
Fabián y Angela se conocieron en el barrio, y la atracción fue inmediata. A los pocos meses, estaban viviendo juntos. La economía siempre fue apretada: él era herrero, ella limpiaba casas. Pero tenían lo más importante; se amaban por encima de lo que pudiera faltarles.
Al principio, fue magia. Fabián tomaba el tren temprano para ir a hacer sus changas, y Angela lo esperaba a la noche con la comida caliente y las ganas de siempre. No tenían hijos, pero los imaginaban. En el tiempo libre, arreglaban la casita, iban a bailar, o hablaban durante horas mientras tomaban mate y él hacía como que arreglaba la vieja moto Zanella que un cliente le había dado en parte de pago por un trabajo. Siempre se le volvía a romper algo, y eso les causaba gracia. Era una vida feliz y simple.
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Una noche, Fabián volvía de una obra en colectivo, y al bajar en Constitución para tomar el tren, se encontró con un viejo amigo que lo invitó a un bar de la zona. Se pidieron un vino, después otro; terminaron siendo tres botellas. Se le hizo tan tarde que tuvo que esperar al tren de las cuatro y media de la madrugada. Su amigo se había ido. Comenzó a dar vueltas, nunca había estado a esa hora en los alrededores de la estación y la vista de ese maremágnum de prostíbulos, bailantas, locales de juego y peleas callejeras, terminó de embriagarlo. Tentado, hizo tiempo en un telo con una chica que le ofreció sexo en la calle. Llegó a su casa a las seis de la mañana. Angela estaba enojada, pero lo perdonó. Fue sólo la primera vez.
Después la tentación se convirtió en rutina. Cada vez que el colectivo llegaba a Constitución, Fabián estiraba la parada. Ya no necesitaba compañía, había descubierto un boliche a pocas cuadras en donde el vino era barato y se dejaba, “y las mujeres, también”, dice. Le da asco pensar ahora en que Angela tuviera que verlo a la mañana, oliendo a alcohol, drogas y el sexo de otra, “justo ella, toda perfecta, hermosa, perfumada”. Pero, por entonces, no podía evitarlo. Tampoco había otro camino, y la moto estaba rota. La costumbre se hizo vicio. Para cuando quiso acordarse, tomaba también en el trabajo y en su casa, a escondidas. Era alcohólico.
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“Yo estaba enamorada –dice Angela–. Quería que cambiara, o que volviera a ser el mismo de antes, el que había conocido. El hombre bueno y trabajador que quería tener una familia conmigo. El tipo al que no le importaba que costara llegar a fin de mes porque estábamos juntos”. Pero llegar a fin de mes cuando la mitad del sueldo de él se iba en vino o cerveza –y también en prostitutas–, se hizo cada vez más difícil. Fabián también la quería, pero estaba atrapado en su propia espiral destructiva. Intentaba limpiarse, pero no podía. Así que comenzó a mentirle cada vez más.
“Me decía que se gastaba la plata en repuestos para la moto, pero yo sabía de verlo nomás que se le había ido en vino”, cuenta Angela. Una mañana, él llegó tambaleándose. Discutieron fuerte. Hubo gritos, sacudones. Ella le pegó una cachetada “para ver si se despabilaba”, y en el instante en que vio su propia mano avanzar en el aire en una trayectoria ya incontrolable, supo que tenía que decir “Basta”. “Yo no quería esa vida para él ni para mí. No podía vivir con él para verlo destruirse. Me daba impotencia, bronca, todo. No quería volver a pegarle. Él nunca se puso violento conmigo, pero yo sabía que era el paso siguiente. Y no quería eso para ninguno de los dos, no quería eso para nuestro amor”, dice, y se emociona.
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Fabián no se quería ir, y tampoco tenía a dónde. Así que una noche en la que él no apareció, Angela juntó todas sus cosas, y se fue a la casa de la madre. Volver y no encontrarla, para Fabián fue una señal de que había llegado a un punto de no retorno en su adicción. Pero, en vez de tratarla, se sumió en una depresión todavía más grande. Para ella era un dolor tremendo saber que estaba tan mal, pero lo había decidido: no podía hundirse con él.
Con los años, Angela permaneció en el recuerdo de Fabián como esa mujer perfecta y perfumada a la que había dejado ir. No podía olvidarla, la seguía queriendo. Ella hizo su vida; tampoco lo olvidó, pero salió adelante. Se casó con otro hombre, tuvo una hija, Lara, y siguió trabajando por horas, aunque cada vez menos.
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Habían pasado casi cinco años cuando se encontraron de casualidad en una esquina de su barrio de toda la vida. Él tenía un buen día, estaba fresco, le hizo unos chistes; era el mismo humor con el que la había enamorado cuando eran jóvenes, y la conexión también. No faltó demasiado para que terminaran en la cama de la misma casa que habían compartido, esa que todavía guardaba la ilusión de una familia juntos. Comenzaron a verse cada vez con más frecuencia. Para cuando se dio cuenta, Angela tenía una doble vida. Tuvo que empezar a mentir ella.
Se citaban a la tarde, en lo de Fabián. Para él era una manera de darle su mejor versión; de noche seguía tomando, y a la mañana dormía para recuperarse. Pasar por Constitución también seguía siendo un problema, pero al menos ahora ella no tenía que verlo borracho, ni pasar las noches en vela, esperándolo. El sexo entre ellos, libre de la convivencia intoxicada, era todavía mejor. En la cama eran sólo ellos dos, Fabián y Ángela, no un alcohólico perdido y una mujer casada.
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Para poder visitarlo en su casa, ella le decía al marido que estaba limpiando las de otros. Pero el engaño tenía un punto flojo: si trabajaba tanto, ¿por qué no volvía con plata? Angela le planteó entonces a Fabián el problema, ya no podían seguir viéndose. “Y entonces se me ocurrió una idea –recuerda él–: ‘Yo te doy lo que corresponda a las horas que te quedes’, le dije”. Enseguida se dieron cuenta de lo que implicaba, “Era como si me pagara por sexo”, dice ella.
Pero la idea no sólo era buena: los excitaba. En vez de pagarle a las desconocidas que levantaba en Constitución, ahora le pagaba a Angela. “Ese giro de ser su puta me encantaba. Ya no tenía que competir con nadie, ahora Fabi valoraba en serio estar conmigo. Incluso estaba dispuesto a pagar para hacerlo”, reflexiona ella con algo de pudor.
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Entonces pasó algo inesperado. Fabián empezó a ahorrar para estar con Angela, y ya no le alcanzaba para pagar litros de vino en los bares cuando pasaba por Constitución. Empezó a pasar de eso, casi naturalmente. Y se limpió. Cuanto más sobrio estaba, más cambiaba el vínculo entre ellos. Decidió ir por más, y se anotó en Alcohólicos Anónimos por primera vez después de años de adicción. Ella lo acompañaba. Lo que tenían ya no era sólo sexo, se habían reencontrado desde el amor. Volvieron los mates, las charlas, los proyectos.
Fue el momento de reunir fuerzas y superar muchos miedos. ¿Era sostenible lo que les pasaba? Angela no podía dejar a su marido para llevar a su hija a vivir con un adicto. Pero Fabián le juró y le demostró no sólo que estaba limpio, sino que ahora iba a pelear por ella. Y tenía la fuerza para hacerlo: “No la iba a perder otra vez. Me arreglé yo, arreglé la casa y hasta arreglé la Zanella y despejé el taller para poder trabajar también ahí y salir menos”. El gesto que terminó de convencerla fue ver que él había armado un cuarto para los chicos –”Lara y los que vinieran”, se emociona ella–.
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Luca nació dos años después, y Fabián estuvo en la sala de partos. Nunca más volvió a tomar. Y, al escucharlo hoy, ese pasado parece una anécdota menor para un amor del que eligieron preservar lo luminoso. Como pudieron, pero sin jamás dejar de quererse. La vida había dado muchas vueltas y ellos también, pero finalmente eran cuatro; tenían la familia que habían soñado.
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