
Las denuncias por presunto abuso sexual contra profesores de la escuela de música “Canto por la Vida” han desatado una ola de protesta y preocupación en el municipio de Ginebra (Valle del Cauca).
El principal señalado en los testimonios es Samuel Ibarra Conde, uno de los maestros de la institución e hijo de la directora.
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De acuerdo con el personero municipal, Carlos Adolfo Tigreros, las acusaciones incluyen “abuso a niñas, utilización de bebidas alcohólicas y relaciones de profesores con menores de edad”.
El personero de Ginebra reportó que la Fiscalía General de la Nación ya adelanta una investigación sobre los hechos, a raíz de las denuncias que circularon en redes sociales y manifestaciones públicas.

La reacción de la comunidad no tardó: padres y familiares de los estudiantes realizaron marchas y plantones para exigir a las autoridades esclarecimiento y protección para los niños y adolescentes afectados.
Como acción inmediata, Tigreros solicitó la suspensión temporal de todas las actividades en la escuela, argumentando la necesidad de proteger a los alumnos frente a posibles riesgos mientras se esclarecen las responsabilidades.
“Ante la posibilidad de que continúe la exposición de niñas, niños y adolescentes en riesgo en dicha institución he pedido el cierre preventivo de las actividades de la fundación, como medida de protección mientras se adelanta las investigaciones pertinentes y se determinan responsabilidades administrativas o penales”, sostuvo el personero.
La personería de Ginebra también pidió que la suspensión de actividades se mantenga hasta que las autoridades entreguen un pronunciamiento oficial. El propósito principal es garantizar la seguridad tanto de los estudiantes como del cuerpo de docentes y directivos.

De acuerdo con información revelada por la personería de Ginebra, son siete denuncias por abusos infantiles, de ellas la mayoría contra el profesor Samuel Ibarra Conde.
El caso ha puesto en el centro del debate la urgente mejora en los protocolos de prevención y la atención oportuna a posibles situaciones de abuso en espacios educativos.
Testimonio de una víctima
“Un día tuve tanto miedo que ya se me acabó, lo usé todo. Ahora, solo me queda la admiración y el orgullo por tantas mujeres valientes que me rodean, en especial por mi mamá, Claudia Milena Morales Colorado, quien supo hace un par de meses del abuso sexual que viví en 2020 por parte del ‘maestro’ (...) Después de que mi mamá supo que todos sus esfuerzos de cuidar y proteger a su hija habían sido manchados por alguien, que borracho abusó de mí, no tuvo paz. Un día en su trabajo, por casualidades de la vida, se presentó ‘el maestro’ y mi mamá, con toda la rabia y el sufrimiento que estaba cargando, le dio una cachetada”.
Con estas palabras, una joven oriunda de Ginebra relató en redes sociales el momento en que su madre, empleada de la Alcaldía, enfrentó al presunto agresor de su hija. El episodio, lejos de quedar en el ámbito privado, desencadenó una reacción en cadena: la bofetada, que escandalizó a varios testigos, impulsó a otras víctimas a acercarse a la Fiscalía y compartir sus propias experiencias de abuso.

El origen de este proceso se remonta a la historia de Catalina Gil Castillo, estudiante de teatro musical en la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá y nacida en Ginebra.
Como muchos niños del pueblo, sus padres la inscribieron en la Fundación Canto por la Vida, mientras que otros optaron por la Escuela Musical Lunarte. En sus redes sociales, Catalina ha compartido que en ese entorno vivió algunos de los momentos más felices de su infancia, marcados por el aprendizaje de la música andina, pero también episodios de violencia sexual que la marcaron profundamente.
A punto de culminar su carrera universitaria, Catalina decidió convertir su tesis de grado en una investigación sobre presuntos casos de violencia sexual. El proyecto, titulado Ostinato para un quitapesares, tomó la forma de una obra musical en la que se exponen testimonios de acoso y abuso sexual sufridos por doce personas, la mayoría apenas conocidas por la autora.
La presentación de esta obra en Bogotá fue el detonante que permitió que otras víctimas reconocieran y verbalizaran sus propias experiencias.
En una de las funciones, una joven de Ginebra se sintió identificada con las denuncias de Catalina. Según relató una fuente a la revista Semana, esta joven, años después de haber sufrido acoso y abuso sexual, decidió contarle a su madre lo ocurrido.
La reacción de la madre, empleada de la Alcaldía, fue inmediata y visceral, y su enfrentamiento con el presunto agresor en el lugar de trabajo se convirtió en el catalizador de una ola de testimonios.
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