
En los campos de Jenesano, en el departamento de Boyacá, la tradición y el deporte se unen cada agosto cuando las mujeres campesinas de la región dejan sus tareas agrarias para saltar al terreno de juego para enfrentarse durante un campeonato anual.
Se trata de un “torneo de las botas”, como lo denominan medios internacionales, que retrata a campesinas enfundadas en faldas de vuelos, botas de caucho, ponchos y sombreros.
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El torneo se llama oficialmente “Bota, Ruana y Sombrero” —inicialmente creado más de una década atrás, solo para los hombres del pueblo— ahora cuenta con el protagonismo femenino, luego de que las esposas, hermanas y primas exigieran su lugar en la competición, narró
Los nombres de los equipos son Las Jediondas, Las Yeguas, La señal y Las Habas, y evocan con humor y picardía facetas de la vida rural.
Luz Mery Contreras, capitana de Las Habas y con 39 años, recordó, en entrevista con la agencia AFP, el significado de esta cita anual: “Podemos y sabemos jugar muy bien”.
Destacó que usa con orgullo el saco de la selección nacional bajo su poncho. Ella celebró, incluso, cómo este torneo se ha convertido en una vitrina de la cultura campesina en el panorama internacional, y en una oportunidad de gloria para mujeres tradicionalmente relegadas en algunos deportes.
Están divididas en ocho equipos Contreras, de 39 años, lo resume así: “Estos torneos representan mucho porque es nuestra cultura tradicional” y ”porque los campesinos estamos olvidados".
Detalles de la competencia con botas y ruana: es más que una competencia
El certamen pone en juego reglas insólitas: el balón, ligero y recubierto de cuero y pelo de vaca. Durante el partido, si una jugadora pierde el sombrero o una bota, debe detenerse y recuperarlos antes de seguir, de lo contrario el árbitro —uno de los pocos hombres de corbata en la cancha— hace sonar el silbato.
Milena Arias, bombera voluntaria y jugadora de Las Garrapatas, sostuvo en entrevista con la agencia: “Jugar con botas, con ruana y con sombrero es algo de locos que realmente ni los más profesionales lo saben”, dijo.
Las condiciones del torneo distan mucho de las del fútbol profesional: las jugadoras afrontan el sol implacable, el suelo de tierra y piedras y, a veces, hasta el desmayo por el esfuerzo.
Unas 800 personas asisten y vitorean, mezclando la pasión deportiva con bailes y cánticos. El reposo del medio tiempo llega con guarapo, bebida de caña de azúcar que refresca y anima.
El fútbol no es solo para la temporada, muchas mujeres juegan durante todo el año en ligas de salón, pese a que sus jornadas comienzan de madrugada, llevando a los hijos a la escuela, ordeñando vacas y cultivando la tierra.
Arias, además, permanece en guardia permanente: “Y, si se presenta algún tipo de emergencia con bomberos, yo estoy disponible las 24 horas”.
Ganarse el primer puesto trae recompensas tan auténticas como un cerdo, premio inicial que el equipo campeón vendió para repartir el dinero entre todas.
El significado del torneo va más allá del resultado. Según la pensionada Marta Merchán, de 58 años, “Tengo como a diez primas en el torneo”, y asegura que se merecen “disfrutar de esta maravilla”, informó AFP.

La cancha de Jenesano, entre tierra, risas y esfuerzo, es mucho más que fútbol: es una victoria frente a la monotonía y al olvido, y una celebración de la identidad campesina femenina.
Andrés Guerrero, un creador de contenido que busca publicar contenido sobre la cultura campesina del departamento de Boyacá, hizo un video que publicó en sus redes sociales.
Dijo: “¿Quién dice que en el campo no se pasa bueno? A parte de cultivar los alimentos, las mujeres campesinas de Jenessano, con botas, ruana y sombrero, también juegan fútbol, dignificando este deporte con pasión y alegría... ¡Dios bendiga las campesinas colombianas!"
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