¿Las redes sociales son el sistema de castas moderno? Para una parte de la sociedad, parecería que sí

La cantidad de seguidores de una persona puede dejar de ser un número para convertirse en un valor. Qué efectos produce y cómo puede afectar a los estudiantes. Qué cuestiones hay que considerar para no llegar a “vivir siendo” el protagonista de un capítulo de Black Mirror.

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Fede Popgold
Fede Popgold

El sistema de castas es un concepto comúnmente asociado al imperio español mediante el cual se cree que habría creado un sistema social estratificado en sus posesiones en América. O explicado de otra manera: habría organizado a la sociedad en diferentes estratos sociales reconocibles, de acuerdo a un criterio específico. El “escalón” o estrato en el que estuvieras ubicado te garantizaba el acceso a determinados beneficios. Y, en contraposición, te los limitaba.

Se sabe que en algunas zonas del mundo el sistema de castas sigue vigente; sin embargo, todos coincidiríamos que en la mayoría de las culturas occidentales suena como a algo casi prehistórico. Hoy en día, con la información que tenemos, parece imposible de aplicar y hasta profundamente discriminatorio.

Al menos eso pensaba yo hasta hace unas semanas, cuando tuve la oportunidad de ver con mis propios ojos como le permitían el acceso a una persona a una fiesta muy popular luego de que mostrara cuántos seguidores tenía en Instagram. La conversación fue breve, sencilla y se dio con una naturalidad sorprendente: luego de serle negado el acceso con el argumento de que la fiesta estaba llena, la aspirante a ingresar sacó su celular como quien muestra una placa de policía y exclamó a la defensiva: “Soy influencer, tengo 300 mil seguidores”. Al minuto, estaba adentro: dejaba detrás de sí una fila de alrededor de cien personas, ninguna con más de un par de seguidores en las redes.

Instagram, Youtube y Tik Tok
Instagram, Youtube y Tik Tok son algunas de las aplicaciones que más utilizan los influencers (Shutterstock)

La lógica detrás de este beneficio resulta casi obvia: el poder del influencer reside en el volumen de su audiencia, la cual es necesario entenderla como un canal publicitario. No es lo mismo publicitar en un canal televisivo con un rating de 30 puntos que hacerlo en uno con 1 punto. No es lo mismo publicitar en un cartel en el medio de una autopista transitada que hacerlo en una calle perdida. No es lo mismo tener como invitada en una fiesta a una persona a la que la siguen y escuchan otras 300 mil, que tener a un desconocido. Una posible recomendación suya vale económicamente más porque alcanza a más personas.

Tampoco es que esto sea algo nuevo: la persona denominada “famosa” gozó de beneficios siempre. Invitaciones a restaurantes, saltarse posiciones en listas de espera, pasajes a primera clase de vuelos internacionales. Entonces, ¿cuál es la diferencia con la actualidad?

Hoy, la “fama” es medible, cuantificable y, por sobre todas las cosas, pública. Las redes sociales ofrecen una herramienta simplificada para que todos tengamos un precio por encima de nuestras cabezas. Y sí, digo “precio” es porque se trata de eso exactamente: a más cantidad de seguidores, más grande tu canal publicitario, más beneficios económicos podés obtener. Desde los famosos “canjes” (que pueden ir desde una simple cena gratis hasta un viaje completo al Caribe), hasta las “acciones publicitarias pagas” (que consiste en realizar publicaciones promocionando una determinada marca y cobrar por ello): todos los alcances de lo que acabo de mencionar están determinados por tu cantidad de seguidores.

Tik Tok
Tik Tok

Ahora, ¿qué pasa cuando salimos de una acción comercial puntual y lo bajamos a los vínculos diarios? ¿Qué pasa cuando lo llevamos a, por ejemplo, un aula?

Infinidad de películas norteamericanas nos han inculcado a varias generaciones que hay determinadas características que lo hacen a uno ser “popular” en la escuela y muchas otras lo hacen ser un “perdedor”. Esto existió siempre. Dentro de esa atmósfera tan segmentada, aquellos quienes pertenecen a los escalafones más bajos pueden convivir con el bullying casi que de manera diaria. Si a esto le sumamos un instrumento que mide nuestra popularidad de manera exacta, como es la cantidad de seguidores que tenemos en las redes sociales, los resultados pueden ser -a priori- alarmantes.

Porque ese número, que para alguien que no es usuario diario de las redes puede parecer un dato inofensivo, para un enorme grupo de personas significa mucho más. Si sos de los que se levantan y lo primero que hacen en el día es abrir Instagram o TikTok, sabés perfectamente lo que el número de arriba de todo de tu perfil significa. Te mide. Te pondera. Te ubica en un escalón social dentro del sistema de castas moderno.

Entre las medidas de precaución
Entre las medidas de precaución a tomar se aconseja no llevar el teléfono a la cama. (IStock)

Este último párrafo parece casi apocalíptico. No, no estamos viviendo en un capítulo de Black Mirror (por mucho que se le parezca). Estos efectos de la popularidad basada en las redes sociales no son aplastantemente llamativos en la diaria. Están en las pequeñas cosas: están en las miradas, en las sonrisas, en algunos comentarios. “Ay, tenes un montón de seguidores, ¡sos famoso!”; “Mirá cuánta gente vio mi último TikTok, increíble”; “En la última foto que subí tuve más de mil likes, ¡nunca tengo tantos!”.

Estas pequeñas frases que suenan desinteresadas ayudan a construir la idea del valor. Podemos tener un número arriba de nuestras cabezas, sí; casi todas las redes sociales parecieran demostrar que de eso se trata el futuro. Pero también podemos optar por no actuar en función de ello.

¿Crecerá la problemática hasta un punto de implosión o seguirá vigente por siempre, actuando en silencio porque nos da vergüenza admitir la relevancia que le damos a un número? ¿Será un desafío del futuro deconstruir todas estas ideas Probablemente. Solo el tiempo lo dirá. Yo, por mi parte, me reconozco parte del problema y elijo empezar a hablar de ello en voz alta.

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