En Colombia, el uso de groserías es un fenómeno complejo que evidencia aspectos culturales y sociales profundamente arraigados.
Las groserías, conocidas coloquialmente como malas palabras o palabrotas, pueden escucharse en múltiples contextos: desde simples conversaciones informales hasta expresiones de enojo o incredulidad.
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Hay que tener en cuenta que este vocabulario no es homogéneo en todo el país y puede variar según la región, la edad y el entorno social, dado que mientras algunos ven estas expresiones como parte de la autenticidad del habla cotidiana, otros las consideran un irrespeto o señal de mala educación.
En este amplio abanico de expresiones surgió “sapoperro”, un insulto que ha tomado fuerza en los últimos años y que combina dos términos de gran arraigo popular: “sapo” y “perro”.
Por tal motivo, la cuenta de Instagram El Parche Ilustrado, especializada en analizar el habla popular colombiana, explicó en un video cómo y cuándo se puede usar este vocablo, aportando ejemplos y delineando los diferentes significados que los colombianos le dan.
Orígenes y significado de “sapoperro”
Según El Parche Ilustrado, “sapoperro” se construye a partir de dos insultos ya establecidos en la jerga colombiana.
Por un lado, “sapo” se asocia con el concepto de delator o soplón, alguien que revela información o se entromete en asuntos ajenos; por otro, “perro” se usa para calificar a una persona despreciable o, en ciertos contextos, con una connotación agresiva o despectiva.
Al fusionarse, “sapo” y “perro” adquieren una nueva carga peyorativa y se convierten en un adjetivo que intensifica la crítica o el desagrado hacia la persona señalada.

El Parche Ilustrado explicó que este fenómeno lingüístico responde a la necesidad de darle más fuerza a la ofensa, especialmente cuando un solo vocablo no basta para expresar el rechazo o el malestar que se siente.
La palabra “sapoperro” ha evolucionado hasta ganar distintos matices, dado que algunas personas la utilizan para enfatizar que un individuo no solo es “sapo”, además actúa de manera ridícula o insidiosa.
Otras, en cambio, la emplean en situaciones coloquiales como una broma entre amigos, dándole un giro menos agresivo, incluso se conoce de su uso para describir circunstancias adversas, por ejemplo, referirse a un día o a un clima especialmente incómodo, reforzando la idea de que este insulto es versátil en el lenguaje cotidiano de ciertos hablantes.
¿Cuándo se puede usar?
Si bien “sapoperro” se reserva para situaciones de alta carga emocional, por ejemplo, enfrentamientos entre personas o momentos de indignación, también se le da un matiz jocoso en algunos círculos sociales.
“Vida pa’ sapaperra” e “Hizo un frío sapoperro” son expresiones que, de acuerdo con el video difundido por El Parche Ilustrado, muestran la creatividad lingüística de los hablantes, capaz de usar un insulto de manera casi humorística para describir circunstancias extremas.

No obstante, es menester acotar que, al igual que con el resto de las groserías, el uso de “sapoperro” depende del contexto y la audiencia.
En ambientes formales, laborales o profesionales, su empleo sería considerado fuera de lugar, mientras que en entornos más relajados o de confianza, puede ser recibido como una expresión de desahogo o de camaradería.
¿Dónde se dicen más groserías en Colombia?
Un reciente realizado por la plataforma de aprendizaje de idiomas Preply reveló que, a nivel nacional, Medellín encabeza la lista de ciudades con mayor uso de “malas palabras” o expresiones consideradas groseras, registrando un promedio de nueve por día y por persona.
A esta ciudad le siguen Manizales y Cali, ambas con ocho expresiones diarias en promedio, mientras que en el análisis se logró concluir que 20 ciudades, mostrando también que lugares como Bucaramanga, Bello y Santa Marta registran un promedio de siete malas palabras al día.
Este estudio examinó, además, que la forma, como la edad y el género influyen en la propensión a usar el lenguaje vulgar, pues los jóvenes entre 16 y 24 años serían los más “groseros” del país, con un promedio de siete malas palabras al día.

Les siguen los grupos de 25 a 34 y de 35 a 44 años, con cinco expresiones diarias, pero a partir de los 45 años, su uso disminuye, reflejando posibles diferencias generacionales en la aceptación de estos términos.
Otro dato relevante es que las mujeres superan a los hombres en el uso de malas palabras con un 45,44% reportando que las emplean más de cinco veces al día, frente al 42,23% de los hombres.
La confianza y la informalidad se posicionan como factores determinantes: la mayoría de estas expresiones se pronuncian en reuniones con amigos, en el hogar o dentro del carro. El lugar de trabajo, en cambio, se mantiene como espacio donde se evitan tales términos.
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