
Aquí en París la vida vuelve a retomar su ritmo.
Los cafés y restaurantes abrieron sus terrazas.
Se puede viajar por toda Francia.
Los cines y teatros van a recomenzar sus funciones a partir del 22 de junio.
Es decir que pareciera que finalmente salimos de un repentino coma que nos alejó de nuestros amigos y parientes forzándonos a un aislamiento involuntario que se transformó en voluntario.
Me pregunto qué pasó en ese tiempo, en el cual estuve encerrado, cuando las calles estaban vacías y la gente pensaba que íbamos a caer en una fatal penuria de papel higiénico.
¿Qué pasó?
Si bien recuerdo regresé a Paris el 28 de febrero, la pandemia ya flotaba amenazante en el mundo.
Los Duty Free seguían funcionando en los aeropuertos y el viaje en avión se hizo sin barbijo, ni gel, ni ninguna medida sanitaria.
Llegando a París miré con curiosidad a la gente en el aeropuerto, solo dos entre miles llevaban barbijos.
Las personas que fui encontrando por razones profesionales o amistosas ya no se besaban más, sino que chocaban absurdamente los codos, pero a pesar de ese temor, esa distancia social que se iba instalando, los cafés desbordaban de gente ignorando aquella especie de fin del mundo que se les anunciaba.
Esto llevó repentinamente al gobierno francés a cerrar todo lo que se podía impidiendo así las reuniones.
Al día siguiente, un domingo soleado, la gente invadió los parques y jardines (se habían olvidado de prohibir la entrada).
Los cerraron.

De esa manera se logró lo que aconsejaban los servicios sanitarios, los centros de reanimación, los epidemiólogos, que cada uno de nosotros se encerrara en su soledad, sin poder sostenerse en ninguna estructura cotidiana porque el contacto con los otros constituía una muy probable contaminación.
El otro se convirtió sin preaviso en una palpitante amenaza.
Viví una gran confusión de órdenes y contra órdenes: pónganse el barbijo, sáquense el barbijo.
A un metro del otro o mejor no, ni siquiera a un metro, encerráte y basta.
Anunciaron: “Los viejos deberán aislarse hasta Navidad”.
Imaginé a Papá Noel rodeado de cadáveres de gente anciana, víctimas de la soledad.
Recordé entonces los Duty Free que había transitado repletos de artículos inútiles que dan sin embargo la sensación de una efímera riqueza.
Pensé en los Duty Free también cuando fui a la farmacia parisina y pedí gel, no había, ni tampoco barbijos, ni termómetros, ni vitamina C.
No pude dejar de reflexionar sobre la cantidad de pavadas que crea esta sociedad obligándonos a consumirlas y que, de pronto frente a lo imprevisto, no tiene los instrumentos esenciales para defenderse del monstruo.
Tuve que vivir con una mano adelante y otra atrás esperando que el virus pasara de largo.
Me y nos ametrallaron diariamente con la cantidad de muertos sin nunca explicarnos que no todos los contaminados mueren y que hay variadas formas benignas de este maldito virus.
Creí entender que el aislamiento obligatorio era una manera de esconder la precariedad con la cual los sistemas hospitalarios tendrían que hacer frente a esta plaga.
Qué increíble que viviendo en un mundo que pensamos súper evolucionado debiéramos un día enfrentarnos a este engendro con una gomera y sin piedras.
Ninguna noticia científica vino a apaciguar nuestras angustias y ahí andan los ensayos para una eventual vacuna, dando vuelta en laboratorios de no sabemos dónde (último momento: Oxford promete devolvernos la libertad de movimiento. ¡¡¡La vacuna!!!).
Tampoco pudieron anunciarnos la posibilidad de un tratamiento eficaz.
¿Qué podemos sacar en limpio?
Que somos unos pobres desgraciados a los cuales nos hacen creer que somos ricos porque compramos basura en algún Duty Free del mundo y después no tenemos dónde caernos muertos (el problema, si los casos aumentan, es que no habrá suficientes camas).
A dos pasos de donde vivo en París van abrir muy pronto un gran centro donde estarán compitiendo las sesenta marcas de lujo más célebres del mundo.
Con una cartera lujosa bajo el brazo (bendecida por la papesa de la moda) moriremos en la calle, más precisamente en la vereda, pero al menos seremos unos estúpidos cadáveres que creyeron haber vivido en un mundo soñado.
El mundo que nadie quiere soñar es el que nos va a tocar vivir con una nueva clase que quedará en la lona después de este knockout.
De una manera u otra quedaremos todos en la lona una vez terminada esta patética experiencia que nos enfrentó a la insuficiencia, sanitaria, científica y tecnológica del mundo en el cual vivimos.
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