
Devon Wallick había escrito nueve borradores de su discurso inaugural. Lo había recitado a su profesor, lo había entregado a su compañero de cuarto y lo había practicado frente al espejo "unas 1,500 veces".
Pero Wallick, de 22 años, a punto de terminar una maestría en contabilidad, aún no había ensayado frente a Dexter.
Hace poco apareció en la Escuela de Negocios de la Universidad Americana para cumplir con su cita de las 3:30pm con el perro. El animal era un Springer spaniel inglés con unas grandes patas blancas, ojos marrones y unas orejas muy suaves.
"¿Quién dice que tengo que escoger entre el amor de la gente y el amor por los números?", se pregunta Wallick mientras se arrodilla para acariciar a Dexter y leer el discurso que daría ese fin de semana a sus compañeros de posgrado en la Escuela de Negocios Kogod. El perro, acostado en un banco de cuero, lamía la mano derecha del joven estudiante.
Se podría decir que la saliva era parte del proceso de su trabajo. Él es uno de los ochos caninos del área de Washington que forman parte de la lista de "los perros que escuchan" de la escuela de negocios. Es un cuerpo voluntario cuyas funciones deben ser la de estar atentos y sin emitir ningún juicio de valor hacia los estudiantes universitarios que están nerviosos por las presentaciones que, eventualmente, deben dar a los humanos.

El programa comenzó el año pasado y se cree que este es el primero que se implante en una universidad de Estados Unidos, tal y como señala Caron Martínez, directora del Centro Kogod de Comunicaciones y Negocios. Ella también es propietaria de uno de los perros. Concretamente de Reggie, una perrita de 11 años. Otros miembros del equipo son Ellie, otra perrita Bernese muy fotogénica a quién le encanta las manzanas, o Noche, un Pomerania negro que parece un pequeño osito. Todos ellos son perros normales y sin ningún tipo de entrenamiento especial.
Martínez habla de las investigaciones que se han realizado sobre los efectos calmantes que tienen los perros, incluso aquellos que son desconocidos, sobre las personas. Aunque admite que la ciencia, sobre este tema, no tiene fundamentos sólidos, ella habla de las decenas de estudiantes que han participado en el programa y que, después de todo, han visto una disminución notable en su estado de nervios. No lo dice ella, lo afirman las encuestas posteriores a las sesiones. Además, según Martínez, la manera más efectiva de que un discurso salga bien es ensayando.
"¿Qué cómo consigo que los estudiantes practiquen? Pues de todas las maneras posibles. Con perro o sin perro, pero la práctica te convierte en un mejor orador público", remarca.

Wallick, original de Rhode Island que ya trabaja en Deloitte, declaró que eso mismo fue lo que pensó cuando se inscribió en el programa. Su discurso había sido seleccionado entre varias presentaciones y se esperaba que algunos miles de personas, incluso miembros de su familia, estuvieran en ese acto de clausura para escucharlo. La multitud más numerosa a la que se había dirigido anteriormente era de 1,200 personas y fue durante la escuela secundaria.
Dexter, por supuesto, solo era un perro. ¿De qué podría servir su ayuda? Rob Cheek, el diseñador gráfico que lo posee, dice que el amor que desprende y su tierna mirada son sus principales armas.
El animal fue reclutado por Martínez después de verlo caminando por el campus. No todos han aceptado el programa. De hecho, hubo algunos obstáculos burocráticos para lanzarlo. Por un tiempo, los perros solo podían ingresar en la escuela de negocios a través de una puerta lateral, pero ahora esa regla se ha suavizado. Sin embargo, una tercera persona siempre debe estar en la habitación con el perro y el estudiante que da el discurso. Además, los perros siempre han de estar atados y bien identificados.
Los estudiantes también firman un documento de exención reconociendo "los riesgos inherentes de estar cerca, manejando, caminando o acariciando a cualquier animal".
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