
La masacre del bar Oporto fue quizá uno de los más violentos y recordados episodios ocurridos en Medellín en 1990, época en la que el narcoterrorismo que azotaba a Colombia estaba en su clímax. El hecho, que dejó un total de 23 personas muertas, ocurrió cuando hombres fuertemente armados ingresaron al establecimiento y dispararon indiscriminadamente contra los clientes y trabajadores del lugar, la mayoría de víctimas mortales eran jóvenes que estaban socializando en el bar.
Pese a que en un inicio se pensaba que la matanza fue propiciada por integrantes del cartel de Medellín, Hugo Aguilar, excomandante del Bloque de Búsqueda, confesó en una audiencia ante la JEP en enero de 2024 que la masacre fue ejecutada por ese grupo operativo en alianza con Los Pepes, el grupo armado que confrontaba al liderado por Pablo Escobar.
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Camilo Jaramillo, uno de los tres sobrevivientes de la masacre, concedió una entrevista al programa Los Informantes de Caracol, en la que relató con detalle el horror vivido esa noche del 27 de enero de 1990 y la manera como, de manera milagrosa, logró sobrevivir.

Según documentó el mencionado programa de entrevistas, la tristeza del 22 de junio de 1990, día en que la selección Colombia fue eliminada del mundial de Italia por Camerún, llevó a Camilo Jaramillo y sus amigos a buscar consuelo en una salida nocturna. Lo que prometía ser una noche de evasión terminó en tragedia. Un grupo de al menos 15 hombres, armados con pistolas y mini uzis, irrumpió en el bar Oporto, vestían pasamontañas y botas militares. Uno de ellos, cubierto con una ruana, impartía órdenes que los demás ejecutaban con precisión. No buscaban a nadie en particular. Separaron a los hombres de las mujeres y, sin mediar palabra, abrieron fuego.
Una decisión de vida o muerte
Camilo Jaramillo recordó con nitidez el instante en que la violencia se desató: “Nos hicieron (tirar) en el piso y alguien gritó ‘bueno, disparen, maten a esos hijuetantas’ y empezaron a disparar y disparar”, comentó el sobreviviente durante la entrevista.
El pánico se apoderó del local: Juan Diego, el hijo del dueño, intentó guiar a algunos hacia un pequeño cuarto en la parte trasera, donde se almacenaban bebidas. La esperanza de escapar se desvaneció cuando, al abrir la puerta trasera, se toparon con otro hombre armado: no había salida.
Tendido boca abajo en el suelo del parqueadero, Jaramillo experimentó una percepción alterada del tiempo: “Entre un disparo y el siguiente yo sentía como si pasara una hora, yo pensaba como ‘estoy vivo, ese no fue’”, relató para Los Informantes.

Camilo contó que recibió nueve impactos de bala, pero ninguno comprometió órganos vitales: el hombre se mantuvo inmóvil, cubierto de sangre, hasta que el silencio reemplazó los gritos y el estruendo de las armas. Solo entonces, convencido de que los atacantes se habían marchado, se atrevió a moverse: “Yo me hice el muerto, yo tenía la cara llena de sangre de los que mataron al lado”, confesó.
En medio de la confusión, Camilo Jaramillo dijo que alcanzó a tocar a uno de sus amigos. “No me toques que me duele mucho”, fue la última respuesta que recibió antes de que este falleciera.
Un segundo comienzo para Camilo Jaramillo
A pesar de la gravedad de sus heridas, la vida le ofreció una segunda oportunidad. Los médicos extrajeron tiempo después una bala que había pasado a escasos centímetros de su columna vertebral, una marca física de una noche imposible de olvidar.
La recuperación de Camilo Jaramillo sorprendió a quienes lo rodeaban: no solo logró superar las secuelas físicas, sino que tampoco desarrolló estrés postraumático. Con el tiempo, fue capaz de rememorar anécdotas de aquella noche, incluso con cierta distancia. “Yo creo que la muerte, si la toma uno en serio, le da mucho sentido a la vida, porque les pone un límite a las cosas. Me da un espacio de tiempo para lograr hacer familia, para lograr hacer un trabajo relevante, para lograr tener buena relación con alguien, porque me dice ‘simplemente, recuerde que su tiempo en la tierra es finito’”, reflexionó.

El impacto de la masacre no solo alteró su visión de la vida, sino que también influyó en su trayectoria profesional. Aunque inició estudios en diseño gráfico, el empleo que consiguió en una funeraria para costear la universidad le reveló una vocación inesperada. Se apasionó por el trabajo de preservación y, tras graduarse, viajó a Estados Unidos para especializarse en embalsamamiento. Camilo cursó durante tres años la Licenciatura en Ciencias Funerarias en Nueva York.
La decisión de dedicarse al sector funerario no fue fácil de asimilar para su familia. Algunos pensaron que se trataba de una reacción al trauma vivido en el bar Oporto. Camilo Jaramillo lo desmintió: “Yo no trabajo con muertos, yo trabajo con los vivos, yo trabajo con las familias, yo trabajo con la gente. Hago labores de preservación de las personas sin vida para presentarlos, pero todo mi trabajo se centra en los vivos”, explicó Jaramillo en Los Informantes.
En la funeraria, Camilo Jaramillo conoció a su esposa, también técnica en tanatopraxia: hoy, su hijo de nueve años sueña con ser futbolista.
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