El 30 de julio de 2026 se llevó a cabo la última jornada de la audiencia en la que tres generales del Ejército Nacional y 22 militares en retiro más reconocieron su responsabilidad en casos de ejecuciones extrajudiciales, también conocidos como falsos positivos, que se registraron entre enero de 2002 y diciembre de 2008 en el Caribe.
La diligencia fue presidida por el magistrado Óscar Parra Vera, relator del Subcaso Costa Caribe, que fue acompañado por la magistrada Catalina Díaz Gómez, presidenta de la Sala de Reconocimiento de Verdad, y por los magistrados de la Sala de Definición de Situaciones Jurídicas Claudia Rocío Saldaña y José Miller Hormiga.
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En este caso, la JEP determinó que el 74% de las muertes investigadas entre 2002 y 2008 en el Caribe correspondieron a personas asesinadas y presentadas falsamente como bajas en combate. Por estos hechos, 43 militares fueron imputados por la JEP como máximos responsables del asesinato de 739 personas que fueron presentadas falsamente como bajas en combate en Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena y Sucre.
Hasta el momento, 93 cuerpos han sido exhumados y 24 personas se han entregado dignamente a sus familias; 18 de ellas fueron asesinadas, desaparecidas y falsamente presentadas como bajas en combate por integrantes de unidades militares en el Caribe.
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Las labores forenses fueron tramitadas con ayuda de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (Ubpd).
Una de las declaraciones que más llamó la atención fue la del teniente (r) Diego Junco Parra, que se desempeñó como subteniente del Ejército Nacional y lideró un pelotón del Grupo de Caballería Mecanizado entre enero de 2006 y junio de 2007.
“Quienes no presentaban muertes eran objeto de reproches y amenazas de traslado, o veían reflejadas anotaciones en sus hojas de vida. Incluso eran enviados a sitios más lejanos y complicados de la jurisdicción del grupo Rondón”, afirmó el exmilitar.
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En su declaración, indicó que era consciente de que los cuerpos presentados no eran de guerrilleros dados de baja en combate, sino de civiles que habían sido convencidos de dejar sus hogares bajo promesas de trabajo y otro tipo de engaños.
“Me convertí en un engranaje activo de esta maquinaria criminal: coordiné y ejecuté personalmente, o a través de mis hombres, asesinatos de personas civiles para luego presentarlas falsamente como guerrilleros muertos en combate. Era consciente y acepté las consecuencias. Sabía que las personas señaladas y trasladadas eran civiles en situación vulnerable y que su muerte era el resultado de mis acciones. Acepto que la totalidad de las muertes que reporté en mi paso por el Grupo Rondón fueron ilegales”, declaró el compareciente.
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Junco se criticó a sí mismo ante los presentes, asegurando que no comprende en qué momento dejó de tener respeto por la vida y aceptó participar de las ejecuciones extrajudiciales.
“Hoy me pregunto en qué momento perdí la sensibilidad humana y me convertí en un monstruo. ¿Cómo permití que la presión, el miedo y la ambición me alejaran de los valores que debían orientar mi vida? Le fallé a Dios, a mi familia, a las familias de las víctimas, a un país, al Ejército Nacional y, lo más importante, a mí”, fueron las palabras del sargento retirado.
Cuando Junco estaba hablando, en el recinto se levantó de su silla Aura María Córdoba, madre de Erin Barri Molina Córdoba, una de las víctimas que reconoció el sargento retirado, que pidió tomar la palabra para ofrecerle su perdón al exuniformado.
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“Yo te perdoné desde que encontré a mi hijo, porque le prometí a Dios que a aquellos que me le hicieron daño los perdonara. Yo tengo un hijo que está viendo esto; lo único que yo te pido es que, con el nombre de él, pide perdón. Es lo único que yo te pido, nene”, fueron las palabras de la adulta mayor.
Al recordar a Erin Molina Córdoba, que fue asesinado por integrantes del pelotón especial Grupo de Caballería Mecanizado el 14 de junio de 2007 en la vereda La Granja, en Villanueva (La Guajira), el sargento retirado lloró al reconocer el gesto que acababa de tener con él la madre de la víctima.
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“Señora Aura, su hijo era inocente, era un buen hombre. En el encuentro privado tenía mucho miedo, ni siquiera fui capaz de mirarla a los ojos, y su primera palabra fue que me perdonaba. Esa es la lección más grande de amor que puede tener una mamá por encontrar paz”, puntualizó Junco en la audiencia.
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