
Luego de descubrir y reportar la existencia de un robo de fusiles que estarían destinados a ser distribuidos dentro de las filas del grupo delincuencial identificado como el Clan del Golfo, dice el sargento segundo Carlos Mario Gómez, el Ejército Nacional decidió despedirlo. De acuerdo con lo que relató en una entrevista con la revista Cambio, todo ocurrió cuando llegó al batallón Vélez en San Pedro de Urabá para asumir el cargo de almacenista.
Con 19 años de experiencia encima, Gómez, al llegar a aquel nuevo establecimiento de trabajo, recibió el inventario de este. Al hacer las cuentas, como le correspondía, se dio cuenta de que hacían falta cosas y que el resultado de sus cálculos, por ende, no parecía tener sentido. Y no era para menos, pues le faltaban dentro de sus cuentas cerca de 90.000 cartuchos, 22 fusiles, 130 granadas, entre otros artefactos de uso privativo de la entidad en la que trabajaba.
“En cuanto llegué al batallón en San Pedro tuve un inconveniente con el comandante. El señor me pidió que le hiciera un servicio de carácter personal, humillante; yo le saqué el reglamento y le dije que yo no hacía eso, que yo había sido enviado como almacenista, que tenía 20 años en el Ejército y no había sido entrenado para atender caprichos de los superiores. El señor se puso furioso y me echó. Yo ni había recibido el almacén. Volví a Carepa y me le presenté a mi superior, le conté lo que había pasado y el mayor me ordenó volver a San Pedro porque le daba tranquilidad mi trabajo”, reveló al contarle su historia el equipo de periodistas de Cambio.
Según contó, aunque la norma de la entidad asegura que un almacenista solo debe tener a cargo un almacén, a él querían entregar dos. Él, Gómez, se negó y les advirtió a los encargados que iba a contar, uno a uno, los objetos que estaba recibiendo para saber qué y cuántas cosas quedaban en sus manos. Recordó que la tarea no fue fácil, pues el espacio en el que se guardaban las armas estaba desordenado y descontrolado. “Armas tiradas en el piso, desbaratadas, con los seriales borrados, granadas revueltas con morteros, cajas de municiones revueltas. Un absoluto caos”, manifestó en la entrevista que le otorgó al medio ya citado.

Fue en ese momento en el que encontró la falla. Se dio cuenta de que las granadas americanas pertenecientes al Plan Colombia no estaban en el lugar en el que se suponía debían estar. Ahí empezó a darse cuenta de que no eran las únicas cosas desaparecidas, sino que además faltaban los cartuchos y fusiles mencionados previamente. “Era demasiado material perdido para un batallón mazamorrero, entonces hice un informe de 40 páginas. Duré un mes largo pasándole revista a todo el batallón y solicité una investigación”, contó.
Sus llamados de alerta a la institución, cuenta, le generaron muchas situaciones indeseadas en su vida. Además de ser presionado y de que otros funcionarios minimizaran la situación, reveló que intentaron chantajearlo ofreciéndole unos 100 millones de pesos para que guardará silencio ante aquella irregularidad.
“Empecé a sentir miedo por mi vida y la de mi esposa, se me acercaban soldados a decirme que tuviera cuidado, que me estaba metiendo con gente poderosa y peligrosa. Me contaron que un anterior almacenista había hecho mucha plata en poco tiempo y que justo lo habían matado unos días atrás. Yo empecé a ver la cosa complicada. Mi mamá sufría horriblemente porque decía que me iban a matar, mi esposa no podía dormir de la angustia. Yo mismo sentía que tenía la mira sobre mí. Mejor dicho, la vida se me transformó totalmente por hacer mi trabajo con honradez”, especificó.
Finalmente, llegó a su poder el documento en que le informaba su baja; es decir, su salida de la institución, sin que él la hubiera solicitado. Así mismo, cuenta, su vida parecía correr riesgo, pues no le ofrecieron una salida segura del batallón. Dice que querían que dejara el lugar a través de una trocha que, según él, era muy peligrosa. Carlos Mario Gómez relata que, probablemente, lo querían era matarlo. El sargento ya había puesto en conocimiento del Ministerio de Defensa la situación, por lo que la orden de esa cartera era que fuera sacado del batallón a través de vía aérea; sin embargo, fueron más los ‘peros’ que pretendían impedirlo.

“Querían mandarme por una trocha muy peligrosa, pero un soldado me advirtió que, si me subía en el carro, me iban a matar. Me negué y le informé al ministro de lo que querían hacer conmigo. Entonces él se comunicó y ordenó que me sacaran en el helicóptero. Y a regañadientes, porque decían que no iban a gastar un helicóptero en un sargento, tuvieron que aceptar. Eso sí ordenaron que nadie me ayudara a cargar ni una maleta. Me sacaron como un perro por la puerta de atrás”, añadió en su conversación con Cambio.
Entre las otras cosas que llaman la atención del caso está que en el documento en el que se argumenta la salida de Gómez del Ejército se dice que él, supuestamente, habría estado involucrado en un caso de falsos positivos. “Yo no hice nada malo. Yo no maté a nadie (...) no es verdad que me hayan sacado por eso”, aclaró.
¿Cómo entra el Clan del Golfo a la historia?
Tal y como lo explica la revista, San Pedro de Urabá es un municipio del norte de Antioquia que desde hace varias décadas se encuentra bajo el control social y político del Clan del Golfo. En aquella zona del país, en la que residen unos 30.000 ciudadanos. Además de esta coyuntura, explica el medio de comunicación encargado de hacer la entrevista y nota sobre la historia de Gómez, cuando el sargento empezó a denunciar las irregularidades, empezaron a circular panfletos en los que ese grupo armado al margen de la ley anunciaba la realización de un plan pistola.
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