
“La noche vino a sepultar el valle; rompió el silencio la borrasca cruenta; en el poblado no quedó una calle; poco escapó a la voraz tormenta”.
— Carlos Zuluaga, Armero muere
El 13 de noviembre de 1985, Colombia se estremeció ante una de las tragedias más devastadoras de su historia. Aquella noche, el silencio de la cordillera se rompió con un rugido ancestral. A 5.321 metros de altura, el Nevado del Ruiz —con su cumbre nevada y su memoria dormida— despertó de un letargo de casi siete décadas. En cuestión de minutos, una avalancha de lodo, agua y piedras descendió desde las faldas del volcán, arrasando con todo a su paso.
A las 11:30 de la noche, Armero —un pueblo alrededor de 31.000 habitantes en el norte del Tolima— desapareció del mapa. La oscuridad fue total, el cielo se fundió con la tierra, y el rugido del agua se llevó consigo gritos, recuerdos, vidas. Nadie imaginaba que, bajo el espesor de ese barro ardiente, quedaría sepultada una parte del alma de Colombia.
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A la medianoche, la conocida “Ciudad Blanca” por su prosperidad económica, derivada de la siembra de algodón y arroz, ya era una planicie de lodo. Las calles, las casas, los parques, los templos. Todo quedó sepultado bajo una mezcla viscosa de ceniza y agua caliente. El lahar —ese torrente de destrucción que descendió a 48 kilómetros por hora— alcanzó el pueblo en apenas unos minutos.

Aproximadamente 25.000 personas murieron. Muchos fueron sorprendidos en sus camas; otros intentaron escapar, pero el barro los cubrió antes de alcanzar los cerros. Solo quedaron algunos sobrevivientes aferrados a escombros, techos o árboles que resistieron. El amanecer reveló un paisaje que parecía irreal: una extensión gris y silenciosa donde antes existía una ciudad llena de vida.
Los socorristas llegaron con dificultad. No había caminos, ni señales, ni puntos de referencia. Todo era barro, cuerpos y silencio. El rescate fue lento, doloroso y muchas veces inútil. El calor del lodo y la falta de equipos adecuados dificultaron la búsqueda. En medio del caos, Colombia entera miraba por televisión las imágenes de la tragedia, incapaz de asimilar su magnitud.
Omayra, el rostro de la tragedia

Entre las miles de historias que emergieron del desastre, una quedó grabada en la memoria del mundo: la de Omayra Sánchez Garzón, una niña de 13 años que resistió durante casi tres días atrapada entre los escombros de su casa, con el agua del barro subiéndole poco a poco al cuello. Su rostro sereno, sus ojos cansados y su voz firme se convirtieron en el símbolo de una nación herida.
Omayra habló con la misma sencillez con la que enfrentó la muerte. Su imagen, capturada por el fotógrafo Frank Fournier, recorrió el mundo y, en ella, se concentró el dolor de miles de familias, la impotencia de los socorristas y la evidencia más cruel de la indiferencia institucional.
El volcán habló y nadie escuchó

El Nevado del Ruiz no despertó de repente. Durante meses, su respiración de fuego se dejó sentir en los sismógrafos y en el aire frío de la cordillera. La ciencia había hablado, pero el país no escuchó.
Las señales también eran evidentes. Días antes del 13 de noviembre, los habitantes de Armero sintieron un olor intenso a azufre, vieron caer ceniza sobre sus techos y escucharon ruidos provenientes del volcán. Algunos lo interpretaron como un mal presagio, otros como una simple molestia pasajera. El alcalde, Ramón Antonio Marín, intentó comunicar el peligro y pidió apoyo para preparar una posible evacuación, pero sus llamados se encontraron con la indiferencia de las autoridades nacionales.

Las primeras horas tras la erupción evidenciaron el desorden institucional: las comunicaciones eran caóticas, los organismos de socorro no tenían un mando unificado y la información era fragmentaria. Fue entonces cuando se entendió, con un dolor irremediable, que las advertencias habían sido desestimadas.
El país que despertó entre los escombros

El desastre de Armero dejó algo más que lodo y muerte: dejó una profunda herida en la confianza institucional. La tragedia obligó al Estado a reconocer su negligencia y marcó el nacimiento de una nueva conciencia sobre la gestión del riesgo en Colombia. Años después, se creó el Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres, con el propósito de que un hecho así no volviera a repetirse.
Pero, más allá de las políticas, Armero quedó como una lección moral. Fue el recordatorio de que la naturaleza no perdona la soberbia humana, de que la vida puede desvanecerse en minutos, y de que la memoria es el único terreno que no puede ser sepultado.
Hoy, el lugar donde se alzaba la ciudad es camposanto. Allí descansan los restos de miles de víctimas, bajo una planicie que parece tranquila, pero que guarda el eco de aquella noche. Los visitantes caminan entre cruces y fragmentos de muros, mientras una brisa leve sopla sobre el polvo. No hay casas, ni plazas, ni voces: solo silencio, y un sentimiento que se confunde entre la tristeza y la reverencia.
Lo que no puede ser sepultado

Cuarenta años después, Armero sigue vivo en la memoria de quienes lo recuerdan. En las escuelas, en los archivos, en las historias contadas a media voz, la tragedia se mantiene como una herida abierta que aún enseña. Porque más allá de las cifras, lo que se perdió aquella noche fue la confianza en la prevención y la certeza de que siempre hay tiempo para actuar.
“Armero desaparecerá cuando desaparezca el último testigo”, escribió el periodista y poeta Hernán Darío Nova. Tal vez por eso, cada noviembre, el país vuelve a mirar hacia el Nevado del Ruiz con una mezcla de respeto y temor, como si el volcán todavía guardara en su interior la memoria de los que un día fueron arrasados por su furia.

Y en esa memoria colectiva resuena también la voz de la poesía, como un eco que se niega a extinguirse. En los versos de Carlos Zuluaga, en su poema Armero muere, la tragedia se vuelve plegaria y desconsuelo, recordatorio y lamento:
“Frente al dolor que a todos nos embarga; palpitan corazones desterrados por la tragedia que pasó de amarga al dejar sus hogares sepultados.
(...)
No sigo más, estoy ya detenido como están detenidos; palpitantes corazones de madres y de infantes que han rodado en el lodo del olvido".
Versos que no buscan consuelo, sino memoria. Porque mientras exista quien los lea, mientras se recuerde su historia, Armero nunca morirá del todo.
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