
No me resulta fácil resumir la historia de los diecisiete cuentos que componen mi libro El tren detenido, por la sencilla razón de que fueron escritos, muchos de ellos, durante varias décadas de mi vida. El resto (más o menos la mitad) son producto del ocio asociado, lamentablemente, a la pandemia; es decir, a partir de marzo de 2020. Fernando D’Addario, quien tuvo la gentileza de escribir la contratapa, me preguntó si había un hilo conductor o conceptual que los uniera. No tuve más remedio que confesarle que esa argamasa era yo mismo, que en los cuentos elegidos me reconozco en el paso del tiempo, y que, pese a la diversidad temática, hay una unidad de tonos y de climas.
No dudé con El tren detenido porque tenía dos respaldos: el de Héctor Lastra, a cuyo taller concurría allá por el 98 y que lo elogió calurosamente, y el Premio del concurso internacional Juan Rulfo, Salón del Libro Iberoamericano, en el 99. Ese premio, que ya no existe, era nuestra Meca para los jóvenes que concurríamos al taller de la SADE, creo que por el año 76 y que dirigía el querido escritor Gudiño Kieffer. La preferencia que me dedicó Gudiño me ayudó a tomar la complicada decisión de abandonar la ríspida carrera de Ingeniería y pasar, acto seguido, al Profesorado en Castellano, Literatura y Latín, en el Mariano Acosta. No es que yo pensara que mi destino era la docencia, sino que tenía tal avidez por todo lo que estaba descubriendo, que creí necesario un camino pautado para mi desordenado autodidactismo.
G. Kieffer remplazó en ese taller a un viejo especialista en la técnica del cuento: Mario Lancelotti, autor del libro De Poe a Kafka. En la primera reunión nos pidió que le entregáramos algún material y yo le dejé uno de mis primeros cuentos; La noche de los expedientes, inspirado en lo que vivía en mi trabajo en el entonces Correo Central. A la semana siguiente nos anunció que había elegido uno, “claramente kafkiano” y que no era otro que el mío. Yo no había leído todavía al checo, referente importantísimo para Lancelotti. De esa época data mi amor por Kafka, de quien leí, con placer y asombro, casi toda su obra. Varios cuentos míos de esa época fueron publicados por la revista Postas Argentinas, que era la revista oficial de Correos y Telecomunicaciones.
No sé si el profesorado en Letras y la consiguiente obligación de leer a los clásicos, cambiaron mi forma de escribir. Por supuesto que me dio las herramientas necesarias en gramática y sintaxis para ahorrarles algún trabajo a mis futuros editores, pero lo principal fue la enriquecedora convivencia con compañeros y profesores que amaban la materia.

Mis cuentos, mis novelas (tengo tres inéditas) suelen partir de una experiencia en la vida real. No necesariamente “un acontecimiento”, como nos reclamaba Lancelotti; a veces el disparador es un paisaje, una imagen, o un “no lugar”, como un avión, un ómnibus, un tren. En los relatos no acostumbro a planificaciones sesudas, pienso que en la expresión literaria nos ayuda muchísimo “un señor del sótano”, que tiene más imaginación que nuestro yo consciente. Esa es la única explicación de que no recuerde y me asombren a mí mismo algunas decisiones, algunas frases, ciertos finales. Sé que no está de moda hablar de “inspiración” y mucho menos de esotéricas musas; sin embargo, estoy seguro de que los escritores no somos los dueños absolutos de nuestras obras, y que debemos agradecer a un inconsciente que sigue trabajando durante nuestro descanso. Y que es más ocurrente que nuestra razón.
He pensado que esa rara ayuda es una especie de caja negra, formada durante toda una vida de lector. Así como Chomsky habla de una “competencia del hablante”, eso sería como una “competencia del escritor”, que nos guía, que enciende algunas alarmas cuando nos equivocamos, que va conformando un estilo. Por supuesto que corrijo mucho y que, en las novelas, es necesario volver muchas veces atrás, ya sea para introducir elementos anticipatorios de algo que se nos ocurrió después, o para evitar lamentables contradicciones.
La protohistoria de El tren detenido está en mis vacaciones infantiles a La Pampa. Mi hermano y yo éramos irreconocibles ya en Bragado, donde el maravilloso chorro de agua que surgía presionando un pedal era impotente para devolvernos un aspecto presentable. En los noventa, ya con familia, quise recrear esas felicidades, pero no era una buena época para los ferrocarriles. El tren se detuvo entre unas lagunas que se habían formado en el límite entre la provincia de Buenos Aires y La Pampa. Para el cuento, sólo tuve que exagerar el tiempo de la detención, llevarla a nueve días y provocar alguna inquietud “kafkiana” con unas fogatas nocturnas, a las que algún pasajero atribuyó a la tribu del cacique Calfucurá.
Por último, no es casual el epígrafe de Camus, es un cuento existencialista. Yo soy existencialista.
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