
Una dura despedida en la selva, marcada por el llanto de un niño y su padre, destaca en su memoria Jorge Suárez. “Papá, ¿cuándo nos volvemos a ver?”, preguntó el menor, mientras el comandante guerrillero conocido como Mono Jojoy respondía: “Hijo, no lo sé. Pero nos volveremos a ver”.
Ese instante, envuelto en la incertidumbre de la guerra, define la infancia de quien, años después, se convertiría en uno de los firmantes del acuerdo de paz en Colombia.
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La historia de Suárez, relatada en el pódcast Los hombres sí lloran, del actor Juan Pablo Raba, reveló la complejidad de crecer bajo la sombra de un conflicto armado que dejó más de doscientos mil muertos en el país.
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La vida de Jorge Suárez comenzó en 1984, en un campamento de las Farc-EP en plena selva colombiana. A los siete meses, su padre Víctor Julio Suárez Rojas —el temido Mono Jojoy, comandante del bloque oriental de la guerrilla desde 1993 hasta su muerte en 2010— lo entregó en adopción a una familia en Bogotá.
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La familia adoptiva, de profundas convicciones comunistas y con un pasado de lucha sindical y guerrillera, se convirtió en su verdadero núcleo afectivo. “Mi casa ha sido muy nómada, no porque yo lo hubiera querido así, sino porque me tocó”, recordó Suárez.
La década de los 90, marcada por la violencia y las amenazas, obligó a la familia a mudarse constantemente, huyendo de allanamientos y del peligro latente de ser descubiertos. Durante su niñez, Suárez vivió una doble vida. En el colegio no podía revelar la identidad de su padre. “Mi padre era un abogado, mi madre trabajaba en la educación”, debía decir, mientras ocultaba la verdad para protegerse de posibles represalias.
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La familia adoptiva, temerosa de que algo le ocurriera, restringía sus salidas y le negaba permisos para excursiones escolares. “Era un doble ejercicio ahí, pues es una familia que amo infinitamente, porque gracias a ellos, o sea, tienen un amor divino, hacer un acto de humanidad tan grande con un bebé y criarlo”, relató.
El peso de la clandestinidad se hizo evidente desde temprano. Suárez recuerda cómo, a los seis o siete años, veía en las noticias la imagen de su padre junto a la recompensa ofrecida por su captura. “Abuela, ¿él es mi papá?”, preguntaba. La respuesta afirmativa de su abuela adoptiva marcó el inicio de una comprensión dolorosa: su vida estaba atravesada por el conflicto.
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El primer encuentro con su padre en la selva, alrededor de los seis años, quedó grabado en su memoria. El viaje, realizado de forma clandestina por el departamento del Meta, implicó cambios de bus, rutas y de ropa para evitar ser detectados.

Al ver a su padre vestido de militar, Suárez exclamó: “Policía no”. El Mono Jojoy se cambió de ropa y lo abrazó, mientras la abuela le decía: “Yo te tengo mucho amor, pero él es su padre”. Ese abrazo, cargado de amor y confusión, simbolizó la complejidad de su identidad.
“Yo siempre he dicho que uno no escoge sus padres (...) Independientemente yo hablo de él siempre, pues como mi padre, lo que lo conocí, ya otras personas hablarán de otras cosas, siendo muy respetuoso con el tema de las víctimas en Colombia, de todo lo que ha sucedido. Soy muy respetuoso de eso, pero en mi caso fue así. Era mi padre”, contó.
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La adolescencia de Suárez estuvo marcada por el miedo y la vigilancia. En 1998, mientras cursaba noveno grado en el colegio San Viator de Bogotá, la familia recibió amenazas directas de los paramilitares liderados por Carlos Castaño: “Ya nos habían avisado que nos estaban siguiendo, que los paramilitares, que Carlos Castaño se había enterado de que el hijo del Mono Jojoy lo cuidaba una familia en Bogotá”.

Una mañana, al abordar la ruta escolar, notó la presencia de hombres armados vestidos de negro. “Pues había unos hombres ahí armados como intimidantes. Cuando me fui a subir, como diciendo bueno, acá estamos. No nos dijeron nada, pero solo con la presencia, ya empezaban a haber unos seguimientos fuertes”, recordó.
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En ese momento, Suárez se preguntó si tendría que irse a la guerrilla. “No hay otra opción”, afirmó. La presión y el peligro lo empujaron a unirse a las Farc-EP a los 15 años, decisión que marcó el inicio de 17 años en la insurgencia.
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