
En los últimos años el término Chemsex se ha popularizado entre las generaciones más jóvenes. Este se refiere la práctica del sexo bajo el efecto de las drogas.
El término de origen británico surge de la combinación de las palabras chems (chemicals, en alusión a las drogas) y sex (por la palabra sexo, en inglés).
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El contacto de una persona con las sustancias y su participación en las sesiones maratónicas de sexo fue evolucionando, desde un consumo experimental hasta desembocar si se mantiene en el tiempo a la incapacidad de disfrutar del sexo sin que medien esas sustancias.
Pero ¿por qué el chemsex podría ser perjudicial para la salud? La alarma se prendió en los último tiempos cuando comenzaron a subir los índices de este hábito, que se vale de determinadas drogas ilegales para facilitar, potenciar o prolongar el acto sexual.
De acuerdo con el portal especializado en salud, Cuídate Plus, su uso apunta a que producen una intensa desinhibición y disminuyen la percepción cognitiva y emocional del riesgo de contraer infecciones de transmisión sexual (ITS).
A pesar que los casos de VIH bajaron gracias a la prevención, “aumentan los de gonococia, clamidiasis, incluido el LGV, y sífilis”, indican en un comunicado tras un congreso de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI).
De igual manera, esto puede convertirse en un efecto búmeran, dado que esta desinhibición que genera, a su vez produce una baja en la conciencia sobre posibles enfermedades de transmisión sexual,

Jorge Del Romero Guerrero, director médico del Centro Sanitario Sandoval del Hospital Clínico de Madrid, explicó que “no todo consumo de drogas para mantener relaciones sexuales se considera chemsex”.
Además, pese a que no hay consenso científico sobre su definición, el médico define al chemsex como: “El consumo intencionado de drogas, principalmente mefedrona (u otras catinonas sintéticas), metanfetamina y GHB/GBL, y otras sustancias, para mantener relaciones sexuales, generalmente en grupo (”sesiones, chills”), durante un periodo prolongado de tiempo (entre varias horas y días) en el contexto sociocultural del colectivo Lgtbq+”.
Cuáles son los riesgos del chemsex para la salud
“El consumo de drogas implica, por su propia naturaleza, desinhibición y disminución de la percepción del riesgo de contraer ITS”, advierte Del Romero.
Por otra parte, el slamming o slam y el fisting”(introducción de la mano en el recto), prácticas estrechamente asociadas al chemsex, facilitan la transmisión del virus de la hepatitis C (VHC). El slam se se asocia, además, a múltiples complicaciones como celulitis, flebitis o abscesos”, indican los expertos del Centro Sanitario Sandoval.
Los expertos también discriminan los efectos de todas las sustancias. Por ejemplo, que “son muy diferentes los efectos adversos de la metanfetamina comparados con los del popper (designa a ciertas sustancias químicas que se administran por inhalación)”.
De esta forma, las personas que practican Chemsex se hallan en permanente riesgo de desarrollar una patología adictiva y especialmente asociado a algunas sustancias. Aunque también influye significativamente la vía de administración de las drogas (oral, inhalada, esnifada, fumada, inyectada, tópica), según Jorge Del Romero Guerrero, director médico del Centro Sanitario Sandoval del Hospital Clínico de Madrid,
Además, según estudios los episodios de intoxicación aguda también pueden poner en riesgo la vida de las personas, así como sobredosis o policonsumo con otros depresores como alcohol o Ketamina que pude derivar en una intoxicación letal.

Cómo afecta a la salud mental
Un estudio publicado en la revista médica ScienceDirect por especialistas del Hospital de Mataró de Barcelona, explican que además de afectar la salud física esta practica puede afectar la salud mental.
El estudio expone el caso de un hombre de 44 años que ingresó por segunda vez en la unidad de cuidados intensivos tras un intento de suicidio.
Este sujeto todas las semanas participaba en sesiones de chemsex en las que tomaba mefedrona, una de las sustancias más habituales en estos encuentros, lo que le provocaba episodios de psicosis. La depresión que padecía y un trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) que no había sido diagnosticado ofrecen el resto del contexto que los psiquiatras pudieron utilizar para ajustar los tratamientos.
“A pesar de que hay gente que la pasa bien el fin de semana y después sigue con su vida; otras son vulnerables y padecen depresión o ansiedad sin diagnosticar y, por lo tanto, son más proclives a tener problemas de adicción”, describe Helen Dolengevich, psiquiatra del Hospital del Henares en Madrid, al diario El Confidencial.
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