
A veces, para dejar clara la intención de la idea, resulta imprescindible aclarar un detalle al margen de la cuestión por tratar.
Las noticias que lastiman al planeta desde el último sábado y que tan pronto convirtieron un hecho terrorista en una guerra sin vueltas, -de eso se trata- constituyen, por encima de todo, una interminable crónica del drama.
Un drama del cual se supone el deporte debería mantenerse al margen. Quizás, no tanto.
Lejos de confundir una competencia atlética con un asunto de banderas, himnos u orgullo patriótico, no deja de tener algo de lógica imaginar al deporte como un atajo saludable entre tanta miseria.
Alguna vez (ya lo contamos) fueron Luz Long, Jesse Owens y una amistad que derrotó al mismísimo Hitler.
Barreras similares superaron el norteamericano Rafer Johnson y el taiwanés Yang Chwan Hwang quienes nos regalaron un abrazo entrañable y prescindente de la Guerra Fría después del maravilloso decatlón de Roma 1960.
La memoria de cada uno de nosotros nos acercará más o menos a muchos otros episodios. También de los oscuros, como la sangrienta batalla societico-húngara del waterpolo de Melbourne 1956.

Lo cierto es que hoy, más que nunca, el deporte puede ser la vía de escape de un mensaje lúdico que se anime a volar por encima del delirio de esa orgia de sangre y pólvora que hace más de un año somete al pueblo ucraniano a vivir una pesadilla sin fin. El desafío ahora se mudó a Medio Oriente y amenaza con pelear mano a mano la desgracia de la agresión rusa.
Nota al pie: que el deporte trate de tomar las medidas más cercanas a un imposible equilibrio no quiere decir que se pueda ser ecuánime ante las imágenes de inadmisible brutalidad que llegan desde las zonas de conflicto. Por cierto, nada podría hacer el deporte para atenuar semejante deformación de la condición humana.
Ucranianos, rusos y bielorrusos. Difícil no imaginar un escenario de polémica institucional ahora con israelíes, palestinos, iraníes y vaya uno a saber cuántas nacionalidades más.
Me encantaría asegurarles que no va a suceder. Pero me cuesta ignorar la posibilidad de que, más temprano que tarde y con París en el horizonte, la encrucijada de la dirigencia deportiva sobre qué hacer con la presencia o no de deportistas de los países agresores siga sin encontrar un escenario justo, solidario, inclusivo y uniforme.
Una vez más, el olimpismo podría regalarle al planeta un mensaje de concordia que aunque tenga nulo correlato geopolítico y hasta pueda ser considerado cínico, nos permita fantasear con algo de aire fresco.
Seguramente a muchos les parecerá una mochila demasiado pesada para una actividad que, al fin y al cabo, tiene sus orígenes en algo tan básico como saltar, nadar, correr o simplemente jugar.
Sin embargo, no son sino esos mismos atletas los que saben mejor que nadie que nada se consigue sin esfuerzo, sin soñar en grande. Y que, de tal manera, más se disfruta de la conquista.
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