en libro Desarrollo de Currículo para Pensamiento Profundo (Developing Curriculum for Deep Thinking) publicado recientemente por un consorcio de expertos en el aprendizaje de ocho países, que explica cómo estructuras de la memoria a largo plazo, como los esquemas, sustentan nuestra capacidad para pensar con complejidad.
El conocimiento alimenta el pensamiento
Ya sea al analizar literatura, resolver ecuaciones o evaluar políticas públicas, los estudiantes piensan con conocimiento, no en el vacío. Ese conocimiento se almacena en la memoria a largo plazo, y los expertos lo organizan en esquemas interconectados. Willingham enfatiza que no basta con enseñar a los estudiantes a “pensar críticamente” de forma general; es necesario construir su comprensión de temas específicos. Sin conocimiento, los estudiantes no pueden evaluar afirmaciones, ponderar evidencia ni resolver problemas de forma efectiva.
La automaticidad libera la mente
El camino hacia el pensamiento crítico está pavimentado con memoria y fluidez. La automaticidad —la capacidad de recordar hechos fundamentales sin esfuerzo— libera espacio cognitivo para análisis más profundo. Por eso, memorizar las tablas de multiplicar o el vocabulario no es “aprendizaje mecánico”: es esencial. Liberar la memoria de trabajo permite a los estudiantes utilizar sus recursos mentales en razonamientos complejos.
El conocimiento previo no es opcional
Las investigaciones científicas revelan que los estudiantes no pueden aplicar estrategias de pensamiento si no tienen conocimiento previo relevante. Pide, por ejemplo, que se les enseñe a “considerar múltiples perspectivas” —un objetivo valioso, pero imposible de lograr sin un entendimiento suficiente del tema—. Por eso, los docentes deben activar y construir el conocimiento previo de forma explícita, ayudando a los estudiantes a conectar lo nuevo con lo ya aprendido.

Las habilidades complejas requieren conocimiento específico
Durante décadas, reformas educativas en EE.UU. intentaron desarrollar el pensamiento crítico como si fuera una habilidad independiente. Willingham señala que fracasos de programas como Una Nación en Riesgo (A Nation at Risk) y muchos programas de pensamiento crítico en los años 90 ocurrieron porque ignoraban la importancia del conocimiento como prerrequisito. Tanto Willingham como los autores de Desarrollo de Currículo para Pensamiento Profundo insisten en que el pensamiento crítico en ciencia no es lo mismo que en historia o matemáticas. Estas habilidades son dependientes del contexto y del contenido.
La comprensión lectora depende del conocimiento de fondo
La lectura también depende de la memoria. Por ejemplo, los lectores fluidos tienen dificultades para comprender textos cuando carecen de conocimientos previos sobre el tema. Los estudios muestran que la comprensión mejora de forma drástica cuando los estudiantes ya saben algo sobre el tema. Vocabulario, sintaxis e inferencias dependen del conocimiento previo. Las estrategias de lectura pueden ayudar, pero solo si hay suficiente conocimiento que activar.
Cambiar el paradigma
En lugar de marginar los contenidos a favor de competencias abstractas, las escuelas deben centrarse en ayudar a los estudiantes a construir redes de memoria ricas y coherentes —mediante instrucción directa, práctica guiada y secuenciación adecuada de los objetivos de aprendizaje—. El pensamiento crítico no es una habilidad que podamos enseñar en aislamiento. Es una forma de pensar que emerge cuando los estudiantes tienen algo sobre lo cual pensar. Pensar profundamente empieza por poseer conocimiento. Y el conocimiento depende de la memoria.
El camino a seguir
Debemos cambiar la percepción sobre la memoria. Que se haya utilizado para aprendizajes mecánicos o superficiales no significa que carezca de valor. Al contrario: sin memoria no hay conocimiento profundo, ni dominio, ni transferencia —elementos esenciales para una fuerza laboral competitiva e innovación.
Si capacitamos a docentes y estudiantes en cómo codificar información, practicar su recuperación y desarrollar la metamemoria, podemos superar el aprendizaje superficial y dar paso a habilidades complejas como el pensamiento crítico, la creatividad y la resolución de problemas. Este cambio de mentalidad es urgente, especialmente porque muchos aún creen que memorizar es irrelevante en la era digital (“lo puedo buscar en Google”) o incompatible con pensar (“prefiero razonar que memorizar”).
Pero reconocer el valor de la memoria es solo el primer paso. Necesitamos empoderar a la comunidad educativa con una comprensión integral de la ciencia del aprendizaje. Esto incluye formación en:
- Habilidades de procesamiento: atención, memoria de trabajo y velocidad de procesamiento
- Función ejecutiva y metacognición
- Metamemoria, técnicas de codificación y práctica de recuperación
- Emociones y conductas favorables al aprendizaje (idealmente también a la formación del carácter)
Estas habilidades cognitivas, conductuales y emocionales representan la ciencia del aprendizaje. Enseñarlas de forma explícita permite que los estudiantes transformen lecciones en conocimiento duradero y flexible. Además, constituyen la base real de las llamadas “habilidades del siglo XXI”, que en realidad pertenecen a todos los siglos y son indispensables para vivir, aprender y adaptarnos.
Si nos limitamos a promover competencias abstractas sin atender la base cognitiva que las sustenta, corremos el riesgo de repetir los errores de reformas pasadas. Peor aún, podríamos ampliar la brecha educativa, negando a millones de estudiantes los recursos necesarios para pensar, aprender y progresar.
Esta vez, hagámoslo bien. La memoria no es enemiga del pensamiento: es su aliada indispensable
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