
Si algo le faltaba a Noah Lyles para coronar un agosto glorioso fue demostrar que su grandeza no solo se exhibe en las pistas sino que, fuera de ellas y frente a la prensa, también es capaz de alcanzar interesantes niveles de excelencia.
Poco después de haber logrado un histórico triplete dorado en el Campeonato Mundial de Atletismo (100, 200 y 4x100) el fenómeno de Florida dejó una reflexión cuyo peso específico -y según mi criterio, alto grado de veracidad- quedó en claro, entre otras cosas, a partir de las feroces reacciones que provocó en distintos niveles de los principales deportes profesionales de los Estados Unidos.
“Sabes que lo que más me duele es que tengo que ver las Finales de la NBA y tienen al Campeón del Mundo en la cabeza. ¿Campeón del mundo de qué? ¿Estados Unidos? No me malinterpretes, a veces me encantan los Estados Unidos, pero ese no es el mundo. Ese no es el mundo. Nosotros somos el mundo. Tenemos a casi todos los países aquí luchando, prosperando y enarbolando su bandera para demostrar que están representados. No hay banderas en la NBA”.
Una larga lista de figuras, y no tanto, de la NBA, la NFL o la MLB saltaron al cuello del velocista. No faltó quien, sin demasiados argumentos a mano, habló de cierto nivel de resentimiento. Lógico. El mundo del deporte y el de las finanzas sabe perfectamente cuánto menos reconocimiento popular, monetario y de patrocinio merece un atleta campeón mundial y olímpico que un jugador estándar de las ligas mayores norteamericanas.
Sin embargo, tan cierto es lo que plantea Lyles que, a la misma hora que se desarrolla esta polémica, hay un seleccionado de los Estados Unidos jugando el campeonato mundial de básquetbol.
Un campeonato que ese país ganó solo cinco veces sobre un total dieciocho. Un campeonato que conquistó tres de las últimas siete, no casualmente un periodo en el que integró sus planteles justamente con jugadores de la NBA.
El vínculo del básquet norteamericano con el del resto del mundo ha tenido muestras sobradas no solo de comprender la evolución del juego sino del interés creciente en la opinión pública de mundiales y, sobre todo, Juegos Olímpicos. Un interés en buena medida potenciado por un puñado de derrotas, sobre todo aquella de Seúl 88, en la que finalizaron en el tercer puesto detrás de la Unión Soviética y Yugoslavia.
A partir de entonces sucedieron dos cosas singulares. Por un lado, comenzaron a proliferar en la NBA jugadores de naciones hasta entonces poco consideradas. Rusos, serbios, croatas, lituanos, alemanes, franceses, españoles, italianos, argentinos, brasileños, mexicanos y tantos otros no solo poblaron las franquicias sino que muchos de ellos fueron decisivos para que sus equipos conquistaran títulos.
Por el otro, no casualmente en Barcelona 92 desembarcó el más notable, sino único, Dream Team. Jordan, Johnson, Bird, Pippen, Barkley, Malone, Drexler, Robinson, Stockton, Ewing, Mullin…una auténtica constelación de estrellas le dieron al torneo olímpico un brillo imposible de igualar. Y lo demostraron ganando de modo apabullante los ocho partidos del torneo.

Estas son apenas un par de referencias aisladas de que, más allá de la certeza técnica de Lyles, muchos de los principales protagonistas de la liga han dejado en claro cuánto importan esos torneos que, realmente, consagran al campeón del mundo.
Nadie discute que la de la NBA es, por lejos, la mejor y más maravillosa liga de básquet del planeta. Difícil de igualar inclusive por torneos importantes de otros deportes.
Simplemente, se trata de llamar a las cosas por su nombre.
En ese sentido, cuando Lyles habla de que ama a su país pero que Estados Unidos no es el mundo hace un impensado aporte a la comunidad.
Quienes vivimos de este lado del planeta solemos recordar que, cuando alguien se refiere a los Estados Unidos como América, ignora que se trata de un continente formado por un total de 36 países.
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