
Es evidente que la Iglesia Católica es incapaz por sí misma de exorcizar el flagelo del abuso sexual del clero. El escándalo se mantuvo sin control durante décadas e, incluso después de haber sido expuesto en 2002 por el Boston Globe, la jerarquía eclesiástica la ha enfrentado con negación, tiempo, obstinación y medidas a medias.
Incluso cuando los obispos de las 196 diócesis y arquidiócesis católicas de Estados Unidos se reunieron en Baltimore para lidiar con las últimas revelaciones principales -un informe del gran jurado de Pensilvania de agosto que detalla décadas de abusos que involucraron a más de 1.000 víctimas y al menos 300 sacerdotes- detuvieron sus intenciones ante un mensaje del Vaticano, que les pidió que esperaran. Esa intercesión llegó junto a una advertencia del embajador del papa Francisco en Estados Unidos, el arzobispo Christophe Pierre, que pareció burlarse de la propuesta que los obispos habían decidido votar, para establecer una comisión laica que evaluaría la mala conducta de los obispos –"como si ya no fuéramos capaces de reformarnos o confiar en nosotros mismos", como él mismo dijo-.
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Esa observación cristalizó la arrogancia que, a menudo, ha caracterizado la postura de la Iglesia, incluso cuando innumerables revelaciones han dejado al descubierto la culpabilidad de sus líderes. Desde lo alto y lo bajo, la Iglesia ha emitido su convicción de que sus propias transgresiones no son peores que las de otras instituciones. Que se deben preservar los estatutos de limitaciones estatales que protegen a las diócesis de los juicios. Que no se puede permitir el establecimiento de mecanismos para disciplinar a los obispos que han permitido el abuso al transferir a los sacerdotes pedófilos de parroquia en parroquia.
Se han escuchado voces de claridad moral desde el interior de la Iglesia, instando a un cambio genuino. "Hermanos obispos, eximirnos de este alto nivel de responsabilidad es inaceptable y no puede sostenerse tanto si somos considerados como guardianes de los abusados o si el abusador está determinado por nuestras acciones", comentó el cardenal Daniel DiNardo, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, en un discurso ante los obispos reunidos.
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Sin embargo, la mayoría de las veces, esas voces han sido ignoradas.
El pontífice convocó a obispos de todo el mundo al Vaticano para abordar el escándalo. Según nos hacen creer, esta cumbre, de una vez por todas, pondrá a la Iglesia en un camino hacia la superación de la plaga del abuso. El hecho de ese evento pendiente fue el pretexto ofrecido para la solicitud de la Iglesia de que los obispos de Estados Unidos posterguen dos temas en su agenda en Baltimore: establecer la comisión laica para revisar las denuncias contra los obispos y adoptar un código de conducta para ellos mismos.
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La agenda era modesta y la intervención de Roma es reveladora. Una y otra vez, el Vaticano presta atención al sufrimiento de las víctimas. Una y otra vez, socava sus propias afirmaciones de contrición.
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