
La victoria de Abelardo de la Espriella en las presidenciales de Colombia, que se desarrollaron el 21 de junio de 2026, abrió una disputa que excede el resultado ajustado de la elección. El episodio, según un editorial de The Guardian, volvió a poner en primer plano cómo los datos, la desinformación y las plataformas privadas pueden influir sobre el voto sin necesidad de alterar el conteo.
El presidente Trump había respaldado públicamente a De la Espriella. Su triunfo por un margen mínimo contrastó con un programa que incluye megacárceles, una guerra contra los rebeldes, la reducción del Estado colombiano, la reanudación de la exploración petrolera, el fracking y recortes de impuestos corporativos.
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En este contexto, el presidente saliente Gustavo Petro denunció en redes sociales una injerencia de su homólogo estadounidense, Donald Trump, después de que el candidato presidencial de izquierda Iván Cepeda reconociera su derrota. Lo hizo con una serie de publicaciones en las que sostuvo que el republicano había intervenido en la contienda, aunque el texto no presenta esa denuncia como prueba de una elección robada ni como una afirmación ya demostrada.
Sin embargo, el punto central, conforme a lo expuesto por el diario inglés, es otro: en las elecciones modernas, la vulnerabilidad no se limita al escrutinio. Registros electorales, redes de telecomunicaciones y sistemas de segmentación en redes sociales forman un ecosistema cuya manipulación puede modificar la decisión del votante antes de que emita su sufragio.
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Ese plan enfrenta un límite político inmediato. El Pacto Histórico, la fuerza de Petro, es el partido más grande del Congreso de la República, y el presidente electo aparece descrito como dispuesto a gobernar por decreto ejecutivo con apoyo de un poder estatal militarizado, con el objetivo declarado de “destripar” a la izquierda.
La influencia de Donald Trump se esparció en la región
El texto ubica la denuncia de Petro dentro de un marco más amplio. Su argumento es que el poder de Estados Unidos ya no necesita recurrir a la fuerza armada para obtener resultados favorables y que ahora puede actuar mediante datos, desinformación y miedo.
Esa lectura se apoya en el clima de la campaña colombiana, presentada como un campo de batalla atravesado por noticias falsas y operaciones de desinformación. Aun así, también se subraya que las acusaciones sobre una eventual alteración de datos electorales siguen sin probarse y que incluso una filtración no bastaría por sí sola para demostrar manipulación del voto.
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Antes de la elección, Petro había logrado una agenda de redistribución sin ruptura revolucionaria: menos pobreza, salarios más altos y una transición para alejar al país de los combustibles fósiles. Esa estrategia quedó expuesta cuando la sequía disparó los precios de la electricidad y mostró la fragilidad de esa apuesta energética.
El escrito añade que Trump nunca respaldó el giro colombiano lejos del petróleo y el gas. Esa diferencia ayuda a explicar por qué la llegada de De la Espriella es leída también como un cambio de orientación económica y geopolítica, no solo como una alternancia partidaria.
En Honduras, la elección de Nasry “Tito” Asfura en diciembre de 2025 aparece como un caso ilustrativo. El conservador respaldado por Trump ganó tras un escrutinio disputado por menos de 30.000 votos, y sus rivales de izquierda denunciaron que se enviaron millones de mensajes de texto a votantes que recibían remesas desde Estados Unidos.
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Según el análisis de The Guardian, esos mensajes advertían que apoyar a la candidata Rixi Moncada, de Libre, podía derivar en el corte de los envíos de dinero. Si eso ocurrió, la presión no habría pasado por las urnas, sino por el teléfono móvil, convertida en una amenaza electoral directa sobre hogares dependientes de remesas.
La posición de Washington ante ese desenlace fue que todos los partidos debían aceptar el resultado. El episodio sirve en el texto como ejemplo de una manera de injerencia que no requiere fraude tradicional para alterar el comportamiento electoral.
La influencia de Trump a nivel internacional
El caso de Chile refuerza la idea planteada por el editorial de The Guardian sobre la influencia de Trump a nivel regional. Durante la campaña en la que José Antonio Kast ganó en 2025, una aplicación de una empresa de gas supuestamente envió notificaciones a favor del candidato después de haber sido hackeada.
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Kast, identificado en el texto como simpatizante de Trump, negó cualquier implicación y de todos modos se impuso en la elección. Lo relevante, en este enfoque, no es la autoría probada de la maniobra, sino el riesgo de que redes privadas pasen a funcionar como armas políticas.
La referencia a Argentina agrega una variante distinta: la presión financiera explícita. La sorpresiva victoria de Javier Milei en las elecciones de medio término de 2025 no se atribuye únicamente a la amenaza de Trump de retirar USD 40.000.000.000 en apoyo si perdía, pero el texto sostiene que esa intervención dio a los votantes un incentivo económico fuerte para sostenerlo.
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La advertencia no queda limitada a América Latina. En el Reino Unido, el informe Rycroft sobre influencia electoral señala que actores extranjeros, incluidos ciudadanos privados de países aliados como Estados Unidos, pueden interferir mediante dinero y estrategias de división en redes sociales.
Ese diagnóstico describe un cambio de método. Si antes la injerencia se asociaba a potencias enemigas que cultivaban diputados o presionaban a través de organizaciones pantalla, ahora el mecanismo sería más difuso y más difícil de regular: multimillonarios, corredores de datos, plataformas, criptomonedas, influidores e inteligencia artificial.
La conclusión factual que organiza todos esos casos es que las victorias de la derecha no quedan presentadas como ilegítimas por definición. Lo que aparece cuestionado es la solidez de la democracia cuando la infraestructura política depende de redes privadas, está mal regulada y puede ser manipulada.
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