
Debo confesar que una de mis películas favoritas es The Sandlot (conocida en Argentina como “Prohibido pasar, Hércules vigila”, nombre estúpido como pocos si me lo preguntan), un film de 1993 que contaba la historia de un grupo de amigos que pasaba sus días de verano en una canchita de béisbol de un suburbio norteamericano.
Clase media ellos, jugaban con lo que tenían. Los bates no sobraban, sus guantes eran lo que heredaron de sus padres y la idea de tener un uniforme ni se les cruzaba por la cabeza. Un home-run —o jonrón— significaba ir a enfrentarse al perro del vecino, el anteriormente mencionado Hércules. Sin embargo los pibes vivían dentro de ese diamante, transpirando cada hora de cada día. Y jugaban bien, muy bien. Demasiado bien. Un día cualquiera de aquel verano, el equipito fifí del barrio rico de al lado no tuvo mejor idea que desafiarlos. Vestían impecables e impolutos uniformes, guantes y bates nuevos, y sobraban las pelotas. Lo que no sobraba era talento. La paliza que sufrieron los ricachones fue, figurativa y literalmente, de película.
La historia se repite en el imaginario popular argentino del deporte en general. Juzgamos en cuestión de milisegundos, en una mirada. El que venía a la plaza con los botines nuevos, recién salidos de la caja, probablemente tuviera los pies redondos. El que traía la pelota, sólo jugaba porque era el dueño de la pelota. El que venía con la 10 de un equipo europeo sin jamás haberse embarrado, un tronco que iba al banco. Dime cómo te vistes, y te diré cómo juegas.
En el tenis sucede una historia similar. Criado tenísticamente en el GEBA de los años 90, a mis amigos y a mí nunca nos sobraron los recursos para vestir los uniformes en amarillo y fucsia flúo que usaba el en ese entonces nuestro ídolo del momento, el todavía adolescente Andre Agassi (levantame la sota que se me acaba de caer, que ya no me puedo agachar, pibe). Debo decir que en aquel entonces, moría por sus shorts de jean, o sus Nike Air Tech Challenge blancas, negras y rosa flúo. Pero los sueldos de mis dos padres no alcanzaban para semejante lujo. Ni a mi familia, ni a la de mis amigos. Jamás tuve dos raquetas nuevas (para los que no lo saben, a cierto nivel tenístico los encordados se rompen rápidamente y es necesario contar con una segunda raqueta idéntica para no interrumpir el partido o la práctica), y reencordar todas las semanas era un gasto que mi papá jamás llegó a entender, y según él, innecesario.

El tenis siempre fue un deporte caro, y mis viejos hacían lo que podían. Pero siempre había en el club uno al que sí le sobraba. A veces era algún chico de nuestra edad, pero generalmente alguien más grande. Algún tipo de treinta y pico, fanático del tenis y que, ya teniendo un ingreso económico sólido, se podía dar el gusto de vestirse con la indumentaria de su player favorito. Lo que obviamente generaba nuestro odio más profundo y lo convertía inmediatamente en objeto de nuestra sorna. Nunca supe su nombre, pero teníamos un apodo para él.
“Nadal” le decíamos. Las razones resultarán obvias. Correría el 2005, y el tipo llegaba al club vestido de Rafa de pies a cabeza. Musculosa naranja de la marca de la pipa, pantalones capri blancos hasta la rodilla, zapatillas haciendo juego, y colgado de su hombro, el bolso de la misma marca que sponsoreaba al mallorquín, con dos raquetas (nuevas, impolutas) de la misma marca y modelo que utilizara el 14 veces campeón de Roland Garros. Lo detestábamos. Yo en particular, que jamás había tenido dos raquetas nuevas, o al menos iguales, veía a este muerto de hambre llegar al club vistiendo todos mis sueños juntos. La verdad, es que tan malo no era. Malos, jodidos, éramos nosotros Es más, tampoco era yo gran cosa. El peorcito de mi grupo de amigos y de mis equipos. Iba al banco, o al dobles, o al muere. No me sobraba nada. Pero por lo menos le pegaba lo suficiente para romper una cuerda por semana y necesitar dos raquetas. Y definitivamente, le pegaba mejor que “Rafa”.
Pasaron los años. Tuve la suerte de hacer una exitosa carrera como creativo publicitario, profesión que me llevó a vivir en Tokyo primero, y ahora en Nueva York. Soy un amante de la moda, y además, un poco shopaholic. Me puedo comprar la ropa que me gusta sin tener que vender un órgano, como lo hubiera hecho en 1988, si mis padres me hubieran dejado. Sigo jugando al tenis. Sigo siendo horrible, según uno de mis mejores amigos y entrenador profesional, pero le sigo pegando lindo a la pelota, según mi entrenador español en Nueva York. Me puedo comprar los outfits tenísticos que me gustan y hasta los que que me hubiera gustado tener a los 12 años (sí, se encuentran en eBay). Sin embargo, en los courts visto siempre pantalón corto negro, remera negra, medias negras, y gorra negra. Sus marcas apenas se distinguen. Ninguna es necesariamente de lujo. Mis zapatillas son de lo más promedio que hay. Generalmente negras.
¿Por qué entonces, siendo tan fanático yo de la moda, necesito pasar tan desapercibido en la cancha?
Llego entonces al quid de la cuestión. ¿En lo que tiene que ver con el outfit tenístico, hay que respetar los rangos? ¿Tiene uno que vestirse al nivel en el cual uno juega? ¿Por qué no podemos darnos el lujo de vestirnos como nuestros ídolos, aunque nuestro nivel tenístico esté a años luz del de ellos? ¿Si me gusta verme impecablemente vestido en la calle, por qué no puedo también verme impecable en los courts? Como diría Karina J., lo dejo al criterio de la audiencia. Yo seguiré vistiendo de negro. Entrenando en la oscuridad. Para que no vean lo malo que soy.
PD: hoy sí tengo las Nike Air Tech Challenge del kid de Las Vegas. Pero en su caja, y nuevas. Jamás las usaría. Ah, me olvidaba: “Nadal” aprendió a jugar. Y está mega-fit. Si me agarra hoy, me limpia 0 y 0. JPDT probablemente también me de una paliza.
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