Oxitocina, la hormona que va más allá del amor

Un estudio de la Universidad de Antioquia reveló que la hormona también está relacionada con enfermedades como el autismo y la esquizofrenia

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La oxitocina es más conocida
La oxitocina es más conocida como la neurohormona del amor, pues es una de las hormonas más poderosas que se puede encontrar en el sistema neuronal, la cual, cumple con una función afrodisiaca y regula las actividades del ser humano.

La oxitocina es una sustancia que el hipotálamo produce en el cerebro, también se produce en el páncreas y otros tejidos del cuerpo. Según las investigaciones sobre esta hormona, está íntimamente relacionada con el sentimiento de confianza hacia otros seres humanos y a la posibilidad de considerar a otra persona como amigo o enemigo.

Otra ventaja de la presencia de la sustancia en el cerebro es que, al momento de socializar, envía señales sobre escenarios amables y, gracias a los intereses comunes que se tengan con las personas que se encuentran en el entorno, nos permiten trabajar a gusto al reducir las prevenciones y el nivel de alerta.

Pero la oxitocina es más conocida como la neurohormona del amor, pues es una de las hormonas más poderosas que se puede encontrar en el sistema neuronal, la cual, cumple con una función afrodisiaca y regula las actividades del ser humano.

Un estudio de la Universidad de Antioquia titulado ‘La hormona oxitocina: neurofilosofía de la vida social y emocional del ser humano’ aseguró que la emoción social que puede provocar la oxitocina depende de la sensibilidad de las personas a su propia sustancia.

Según el documento, no todas las personas tienen la misma respuesta cuando se exponen a la hormona, pues depende de sus genes y la cantidad de receptores de la hormona que la persona tenga en su cerebro.

“En otras palabras, la genética individual de los sujetos puede subir o bajar los niveles o la respuesta a la OXT. Por ejemplo, un sujeto puede generar poca OXT, pero compensar esta carencia con muchos receptores de la misma”.

Y de esta manera, según los genes y la respuesta a la hormona, es que la sustancia afecta a la amígdala, que “es un grupo de neuronas ubicado en lo profundo del cerebro, arriba de nuestras orejas” y cuya función principal es procesar las diferentes reacciones emocionales e información social que le llegan al cerebro.

Según lo indica el documento, la amígdala se activa cuando las personas se encuentran en situaciones relacionadas con angustia, temor, rabia, entre otras, lo que ha permitido su estudio de una manera más funcional, pues “es de las estructuras que más se aprecia encendida en las imágenes del sistema emocional del cerebro”.

Aunque la amígdala se activa en muchas situaciones, la reacción de los seres humanos se ve afectada por dos sustancias que se encuentran en el cerebro y están presentes al momento de tomar decisiones en situaciones sociales, pues así como la oxitocina contribuye a inhibir la amígdala gracias a las neuronas que transportan la sustancia; por otro lado, la adrenalina y la testosterona pueden llegar a contrarrestar los efectos de la hormona del amor y su efecto desestresarte en un escenario social.

Pero la respuesta de las neuronas que se encuentran en la amígdala no depende únicamente de la hormona que se produce al interior del cerebro, también está ligada a los niveles de oxitocina de las personas que nos rodean en un contexto social.

La relación con otros seres humanos está regulada dentro de la conducta social, y es ahí donde enfermedades cerebrales como el autismo, la esquizofrenia, la depresión, el desorden de ansiedad social, entre otras, pueden producir anormalidades en este tipo de conductas, por lo que investigaciones contemporáneas han llegado a sugerir que algunos genes asociados a la oxitocina están vinculados con estos comportamientos.

Según el documento, “en las personas autistas (que viven en su mundo interior y tienen muy poco contacto con el exterior y los otros) se han encontrado niveles muy bajos de la OXT”, por lo que aseguró que la hormona puede ayudar en procesos de aprendizajes sociales como, por ejemplo, en que los padres tengan la capacidad de leer las emociones de sus hijos, pero esta se ve reducida en un contexto académico.

“Tal vez esto explique por qué la inteligencia académica puede estar asociada con sujetos poco sociables. Los autistas, a su vez, pueden desarrollar habilidades mecánicas excepcionales, a pesar de su poco desarrollo social. Quizás mucha socialización puede bajar nuestra actividad intelectual, ya que ésta tal vez necesite estímulos que nos lleven a competir o a evadirnos para pensar más libremente. Pero faltan más estudios en este sentido”.

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