Gilberto de Jesús Molina, conocido en el mundo criminal como “Centella”, reveló detalles de su vida desde la cárcel de La Dorada en Caldas, donde cumple una condena que ya suma 17 años. A sus 61 años, Molina reconstruyó su historia en un libro escrito de su puño y letra, en el que detalló su ingreso al mundo del delito y el precio que le cobró la violencia.
En una conversación con Rafael Poveda para Más allá del silencio, Molina entregó un testimonio que sorprendió al contrastar sobre la crudeza de su pasado como el arrepentimiento que lo acompaña en la actualidad.
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El inicio de la vida delictiva de Molina se remonta a los 9 años, cuando comenzó a relacionarse con adultos involucrados en actividades criminales en la región cafetera de Colombia. Según relató a Rafael Poveda, su entorno estaba marcado por la presencia de figuras peligrosas y la influencia de la guerrilla de la época, conocida por la comunidad como “la chusma”.
Desde entonces, su actividad se extendió por los departamentos de Caldas, Risaralda, Quindío y Antioquia, participando en delitos como extorsión, homicidio y desplazamientos forzados. Molina explicó que el método de las bandas consistía en presentarse ante las comunidades rurales ofreciendo protección, pero aquellos que se negaban a colaborar o acudían a las autoridades eran obligados a abandonar sus tierras o a pagar bajo amenaza.

A lo largo de su vida, Centella ha estado en prisión en tres ocasiones:
- La primera vez fue en 1984, tras una pelea violenta relacionada con un conflicto por el robo de ganado.
- Al obtener la libertad ese mismo año, reincidió en 1992, cuando fue capturado por delitos que incluyeron extorsión, secuestro y desplazamiento. Durante esa condena, que se extendió por casi 10 años, recibió un permiso de 72 horas y decidió fugarse debido a la cantidad de enemigos que había acumulado, incluyendo miembros de la Policía. Tras su escape, retomó las actividades delictivas, centrándose en la extorsión y el control de territorios mediante el cobro de “impuestos” a los propietarios de fincas, bajo la promesa de seguridad.
- En 2008, Molina fue capturado nuevamente y desde entonces permanece privado de libertad.
Se vengó del hombre que mató a su hermano
Durante su reclusión, tomó la decisión de confesar varios crímenes, entre ellos la venganza por la muerte de su hermano Arnulfo de Jesús. El condenado describió a su ser querido como el pilar de la familia, un hombre dedicado a su madre y a sus hijos, y ajeno al mundo criminal.
La muerte de Arnulfo, según el testimonio de Molina, fue consecuencia de un conflicto en el que su hermana se vio involucrada con un hombre apodado Guatín, que resultó ser un sicario. Tras enterarse del asesinato, Molina organizó todo un “operativo” que lo llevó a buscar a los responsables en el municipio de Viterbo, Caldas.
La investigación personal de Molina lo condujo a identificar a Silvio Patiño, un sicario con una reputación de más de 200 homicidios, como el autor material del crimen. Así, narró cómo, tras recibir información de allegados y familiares de Patiño, localizó la finca donde este se ocultaba.
Durante varios días, se quedó en las inmediaciones del lugar, armado con una mini uzi, una pistola Beretta, una pistola 9 mm, un revólver calibre 38 y una escopeta de calibre 12, esperando el momento propicio para ejecutar su venganza.
El 29 de diciembre, vio a Silvio Patiño salir de la finca y, tras asegurarse de que estaba solo, le disparó con la escopeta. Según su relato, tras el primer disparo, Patiño intentó reaccionar, pero finalmente cayó herido, así que se acercó, lo insultó y le revisó los bolsillos para identificar a sus contactos. Este acto de venganza fue celebrado por otros miembros de la comunidad, que organizaron una fiesta de cuatro días, en la que participaron numerosas personas que consideraban a Patiño una amenaza para la región.

La cadena de violencia no terminó ahí, pues el hoy condenado también intentó ajustar cuentas con Guatín, el hombre señalado como autor intelectual del asesinato de su hermano. En el enfrentamiento, dañó el vehículo de Jorge Patiño, líder de una organización que, según Molina, comandaba a más de 4.000 hombres.
Tras el ataque, recibió amenazas contra su familia, lo que lo llevó a contactar directamente a Jorge Patiño para asumir la autoría del crimen y advertirle que no toleraría represalias contra sus seres queridos. Finalmente, decidió sacar a toda su familia del pueblo para protegerlos.
En la actualidad, Gilberto de Jesús Molina cumple condena por varios delitos, aunque la muerte de Silvio Patiño permaneció en la impunidad hasta que él mismo decidió confesarla, con el fin de buscar la paz con Dios y con la justicia, convencido de que “entre cielo y tierra no hay nada oculto”.
En su testimonio, admitió que nunca recurrió al alcohol o a las drogas para cometer sus crímenes, sino que actuó “a sangre fría”, y que la constante amenaza y el miedo terminaron por privarlo de la tranquilidad, incluso en los momentos más cotidianos junto a su familia: “No vale la pena uno llegar hasta donde llegué yo, a convertirme en un delincuente despiadado”.
Al reflexionar sobre su vida, Molina reconoció el vacío de la venganza y el costo humano de sus acciones: “Uno cree que la venganza es buena y no es buena. Solamente hay uno que tiene derecho a cobrar, que es Jesucristo”, afirmó en el pódcast.
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