
El 20 de enero de 1980, Sincelejo vivió una de las tragedias más devastadoras en la historia de Colombia, cuando los palcos de madera colapsaron durante las corralejas y dejaron más de 500 muertos y cerca de 2.000 heridos. La catástrofe marcó para siempre la ciudad y transformó la percepción nacional sobre la seguridad en eventos multitudinarios.
La tarde de la tragedia, la plaza Hermógenes Cumplido estaba llena de familias y aficionados. La fiesta, tradicional en el barrio Mochila por las celebraciones del Dulce Nombre de Jesús, congregó a miles de personas, que ocuparon palcos de madera para contemplar la jornada.
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Uno de los casos más recordados de sobrevivientes es el del profesor Felipe Rambauth. El docente siempre recuerda que ese día escuchó cómo se partían los palos que sostenían los palcos de cuatro pisos construidos para las festividades. Señaló que la estructura de madera colapsó de manera repentina. Su esposa, que tenía a su hija de cinco años en brazos, fue lanzada y cayó sobre una carpa de plástico, mientras él cayó con un madero en las manos, aferrado a su hijo de tres años y medio. Este último quedó perdido entre la multitud tras la caída, pero luego apareció.
Rambauth sufrió una fractura en la cabeza del fémur y un golpe en la cabeza. Al recobrar la conciencia, se encontró rodeado de caos, heridos y muertos, mientras buscaba a su hijo.

Luego de 46 años del suceso, inolvidable más que nada por el éxito de hace décadas del artista Rubén Darío Salcedo denominado “Fiesta en Corraleja”, que narra que las corralejas de Sincelejo son las “más alegres de Colombia”, Infobae Colombia habló con algunos sobrevivientes del hecho. El historiador y dirigente deportivo Nicanor Martínez y el agricultor Alberto Herrera relataron con detalle su vivencia y el impacto que dejó esa jornada.
“Yo tenía palco, tenía palco, imagínate”, recordó Martínez. Explicó que asistía motivado por la tradición familiar: “Mi papá, mis tíos, fueron siempre de una tradición corralejera, hacían palcos en Mochila”. Cuenta que en esa época “los ganaderos que daban los toros antes te daban palcos. Tenían derecho a diez puestos. Entonces, el ganadero repartía su puesto. Mi papá y mi tío Juan Martínez eran muy amigos de Arturo Cumplido, entonces él les daba un puesto y ellos montaban su palco”.
Ese año, la organización de la corraleja, protagonizada por familias ganaderas como los Guerra, estuvo marcada por disputas.
Martínez aseguró que “este año de 1980, como todos sabemos, la tradición de Arturo Cumplido era dar su día de toros el 20 de enero, pero lamentablemente los cambiaron. Ese año, en 1980, hubo una diferencia ahí. Los organizadores de la fiesta, que eran en su mayoría los Guerra, en un acto egoísta quisieron quitarle ese día a Arturo Cumplido”. Finalmente, los toros los brindó el ganadero Pedro Juan Tulena.

Modificaciones de última hora
Las tensiones derivaron en modificaciones de última hora y en la distribución de los palcos, lo que permitió que personas inexpertas contrataran constructores sin experiencia. “Los que no estaban acostumbrados nunca a hacer palcos, buscaron gente que no era, que no tenía experiencia. Igual que como los palcos de la zona sur. Allá siempre se acostumbraban a poner los palcos esos que llegan de cuatro pisos. Esos palcos en la parte de atrás se aseguraban con unos postes que llaman ‘vientos’. Esa vez, como que no le pusieron los ‘vientos’ y pasó lo que pasó”, relató.
Esa mañana, el ambiente era festivo, pero la improvisación y la falta de supervisión hacían prever el desastre. Martínez detalló que “ese día, por ahí a las 2:00 p. m. O 2:30 p. m. se comenzó a oscurecer parte de la plaza… Al rato, como a las 3:00 p. m., se vino tremendo aguacero. La gente que estaba en los palcos, para que la brisa no nos mojara y no cayera el agua, se refugiaron hacia la parte de atrás de los palcos. Como no tenían ‘vientos’, los palcos se partieron. No aguantaron el peso de la gente. Como a la altura de dos metros se fueron los palcos hacia atrás y se partieron los palcos con la desgracia que ya sabemos”.
La mayoría de los palcos estaban construidos con madera reciclada y pocos refuerzos. Los cuatro pisos incrementaron la presión sobre las bases comprometidas por la lluvia y la multitud desplazó el peso hacia un extremo, provocando el colapso de varios tramos casi al mismo tiempo.
Cuando esto sucedió, el pánico se apoderó de la plaza. “Yo me subí al palco, cuando ya estoy en el palco en primer piso, cuando veo a la gente que dice: ‘¡Se cayó, se cayó!’ Yo creía que me había caído del palco. Yo me asusté y miré para abajo y vi ‘boquetas’. Yo creo que como cinco, seis, siete palcos se cayeron. Había palos por ahí. El ‘boquete’ y tres toros estaban en el centro y la gente cogiendo los toros”, narró Martínez.
Dice que, de inmediato, los servicios de salud se vieron rebasados.

Causas que fueron letales
La suma de la lluvia, la insuficiente inspección y la improvisación estructural fue letal. “Como que no hubo nada de eso, no hubo nadie que subiera y que pusiera los ‘vientos’ allá, a los palcos, que faltaban; eso se cayó. Las cuñas se la ponían desde el suelo hasta arriba, pero el palco se caía para el otro lado. Eso es lo que pasó”, sentenció Martínez.
El panorama posterior era desolador. Anota que en el Hospital Regional la gente estaba tirada en todos los pasillos, en los corredores, porque no cabían los heridos ni los muertos para meterlos. Las funerarias no dieron abasto para dar las cajas. Tuvieron que traer cajas de otras partes y tuvieron que llevar heridos para otras partes, por ejemplo, para Corozal.
El dolor alcanzó a todos. “Cayeron varios amigos. Un vecino mío acá, apellido Verbel. Cayó otro muchacho. Movían gente sin brazos, sin piernas, era mucha gente”, agregó Martínez.
Experiencia rodeada de misterio
Algunas experiencias quedaron rodeadas de misterio. Por ejemplo, la persona que le hizo el palco a Nicanor no volvió a aparecer. “El tipo que me hizo a mí el palco, era un tipo de Corozal. Yo había hecho un contrato con él. Ese señor no te puedo decir yo que se murió, pero más nunca lo vi. No sé qué pasó, porque desapareció”.
El sufrimiento colectivo perduró durante semanas. Decenas de cuerpos fueron alineados en morgues improvisadas. Los heridos se trasladaron a Cartagena y Montería ante el colapso de los hospitales de Sincelejo.
“Fue una cosa rara”
El testimonio del agricultor Alberto Herrera resume el impacto personal de la tragedia. “Fui porque mi hermana, una que murió después, me invitó. O sea, pasó por mí y me llevó”, contó. Recordó que “eso fue lento. Eso fue una cosa rara. Se fue yendo lentamente y cuando nos vimos fue en el piso”.
Las consecuencias físicas y emocionales persisten. “No, yo medio me raspé la espinilla cuando estaba pensando para salir. Pero a nosotros no nos pasó mucho, porque nosotros caímos arriba del palco. Como eran varios pisos, caímos arriba”, recordó Herrera.
La confusión impidió cualquier auxilio inmediato. “No, nosotros no pudimos porque con la confusión de la caída, cogimos fue para irnos para allá, para la casa o para llegar allá al hospital a ver. Había una hermana golpeada en el oído. Por eso no tratamos de sacar ninguno de los heridos”. El trauma lo alejó definitivamente de las celebraciones y no quiso volver a otra corraleja.
Quedó nervioso de esa caída. Según él, en ese momento decidió que ya para él se acabaron. La herida de la tragedia sigue abierta. “No, ya eso no me gusta. Ya yo no voy eso. Fui a una después, pero hasta ahí”, reconoció Alberto Herrera. Y ante la pregunta sobre el fin de esas celebraciones, fue tajante: “No, ya no. Yo eso ya para mí se acabó”.
La millonaria deuda de Sincelejo
Por supuesto, el Estado debió responder con medidas inéditas. El Consejo de Estado condenó a la Alcaldía de Sincelejo a indemnizar a 2.935 víctimas por un valor total de $4.356 millones de la época. Inicialmente, la suma fue cubierta por el Gobierno nacional, pero la municipalidad asumió la deuda y la pagó en cuotas a lo largo de varias décadas, lo que afectó profundamente las finanzas locales.
Martínez identificó las causas del desastre. Señala que la causa fue porque le “metieron política”. La falta de previsión y la ausencia de controles técnicos resultaron decisivas. Dijo que no había un inspector para revisar los palcos.

Ley No Más Olé
Más de 40 años después, luego de la tragedia, Colombia revisó y reformó la ley sobre seguridad en fiestas populares y eventos taurinos. Hubo un cambio radical tras el desastre. En julio de 2024, el Congreso de la República aprobó la Ley 2385, conocida como Ley No Más Olé, con la que prohibió las corridas de toros, novilladas, becerradas, tientas y rejoneo en todo el país. En septiembre de 2025, la Corte Constitucional extendió la prohibición a corralejas, coleo y peleas de gallos. La medida será de cumplimiento obligatorio desde 2027.
El debate sobre la Ley No Más Olé dividió a la sociedad entre quienes defendían la tradición y quienes exigían protección animal y seguridad. “Yo lo único, a Sincelejo lo conoce ante el mundo esto de la corraleja, no lo conoce por más nada. Por la corraleja venía gente antes de Japón, de la China, a hacer sus videos, a filmar la corraleja”, reflexionó Martínez.
Aunque la ley abolió las corralejas, las cabalgatas continúan siendo legales. La comunidad de Sincelejo intenta mantener la memoria reconfigurada en torno a su espacio urbano.
Cómo volvieron las corralejas a Sincelejo
La antigua plaza Hermógenes Cumplido fue demolida y el sitio es hoy el Estadio de Mochila, destinado a actividades culturales y deportivas para los habitantes de Sincelejo. Las festividades ahora se celebran de forma más segura y sin riesgos para la vida.
Durante cerca de 20 años, las corralejas estuvieron suspendidas en Sincelejo. Solo se reanudaron en 1999, bajo estrictas reformas de seguridad. Primero se desarrollaron con vaquillas en el Club Campestre y luego se empezaron a hacer en la salida a Sampués, en la Monumental Plaza Toro Bravo. Pero, en 2014, la Administración municipal las canceló de manera definitiva, con lo que se priorizaron actividades recreativas y culturales. Luego, volvieron en 2024.
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