“Cuando todo parece perdido, algo puede renacer”: fragmento de “Desmadre”, de Giselle Kruger

La novela de la periodista y productora indaga sobre la culpa y el vacío de una mujer atrapada en la tristeza del duelo, luego de la pérdida de su bebé

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"Desmadre" de Giselle Kruger
"Desmadre" de Giselle Kruger

El libro Desmadre de Giselle Kruger presenta a Ana, una mujer atrapada en el duelo tras la pérdida de su bebé, explorando la culpa y el vacío que deja una maternidad interrumpida.

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Desmadre

Por Giselle Kruger

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La narrativa entrelaza la historia de Lourdes Crespo, obstetra cuya madre, afectada por alzhéimer, solo muestra lucidez al acunar un bebé reborn, generando un espacio ambiguo entre sanación y desborde emocional.

La novela de esta periodista y productora de televisión nacida en Buenos aires en 1985 indaga sobre los límites del amor frente a la pérdida, preguntándose si un objeto puede devolver la esperanza cuando la vida real la arrebata. Editó Grijalbo.

A continuación, un fragmento de Desmadre.

Giselle Kruger (Foto: Alejandra López)
Giselle Kruger (Foto: Alejandra López)

Primero las partes: una cabeza, dos brazos, dos piernas, inmaculados, suaves al tacto; la promesa tácita de un “recién nacido”.

Luego, bajo una luz tenue, comienza la magia. Cada capa es una piel que no existió, un latido inventado.

El creador se inclina y aplica en silencio las primeras pinceladas translúcidas, casi invisibles. Un tono subcutáneo, rojo casi violeta, una malla de venas que apenas advierte la mirada. Después la segunda, la tercera, la cuarta... ocho, diez o más para que la superficie responda a la luz como si respirara bajo la piel.

El pelo. Ese elemento tiene un rito distinto, especial, delicado, propio. Cada mechón se injerta y cada raíz parece una aguja que abre y cierra un pequeño túnel sobre el cuero cabelludo. Cabello humano de alta calidad o la fibra más sintética, cada hebra tan fina como mosquito de aire, se anudan una a una sobre el molde. Poco a poco, crece una cabellera sin edad y sin nombre, pero que pide ser acariciada.

¿Sabrá el creador que al posar los dedos sobre aquellas hebras casi invisibles —tan finas que casi desaparecen entre la luz— no se sienten como un detalle, sino como el primer aliento de algo vivo?

El torso se rellena con vellón, fibra, plomo, todo escondido en la tela para que pese como pesa un niño dormido a medianoche.

Después, entran en escena las uñas, las pestañas, los pliegues de la piel: cada gesto de color, cada sombra texturada convierte a la criatura en un rostro que no imita, sino que reluce su propio pulso, listo para que le impriman su historia.

Todos somos únicos y ellos también. Ninguno se parece a otro, no pertenecen al coral de los bebitos rápidos, creados en serie, sino al silencio riguroso de lo artesanal.

Recién a lo último se cierra la costura, se ajusta la mantita, se le sujeta el gorrito y se fija el chupete con un imán.

¿Quién lo esperará del otro lado? ¿Quién lo llamará por su nombre? ¿Qué nombre? Tal vez una madre sin hijo, o una hija sin madre, o alguien que solo busque compañía en el silencio.

Lo vestirán con bodies coloridos, lo sentarán en cochecitos que no irán a ninguna parte, lo dormirán en cunas que no crujen. No llorará nunca, pero habrá rutinas: cambiarle la ropa, humedecerle los labios, acomodar su cabeza en la almohada. Su piel siempre fría, su mirada fija, su corazón quieto. Y, sin embargo, cada caricia será un deseo de que despierte. Porque en algún rincón del mundo, alguien lo cuidará como si respirara.

La mano que lo carga siente peso y vacío al mismo tiempo. Una respiración mecánica podría instalarse, si el artesano lo desea, y así hasta el sello final de “frágil” donde el objeto ya no es objeto, ya no es solo silicona sino rito, magia, imaginación.

Ahí, en ese cuarto donde todo comienza y termina y vuelve a empezar, el renacido toma su lugar. No es cuerpo que llore ni llanto que responda. Pero su presencia se cuela: el silencio se reconoce en esos párpados cerrados, el peso que no tuvimos yace entre sus extremidades.

Y la pregunta, suave como el murmullo de pinceles, se dibuja en la penumbra: ¿y si algo sin vida pudiera dar vida?

Si el sol se apaga en un instante la oscuridad es perpetua.

***

—No hay latido —dictamina el doctor Benson sin apartar la atención del monitor.

La sentencia desata un huracán. Entrecruzo mis manos y las adhiero a la panza: desafío el panorama con la fe.

Intento descifrar el mundo a través de sus lentes, mientras él, un perfecto desconocido con mi destino en su mirada, naufraga enmudecido en la imagen.

La densa espera en la que todo es posible detona mi paciencia.

—¡No es cierto!

Nadie me contradice.

Empujo el aparato y deslizo los dedos sobre la piel mojada: rastreo el pulso del bebé con mis propias manos.

Mi piel se eriza al no detectarlo, toda la escena conlleva ese claro tenor de tragedia, de despojo. Algo que quisiera negar o revertir, pero un ahogo me impide exponer la injusticia, como si una mano negra se cerrara sobre mi cuello. En este momento comprendo la metáfora de la opresión: cuando alguien dice que “se le vino el mundo abajo”. La realidad me aplasta, y solo queda seguir rezando.

Imploro un desperfecto temporal. Un rayo que active el ecógrafo y reduzca al médico a unas disculpas frenéticas. Pero no sucede. El deseo ahora es rehén del silencio.

Juan evita ser la desembocadura de mi desesperación, sabe que solo con una mirada provocaría el diluvio universal. Tensa la mandíbula, se abstiene de cualquier comentario, como una forma de conservarse. Tanto suspenso confirma que el silencio puede ser más destructivo que el peor de los estruendos.

Después de la noticia, el doctor desaparece.

—Esperen aquí —ordena y la inestabilidad se apodera de la atmósfera.

La sala es un cubículo angosto donde no caben más de tres personas. Las paredes tienen un amarillo pálido que absorbe la luz en vez de reflejarla. El suelo está salpicado de pequeñas grietas, parecen venas rotas bajo la superficie. Una sola ventana en lo alto deja entrar apenas un rayito de sol que se detiene a mitad de camino, incapaz de iluminarnos.

Aguardamos abrazados la llegada de alguien, no sabemos de quién, o quizás un llamado de rescate, un nuevo estudio con otro resultado. Un arcoíris que revierta el pronóstico.

Con Juan nos miramos cuando sentimos pasos cerca, como si alguien viniera a socorrernos, pero al final se arrepintiese.

Habrán pasado veinte minutos o veinte años hasta que una doctora de ambo azul y pelo revuelto se presenta y nos guía hacia su consultorio. En el camino se asegura de que soy Ana Crewell. Ella es Paula Silva, responsable de la guardia obstétrica y ginecológica del sanatorio Santa Teresita. La seguimos, creemos alejarnos de la catástrofe, hasta que se detiene en una sala, contempla la imagen y traduce: “Aborto espontáneo”. Explica que así se denomina la detención del embarazo. Mientras tipea, constata indicios:

—¿Pérdidas, dolor abdominal, calambres o mareos?

Niego reiteradas veces.

—¿¡Qué pasa!? —cuestiono, totalmente descolocada.

—Son jóvenes —desdramatiza con tono profesional—. La naturaleza es más compleja que la teoría.

Yo creía que estaba exenta de ese riesgo. Crecí convencida de que el cuerpo responde a la fe, que las buenas mujeres somos recompensadas con hijos sanos, que la devoción protege, como si existiera un pacto secreto entre el deseo y la biología. Me descoloca que la fatalidad no haya ido a buscar a otra, a una distraída, una incrédula, una mujer sin ganas.

Solo resta pensar que fue mi culpa, quizás algo imperceptible, un gesto mínimo que torció el destino, que este dolor no es una fatalidad médica sino una condena, una especie de castigo divino reservado para las que aman demasiado. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a nosotros?

Con la cabeza todavía confundida repaso y maldigo las torpezas domésticas que me vienen a la mente como un latigazo: “No controlé los nervios”, repito y recibo la culpa. “¿¡Por qué subí tantas escaleras?!”. “Debí haber descansado hasta el mediodía”.

Recorro el infierno de las últimas horas. Esta mañana, después desayunar unas tostadas con manteca, mermelada y té, me detuve a acariciar mi panza. De alguien aprendí que los bebés se activan con los dulces y yo esperé sentirlo, pero no lo encontré. Me convencí de que estaba dormido.

Luego, demoré eligiendo unas hebillas al peinarme. Al bajar del ascensor, una vecina sostuvo la puerta y lo registré como un abrazo. Advertí el auto estacionado en doble fila y apuré el paso.

En el pasillo, mi figura estalló en el espejo y sonreí, pero al instante bajé la cabeza y revolví la cartera: me había quedado encerrada. Cuando arrojé maldiciones al aire, el encargado del edificio interpretó la escena y me liberó.

De camino a la clínica, los carteles de las calles se volvían nombres posibles. Pensé en Alfonso, en Ramón, en Evaristo, como si evocar familiares fuera una forma de protección para el bebé que estaba por llegar. Pero enseguida negué con la cabeza y descarté la idea: no se le otorga a un recién nacido el nombre de alguien vivo, porque si la muerte ronda puede confundirse de destinatario.

Ahora acaricio mi panza detenida y vuelvo a padecer el suceso inadvertido, la seguidilla de indicadores que escondían avisos.

Improviso un método para escapar del presente cautivo. Necesito volver al momento de las tostadas, creer que sigue dormido, tragarme diez alfajores, hallar la manera de revivirlo.

¿Podrán volver de la muerte aquellos que aún no han nacido?

Presiento que no.

Y que yo tampoco podría volver.

—Si hay pérdidas, corran a la guardia; si no, vuelvan a primera hora para empezar el tratamiento.

La doctora hace silencios por demás, como si buscara regular el impacto de su anuncio: se esfuerza en vigilar su vocabulario cuidando las palabras.

Imagino que no debe ser lo mismo comunicar un diagnóstico desalentador que pronunciar la palabra “muerte”. Según los médicos, la ciencia es infalible; sin embargo, por alguna razón ella elude el término como si, igual que nosotros, se resistiese a sucumbir al dictamen. Quizás eso elucubre en cada pausa. Quizás nada sea hasta que se lo nombre.

—¿Y mañana podrían aparecer los latidos? —pregunta Juan con cierta ingenuidad.

La doctora se ajusta los lentes para observarnos con profundidad, pero Juan sigue confundido, arruga su frente como si tuviera que declarar lo sucedido frente a un tribunal.

—¿Qué es lo que tiene? —insiste, ahora desilusionado.

—No hay latido —simplifica ella, repitiendo la puñalada del doctor Benson mientras observa cómo nos desintegramos—. Tomen contacto con su obstetra cuanto antes. Los resultados los reciben por correo.

De nuevo el silencio que ordena. La consulta ha llegado a su fin.

Juan rodea mi cintura con sus manos y me levanta como un salvavidas. Yo jamás conseguiría hacerme cargo de este cuerpo. (...)