
Por Claudia Lorenzón*
El libro Todos los universos posibles de Ana María Shua reúne cerca de mil microrrelatos que la autora escribió a lo largo de su extensa trayectoria, al abordar una construcción narrativa que cultiva la brevedad y la profundidad semántica, y que en la Argentina tuvo sus exponentes en versiones de Borges, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Cortázar, Isidoro Blaistein y Marco Denevi.
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La escritora, que se inició con la poesía, siempre fue lectora de microrrelatos y en 1975 la convocatoria de la revista mexicana Cuento, que tenía un concurso permanente de cuentos brevísimos, la llevó a escribir los primeros microrrelatos; desde entonces produjo un caudal que, por su riqueza y sensibilidad, la transformaron en la principal referente nacional de las microficciones.
"Me salieron muy bien y pensé que podía escribir uno por día; llegué a 100, pero me quedé varada y tuvieron que pasar varios años para poder terminar el primer libro de microrrelatos que se llamó La sueñera". Ese es su libro preferido, explicó Shua.
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Todos los universos posibles, editado por Emecé, está integrado por La sueñera, Casa de geishas, Botánica del caos, Temporada de fantasmas y Fenómenos de circo, títulos que cobijan una gran diversidad de temas como la muerte, el deseo, la religiosidad, los mitos, los sueños, la imaginación, lo extraño, lo deforme y la creación literaria.
– ¿Qué te convoca en particular del género?
– Me gusta la posibilidad de concentrar el significado en unas pocas líneas y obtener de esa brevedad la mayor profundidad posible, en textos de no más de 300 palabras. Algunos dicen que el microrrelato no permite desarrollar la psicología de los personajes, pero el autor norteamericano Robert Hass escribió "Una historia sobre el cuerpo" en 20 líneas, y es una historia absolutamente conmovedora que tiene un gran desarrollo de los personajes.
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– Lo macabro o siniestro ocupa un lugar importante en estos microrrelatos, como el caso del que lleva por título "Fémur"…
– Ese microrrelato está basado en un hecho de la realidad, porque mi abuelo se rompió la cadera, lo operaron y luego de la cirugía mi papá conservó la cabeza de fémur de mi abuelo y la llevaba en el auto, o la tenía en su escritorio con la idea de hacer algo, como un cenicero… aunque al final no hizo nada.
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– ¿Cómo surgió Fenómenos de circo?
– Ese libro surgió cuando me pidieron un microrrelato inédito de un diario español y escribí uno, y entonces empezaron a salir de la galera otras cosas, como los enanos y domadores, y me di cuenta de que tenía un mundo y que iba a lograr algo que me había propuesto con otros libros y no lo había logrado, que era dedicar todo el libro a un solo tema. Recién con ese libro empecé a trabajar con información concreta, a investigar el tema de lo que quería escribir.
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– En ese libro abordás el tema de la deformidad como espectáculo y brindás al lector un universo de casos sorprendentes, como el de Lucía Zárate.
– Lucía Zárate era la más pequeña enana de circo: era liliputiense, pequeñísima, toda chiquita, y el caso de Julia Pastrana es muy impresionante, porque era toda peluda, una especie de mono, y tenía doble dentadura como una especie de monstruo, pero era una mujer al parecer amable y gentil. Un empresario se casó con ella y la exhibió como fenómeno de circo durante años. Esos casos se exhiben hoy en la televisión, no en los circos. En los Estados Unidos hay algunos lugares donde se exhiben monstruos, pero sobre todo van a la televisión.
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– ¿Por qué te interesó el tema de las figuras del circo?
– Porque era un tema muy amplio y en el que había muchos elementos para trabajar, y luego naturalmente va surgiendo la curiosidad humana, malsana, pero al mismo tiempo humana y muy natural. Seres humanos distintos que se apartan de la norma y que convocan el morbo que todos tenemos. El hombre elefante se ganaba la vida exhibiéndose, y como luego dejó de ser popular exhibir fenómenos tuvo que terminar en un asilo. Él sacó provecho de su monstruosidad, pero las buenas intenciones le cortaron esa posibilidad y se vio obligado a vivir de la caridad pública.
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– En varios microrrelatos abordás el rol del escritor y la literatura…
– En "Fenómenos de circo" juego con la idea de que el circo es un símbolo del arte, una representación de la necesidad del arte y, por otro lado, hablo del problema de los artistas frente al público. En "Temporada de fantasmas" tengo algunos textos que tienen que ver directamente con la escritura, donde hablo de los textos como fantasmas, como medusas del sentido.
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– Y "Casa de geishas" aborda el tema del deseo, ¿no?
– Sí, es como un burdel de la imaginación, juega con los avatares del deseo en su sentido más amplio, no solo el sexual. Hay un texto que lo marca muy bien, que es "La que no está", esa idea de que la mujer más deseada en esa casa de geishas es la que no está porque tantos años de práctica la han perfeccionado en el arte de la ausencia. Todos tratan de obtenerla pero se conforman con otra mujer, imaginando siempre que tienen en sus brazos a la que no está.

– Algunos microrrelatos son más breves y otros más extensos, y en estos últimos las reflexiones son similares a las consideraciones de los filósofos…
– Es interesante que en los textos haya reflexión, que no sean solo para provocar una sonrisa. Yo de la literatura quiero emoción y reflexión, sin descartar el humor.
– Ahora que estás presentando todos los volúmenes de microrrelatos reunidos en un solo tomo, ¿seguís escribiendo estos textos?
– Empecé de nuevo, y estoy escribiendo microrrelatos sobre la guerra, desde la guerra de Troya hasta la Segunda Guerra Mundial. Descubrí cosas extraordinarias, ideas delirantes, como un portaaviones de hielo que construyeron los ingleses en un lago de Canadá. Un prototipo de 18 metros de largo y 9 de ancho, con la idea de que iba a ser más barato que si lo hacían de metal. El prototipo se mantuvo en frío con un sistema de cañerías, pero al fin era tan caro que la idea terminó fracasando y lo dejaron hundirse. Otro dato curioso sobre la guerra es que los norteamericanos tuvieron la idea de atacar las ciudades japonesas con murciélagos que llevaban atadas bombas incendiarias, para tirarlos desde los bombarderos y hacerlos estallar al mismo tiempo por control remoto. Pero para poder manejarlos tenían que hacerlos entrar en período de hibernación, y los metían en heladeras. La primera vez que los arrojaron desde un avión no se despertaron a tiempo y la mayoría se estrelló. La segunda vez los despertaron antes, pero se escaparon y prendieron fuego las instalaciones del ejército norteamericano en un desierto donde hacían las prácticas. Perdieron dos millones de dólares de aquella época, dedicados al proyecto de los murciélagos.
*Fuente: Télam
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