
El debate parlamentario que anticipó la tragedia de Armero en 1985 permanece como un episodio ignorado en la memoria política de Colombia. 50 días antes de que una avalancha de lodo y piedras arrasara la ciudad y causara la muerte de 25.000 personas, el entonces representante a la Cámara por Caldas, Hernando Arango Monedero, advirtió en el Congreso de la República sobre el riesgo inminente y solicitó acciones urgentes al Gobierno de Belisario Betancur.
La noche del 13 de noviembre de 1985, Armero fue sepultada bajo toneladas de material volcánico, una catástrofe que Arango había anticipado con estudios en mano. El excongresista relató que, junto a su colega Guillermo Alfonso Jaramillo, pidió al Ejecutivo adoptar medidas para evitar la pérdida masiva de vidas.
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Sin embargo, tanto los funcionarios estatales como algunos medios de comunicación desestimaron la gravedad de sus advertencias. Arango señaló que la cobertura mediática del debate fue escéptica e incluso burlona, lo que contribuyó a la falta de respuesta efectiva.
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La actitud de los ministros citados al debate, así como la del propio presidente, fue calificada por Arango como insulsa. Según su testimonio, esta indiferencia institucional resultó determinante en el desenlace fatal. El exrepresentante recordó que desde Manizales, capital de Caldas, se observaban señales preocupantes en el volcán Nevado del Ruiz:

“Primero empezamos a ver manchas amarillas sobre la nieve, después apreciamos una fumarola que fue alcanzando unas dimensiones descomunales, luego esa fumarola se fue tornando grisácea, lo que producía una lluvia de cenizas tanto en Manizales como en los pueblos cercanos, incluso comenzó a llegar a algunos municipios de Tolima”, relató a RedMas.
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Estos fenómenos coincidieron con dos episodios registrados a finales de 1984. El 7 de septiembre de ese año, rocas cayeron sobre el lecho del río Lagunilla, en la vereda El Sirpe, a 14 kilómetros de Armero, bloqueando el cauce. Tres meses después, geólogos detectaron un aumento en la actividad sísmica del Ruiz, así como la emisión de columnas de vapor y gases. Estos indicios motivaron a Arango a convocar a todos los ministros a un debate parlamentario, aunque inicialmente enfrentó resistencia de sus propios colegas, quienes temían que alguna cartera resultara señalada en caso de desastre.
Finalmente, asistieron cuatro ministros: el de Obras Públicas, Defensa, Gobierno y el de Minas y Energía, cargo que entonces ocupaba Iván Duque Escobar. Al concluir el debate, Arango insistió ante el titular de la cartera de Minas y Energía en la necesidad de adoptar medidas inmediatas, ya que el único instrumento disponible era un mapa de riesgos elaborado por Ingeominas. Este documento solo señalaba las poblaciones potencialmente afectadas por avalanchas en caso de deshielo, pero no precisaba la magnitud del peligro.
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Arango subrayó que dicho estudio nunca fue divulgado entre los habitantes de Armero, que desconocían la recomendación de buscar zonas elevadas para protegerse en caso de avalancha.
“El ministro (Duque Escobar), me dijo simple y llanamente que yo era ‘apocalíptico’ y ‘dramático’ por decir que podía ocurrir una tragedia. Posteriormente, días antes de la avalancha, tuve oportunidad de solicitarle al ministro que pusiera unas alarmas, él me contestó que eran exageradamente costosas porque valían alrededor de USD 2.000. Yo le sugerí que vendiera algunos de los automóviles del ministerio, pero lo tomó como un buen chiste o un llamado de atención que le estaba haciendo, y las cosas no fueron atendidas hasta que se produjo la catástrofe”, reveló Arango al medio citado.
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La desatención oficial ignoró incluso el antecedente histórico de Armero, que ya había sufrido dos avalanchas previas, en 1595 y 1845, con un saldo superior a 1000 víctimas. El 13 de noviembre de 1985, Arango Monedero se encontraba en Bogotá, cumpliendo funciones parlamentarias, cuando recibió la noticia de la tragedia. Definió su reacción como una profunda congoja: “Eso es cuando usted es hasta incapaz de respirar porque siente atacado su corazón y su alma por el hecho, porque es que ver la destrucción de Armero sobrecoge a cualquier alma, por muy dura que sea. No era capaz ni de llorar”, expresó.
A pesar de la magnitud de la catástrofe, Arango afirmó no experimentar culpa, pues considera que cumplió con su deber de advertir con meses de antelación lo que podía suceder. No obstante, dirigió un mensaje contundente a quienes desoyeron sus advertencias: “No sé si quienes oyeron la advertencia vivan tranquilos y tengan el alma tan dura”.
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