
A María Laura Cassiet la historia de amor que publicamos dos domingos atrás sobre Susana y Manuel -quienes pasados ampliamente los 70 años habían apostado otra vez a la pareja- la dejó pensando. Fue después de reflexionar lo suficiente que decidió escribirnos para contarnos su experiencia personal con el tema de las pasiones.
“Me encantó la historia de amor que están viviendo, pero quería contarle a las mujeres que volver a tener una pareja no es la única fórmula que existe para recobrar la felicidad. Yo perdí a mi marido, con quien compartí mi vida por cuatro décadas, en 2013. Superados los momentos malos, me reencontré con un amor distinto que me devolvió las ganas de vivir”, revela misteriosa María Laura, abogada, madre, maestra, jubilada, abuela y deportista.
Vamos a contar dónde se reencontró ella con su nueva pasión, la llevaba muy escondida dentro de su esqueleto.
El amor de una vida
“Soy hija única de papás grandes. Mi madre me tuvo a los 39”, cuenta María Laura quien toda su vida vivió en solamente diez cuadras a la redonda, en la localidad de San Fernando, provincia de Buenos Aires.
Nació el 29 de noviembre de 1955 y creció bajo el apremio de cumplir con las expectativas de sus padres.
Con quien sería su marido se conocieron arrojándose bombas de barro en el Río Luján. Luis Durán era amigo de los compañeros de colegio de María Laura. Empezaron a salir a los 17 años. Él jugaba rugby; ella nadaba y jugaba tenis en el mismo club.
María Laura y Luis compartieron 40 años de un amor absoluto. Tras enviudar y sobrevivir ella misma a la misma enfermedad que se llevó a su esposo, el duelo parecía interminable. Sin embargo, un recuerdo de su juventud lo cambió todo. A sus 70 años, decidió empuñar una raqueta tras cinco décadas de pausa. Hoy entrena, compite federada y demuestra que no siempre se necesita un nuevo romance para volver a ser feliz: a veces, la pasión para honrar la vida tiene forma de polvo de ladrillo.
Su madre deseaba una hija abogada, así que al terminar el colegio arrancó en la UBA, pero por las dudas también estudió magisterio. Su padre, que era gerente del Banco de Londres, temía la excesiva politización de las universidades y que pasara algo, mejor hacer mucho que poco. Estudió entonces las dos cosas: de día para abogada, de noche para maestra.
Cuando tenía 20 años, y al mes de mudarse a la casa que su familia había construido con mucha ilusión, su padre murió de cáncer con 56 años. No llegó a verla casada.
Después de siete años de noviazgo Luis y María Laura se casaron. Corría el año 1980 y ella había cumplido 25 años.
“Me casé de blanco y enamorada. Hicimos fiesta acá y, también, en los Estados Unidos. Como mi tío, que es médico, vive allá y no tiene hijos, quiso hacernos un festejo cerca de Boston. Allá fuimos”, cuenta de esos primeros años felices.
La vida continuó con la misma alegría y muchísima actividad: “Mi marido era un hombre bueno, promotor, patrocinador, de esos que siempre dicen contigo pan y cebolla, que me insistía en que no me pusiera un techo. Un tipo deconstruido, colaborador con la cocina y con los chicos. Tuvimos dos hijos, Santiago y Magdalena”, prosigue. En el medio de los dos embarazos Luis la incentivó para que terminara la carrera de Derecho en la UBA, le faltaban materias. Lo hizo, mientras trabajaba en un colegio privado, y se convirtió en la primera profesional de su familia.
Al recibirse, trabajó en organismos oficiales, montó un estudio de abogados, fue docente universitaria. Todo mientras criaba a sus hijos. Luis, también decidió estudiar derecho y se recibió.
“Fuimos muy felices”, insiste varias veces a lo largo de la charla. Pasaron los años, los chicos crecieron y cuando ellos estaban al borde de empezar a disfrutar de lo conseguido con más libertad, llegó la inesperada enfermedad. Luis tenía 50 años cuando le apareció un cáncer avanzado de vejiga. Sus hijos tenían 15 y 19 años.
Biopsia, cirugías, tratamientos sin éxito, estudios y más estudios. Eso condujo a que se sentaran a hablar. De frente, pero sin excesivo dramatismo: “Hablamos de lo que queríamos, cómo lo queríamos, siempre teniendo en cuenta lo que podía pasar. Sabíamos que podían ser los últimos años. La sentencia por el grado de su cáncer era clara. Luis se mostró entero. Y la vida continuó con la casa llena de gente y disfrutando. Entre los tratamientos viajamos, hicimos todo lo que quisimos y lo que se podía para seguir pasándola bien”.
Tenían la decisión tomada: vivirían su hoy. Lo que durara.
“Estuve cuarenta años con Luis Durán, el amor de mi vida, con quien compartí más de cuarenta años. ¡Viví más con él que con mis padres o como viuda!”, saca cuentas.
Siete años de lucha
Fueron siete años de enfermedad, pero también siete años de disfrute. O, por lo menos, gran parte. Con la pancarta de plantarle cara a la enfermedad iban con la alegría a cuestas. No era fingir que no pasaba nada, era mucho más: era aceptar lo que iba a pasar, pero viviendo como si hoy fuera siempre. Era inteligencia pura frente a la adversidad cierta. Algo que, cuando sobra la salud, no siempre tenemos en cuenta.
“Vamos a disfrutar lo que nos quede nos decíamos. Todos sabíamos cuál era el final. Viajamos un montón. Salíamos. Al principio, como conservaba la vejiga, hacíamos de todo. Incluso viajamos a esquiar a Estados Unidos con nuestros hijos. No sé cómo lo hacía, pero siempre tuvo energía suficiente”, rememora.
Las cosas se pusieron más bravas cuando el tumor volvió y hubo que sacarle la vejiga.
“A los dos años hubo una recidiva. No había respondido a la quimioterapia. El tumor reapareció. Al principio, la situación con la bolsita lo traumó, pero igual seguimos saliendo y hasta nos fuimos de viaje. La debacle de verdad comenzó el 4 de diciembre de 2012”, cuenta con precisión quirúrgica María Laura.

Fue entonces que supieron que el cáncer se había desparramado por todo su cuerpo. Después de un mes internado, en marzo de 2013, viajaron al casamiento de su hijo, en la provincia de Córdoba.
Luis demostró coraje y manejó el auto hasta allá.
“Ya tenía dos bolsas, una de la vejiga y otra que era un drenaje percutáneo. Era cero queja”, relata, “Él tenía mucho humor y cuando ya tenía tres bolsas colgando del cuerpo se autodenominada El hombre de la bolsa. En mayo lo volvieron a operar. Hasta el 31 de julio de ese mismo año salimos. Me acuerdo porque fuimos al cumpleaños de un amigo. Después, todo se complicó. Armamos una terapia intensiva en casa. A esta altura yo ya no quería ni hablar más con el oncólogo, no quería más información de ningún tipo. Si ya sabía lo que pasaba… ¿qué más me iba a decir?”.
Luis murió el 4 de septiembre del 2013. Los hijos de María Laura insinuaron instalarse en la casa para acompañarla, vivir con ella para no dejarla sola. María Laura se negó con carácter: “De ninguna manera. ¡Yo hago terapia desde hace años! Soy adulta. Ellos tienen sus propias familias. Considero que tengo una buena cabeza y sé perfectamente que hay que practicar la exogamia. Los dos habíamos tenido psiquiatra y psicóloga, así que pude manejarlo bien”.
Un mismo cáncer en un mismo lugar
Para cuando murió Luis, María Laura tenía 58 años y ya también tenía cáncer, pero todavía no lo sabía.
“En enero de 2013 un día hice pis con sangre. Fui a la ginecóloga y no me encontró nada. En mayo, me volvió a pasar. El médico clínico, que era el mismo de Luis, me mandó un cultivo de orina y yo le pedí una receta para antibiótico porque estaba con tanto lío con lo de Luis que no tenía tiempo para perder”.
Maria Laura tomó el antibiótico y se hizo el cultivo, pero nunca fue a buscar el resultado de lo que ella presuponía era una infección urinaria.
Luis desmejoraba ante los ojos de todos y entraba en su fase final cuando en agosto, por tercera vez, María Laura hizo pis con sangre.
El médico le mandó una ecografía de riñones y vejiga y un estudio de orina de 24 horas. Luis ya estaba grave. Un día de esos se le ocurrió entrar a ver en la web el resultado de su cultivo del mes de mayo. Lo encontró: no era una infección urinaria. Negativo.
“Ahí mismo me di cuenta: si no tenía infección y no me encontraban nada en los riñones, era la vejiga. Ya sabía demasiado por Luis del tema. Pedí turno para la ecografía, pero lo perdí porque -en el medio de todo esto que no le contaba a nadie- Luis murió. Recién fui a hacerme el estudio el 20 de septiembre. Me atendió el mismo ecografista que lo atendía a él. Le dije: Vos sabés que Luis se murió y a mí me parece que yo también tengo un cáncer de vejiga. Me hizo el informe y me dijo que llamara ya al oncólogo de mi marido y hablara con él. El 23 de septiembre de 2013 el doctor me llamó. En la ecografía salía una mancha importante. Fui con una amiga a hacerme la biopsia el 3 de octubre. No les dije una palabra a mis hijos. Les mentí y les conté que tenía una audiencia judicial. ¿Cómo les decía a ellos que yo podía tener un cáncer como el de su padre que había muerto hacía un mes? Estaba flaquísima, pesaba diez kilos menos, unos 46 kilos, y mi piel era color gris. Estaba gris como mi jogging. El médico me terminó confirmando que tenía un carcinoma urotelial de alto grado. Igual que el de Luis. Exacto. El médico decía: ¿qué pasa con esta pareja que tiene el mismo tumor alojado en el mismo lugar de la pared de la vejiga? ¡Querían hacer un ateneo médico para ver si era algo ambiental. No lo era. Era más bien simbiótico”, remata con un dejo de humor María Laura.

El día de la madre se lo anunció a sus hijos.
“La verdad es que nunca pensé que me iba a morir. Ni un poquito. Estaba convencida de que iba a zafar. Cuando fuimos al médico le dije: me saco la vejiga ya y listo. Él me paró en seco y me dijo que no fuera tremendista”.
En diciembre la operaron y le quitaron el tumor. En enero entró en tratamiento. Como no podía ser de otra manera, ella decidió viajar y pasar las fiestas con sus hijos y su tío en los Estados Unidos. Y le dijo al médico que no pensaba hacer quimioterapia. El profesional le aseguró que le iban a hacer quimio local, pero que la iban a inmunosuprimir. Lo bueno era que su cáncer lo habían agarrado a tiempo, no tenía un estadío avanzado como el de Luis.
María Laura estaba sobrepasada con lo que ocurría, pero seguía adelante.
El duelo se posterga
Lo cierto es que “mi enfermedad me distrajo de la muerte de Luis. Estuve dos años sin trabajar. El tratamiento me dejó debilitada al punto que un día hasta me hice pis en la calle. Fue todo un tema. Estuve con sonda desde el 2013 hasta 2018. Fueron seis años viviendo de esa manera, hasta los 64 años. El tratamiento lo terminé en 2017. Estoy convencida de que sobreviví porque me di cuenta rápido. Con la enfermedad de Luis había aprendido mucho. ¿Te das cuenta? Hasta en eso me salvó él”.
Fue estando curada que le cayó la ficha de que era viuda.
“En el 2017 cuando me recuperé recién empecé a tener que lidiar con la muerte de Luis. Hasta ahí no había tenido tiempo. Me deprimí. Me medicaron. Sentía que estaba muerta en vida. No tenía a mi compañero, a mi pareja, a mi amante, a mi marido, a mi amigo. Luis era todo en mi vida. Nos habíamos dicho al casarnos, como lo hacen todos,… en la salud y en la enfermedad. Por suerte yo pude acompañarlo. Con el tiempo fui mejorando y seguí trabajando. La reclusión en la Pandemia, en mi caso, fue positiva porque pude parar y darme cuenta de que podía vivir conmigo misma. Que la palabra soledad no existía porque soy curiosa, escucho música, leo… estaba bien conmigo. Durante toda esa época me anoté en un grupo de canto profesional, de caradura porque nunca había cantado, y lo hicimos por Zoom. Fueron dos años divinos que cantamos 24/7. Cantar fue un duelo espectacular porque yo le cantaba a Luis. Me resultó una linda etapa porque mi casa me enamora y mis paredes me abrazan”.
Una nueva pasión con otra forma
Fue en un viaje con sus hijos a los Estados Unidos que María Laura vio en una vidriera de los Hamptons unas medias de tenis vintage muy parecidas a las que ella había usado de chica, de marca Ciudadela, con tiras azules y coloradas. Les sacó una foto y se la mandó a Lilly, una amiga con quien había jugado en la adolescencia. Su amiga respondió el mensaje con la siguiente frase: “A esas medias les falta polvo de ladrillo”.
Fue entonces que en su cabeza apareció una idea que comenzó a navegar entre sus neuronas: ¿y si volvía a jugar? ¿podría hacerlo? ¿le daría el cuerpo? Cuando se lo comentó a sus hijos ellos le insistieron que lo hiciera.
Al tiempo empezó a ir con su hija a clases de tenis. Para probar. Se hizo socia otra vez del club de la juventud, donde había compartido vida con Luis. Poco a poco le tomó la mano y se puso en carrera: “De pronto me volvió a brotar la pasión. Me sentía apasionada por algo otra vez. ¡Fue volver a vivir!”.
Ya no era la melancolía del canto por Zoom, era algo activo que la levantaba de la cama todos los días renovada. Pura energía.

“Después de casi cincuenta años sin hacer deporte volví a las canchas de tenis y desde principios de 2025 otra vez estoy federada. ¡Hoy por hoy en mi familia la única que tiene estado físico soy yo! Tengo orden en mis comidas, en mi preparación física, he vuelto a esquiar. No me duele nada y estoy perfecta. Entreno dos veces por semana en el gimnasio y juego tres veces. Soy Uber abuela, sigo trabajando, me autogestiono con mi casa, salgo con amigas, viajo una vez al año y compito en campeonatos. No paro, sigo moviéndome siempre. No quise nunca poner domingos familiares de manera fija. Que cada uno haga lo que quiera. Eso sí: ¡cuando cocino goulash con spätzle vienen todos y se llevan su tupper!”, cuenta riendo.
María Laura desborda energía y asegura que ahora experimenta lo que ella llama “tenis pasión”. El amor volvió para ella con forma de raqueta y empezó a jugar dobles en el equipo del club.
La pregunta es qué consejo puede darle a alguien en su situación: “Mi consejo es que uno tiene que conocerse bien. Por ahí, a esta edad, vivís embarullada porque estás con nietos o con hijos y no es fácil encontrarse a uno mismo entre tanto ruido. Lo primero que hay que lograr es entender que uno puede estar bien consigo mismo. A partir de ahí podés intentar ver qué es lo que te apasiona y buscarlo. ¡Lo mío fue con el tenis!”.
En su último cumpleaños decidió festejar a lo grande: 70 años. Organizó una fiesta y envalentonada tomó el micrófono para cantar Honrar la vida, de Eladia Blázquez. Emocionante.
“Honrar la vida es clave. Vivir no es lo mismo que perdurar. Practico todos los días la cultura de ser feliz conmigo. No siento soledad. Me siento feliz y plenamente satisfecha. No sé si me pasará algo como a Susana, en esa historia que escribiste. Luis siempre fue un incondicional y quizá me dejó una vara muy alta. Se me acercó mucha gente, pero nadie se le parecía ni en lo blanco del ojo. Con él fui feliz y sigo enamorada de él y, aunque físicamente no esté, lo siento alrededor mío. La pasión, en mi caso, me la devolvió el tenis”.
El corazón de María Laura hoy tiene otra forma. Es redondo, pica alto y está empolvado con sangre color ladrillo.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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