
Después de un matrimonio largo y casi sin sexo, creí que la pasión se había extinguido.
A los 72 años, creí que se me había acabado la pasión. "Ya cerré esa puerta", les dije a mis amigos y lo decía en serio. Me refería al sexo, pero lo que realmente quería decir era el corazón.
Mi matrimonio fue muy solitario por años: sin contacto físico, cercanía, ni la sensación de ser deseada. Mi alcoholismo no ayudó en nada, pero tampoco la impotencia de mi esposo y el compromiso implacable que tenía con el trabajo. Justo cuando empezaba a encontrar el equilibrio, yendo a reuniones y buscando ayuda, mi esposo comenzó a perder el suyo.
PUBLICIDAD
Primero, se enteró de que tenía Alzheimer; luego perdió su negocio y la capacidad para pagar las cuentas, manejar un auto, incluso para encender la televisión. Lo cuidé durante cinco años. Para cuando se mudó a un centro de cuidados a largo plazo, ya no me reconocía.
A menudo buscaba un respiro en la casa que habíamos construido juntos en Cape Cod. Ahí fue donde conocí a Charles. Al principio, no fue un romance. Simplemente me encantaba escucharlo. Sus palabras eran firmes, reflexivas, de humor ingenioso.
"El aire tarda mucho en salir del globo", decía sobre su lucha por ser humilde. A veces hablaba de sí mismo en tercera persona: "Charles, ¿ya zarpaste? O, ¿todavía estás despejando las cubiertas?".
PUBLICIDAD
Yo me preguntaba lo mismo, especialmente después de que mi esposo falleciera.
Mi esposo solía decir que una habitación puede estar a oscuras durante mil años, pero que un solo cerillo la podía iluminar. Para mí, Charles fue ese cerillo.
Todo empezó de manera bastante discreta. Un día, me invitó a subir a su camioneta vieja para ir al puesto de una viuda al lado de la carretera a comprarle mermelada casera. Cuando llegamos, pensé que era una anciana, aunque probablemente era de mi edad. Sin embargo, junto a Charles, me sentía como de 16.
Pronto empezamos a vernos para tomar café. Luego me invitó a tomar uno en su casa e insistió en llevarme en auto hasta allí.
"Así podré pasar más tiempo contigo, porque tendré que traerte de regreso", afirmó
Me sentí halagada. También nerviosa. Más de lo que quería admitir.
En su casa me ofreció café, jugo de toronja, leche.
"¿Leche?", pregunté.
Se encogió de hombros. "Me gusta la leche".
Rechacé la leche. Por el contrario, me puse a dar vueltas por la sala. Los estantes estaban repletos de libros sobre lenguaje. Tomé un ejemplar del Diccionario de palabras inusuales, oscuras y absurdas de la señora Byrne.
PUBLICIDAD
"¡Yo también lo tengo!", dije.
Cuando encontré un volumen de poesía de Mark Strand, Charles me enseñó cuál era su poema favorito. Cuando nos íbamos, me dijo: "¿Puedo hacerte una pregunta?".
"Claro".
"¿Puedo besarte?"
Entré en pánico y me doblé de risa. No porque fuera gracioso, sino porque estaba aterrorizada. No había besado a nadie en más de 30 años. Ni siquiera a mi esposo.
Charles se vio consternado. No nos besamos.
Días después, lo invité a mi casa. Me contó sobre sus relaciones anteriores: exesposa, exnovias, incluso algunas amigas con derechos. Casi me carcajeo. Charles tenía 79 años. Vivía en una casita desordenada y manejaba una camioneta destartalada. Con orgullo me contó que usaba los zapatos de un hombre muerto y que compraba cosas en el basurero. ¿Cómo se las había arreglado para tener tantas mujeres en su vida?
PUBLICIDAD
Por mi parte, le dije la verdad. Había vivido 25 años en celibato en mi matrimonio. ("¡Soy prácticamente virgen!", exclamé). Tal vez sea un poco salvaje. No hago amigos fácilmente. La mayoría de las mujeres habrían dado una versión más refinada de sí mismas. En cambio, le entregué a Charles el manual de instrucciones de todos mis defectos de carácter y esperé a ver si se escaparía.
No lo hizo.
Cuando regresé a mi casa en Connecticut, hablábamos por teléfono todas las noches durante horas. Finalmente, me dijo: "¿Puedo visitarte?".
"Sí". Respondí.
"Ya estoy empacando mi cepillo de dientes", dijo.
"Eso es un poco demasiado íntimo", contesté.
"Está bien. Ya lo saqué y reemplacé por el Libro de Oración Común".
Me reí.
Se quedó dos noches. Yo creo que fueron las dos noches más eróticas de mi vida. No por lo que pasó entre nosotros (¡Sí, nos besamos! ¡Y vaya que nos besamos!), sino por cómo me hizo sentir: vista, apreciada, deseada. Me deseaba de una manera en la que había querido ser deseada durante años.
PUBLICIDAD
Dos semanas después, regresó para pasar tres noches más. Hablamos hasta la madrugada, confesándonos el uno al otro. Una noche, me contó que cuando se casó, su esposa estaba embarazada de tres meses y le advirtió que se marcharía en menos de seis meses. Se quedó por un tiempo. "No tenía lo necesario", dijo, refiriéndose a la capacidad emocional para mantener intimidad.
Pensé: "Este no es alguien que esconde quién es".
Días después, le conté a Charles que les había contado a mis hijos de él. Me habían estado haciendo preguntas porque había prácticamente desaparecido en esta nueva vida. Me dijo que también les había contado a sus hijos de mí. Dijo que había sido un "lobo solitario" durante 40 años y que yo era "un consuelo".
PUBLICIDAD
Pronto empezamos a hacer planes juntos: un viaje por carretera a la Isla del Príncipe Eduardo, un Día de Acción de Gracias solo para dos en su casa. Me emocionaban más estos planes que mi próximo peregrinaje por el Camino de Santiago con dos de mis amigas, un viaje a pie que planeé durante un año. Lo único que quería en realidad era estar con Charles.
En el Camino, pensaba en él constantemente y lo llamaba todas las noches. Le enviaba fotos por mensaje desde pequeños pueblos españoles: de mis amigas, la comida que probábamos, las habitaciones en las que dormíamos. El Camino resultó ser más difícil de lo que esperaba. Algunas noches, antes de llamar a Charles, tenía que sentarme en silencio y recomponerme. Le dije a Charles que me sentía extrañamente sensible todo el tiempo, desorientada, vulnerable y a punto de llorar por razones que no podía explicar.
PUBLICIDAD
"No pasa nada", decía Charles en voz baja. "Está bien".
En nuestro último día en el Camino, Charles me envió cinco emojis de patos. Bastante lindos, pero creí que no requerían una respuesta. Cuando me escribió para preguntarme si los había recibido, le respondí: "Sí". Me quedé mirando la pantalla, sin saber qué más decir.
Esa noche, me preguntó por qué no le había respondido. Me dijo: "Ese era yo en mi momento más juguetón, más cariñoso", pero que yo los había recibido como "un muro de cemento". Su voz era seca, su tono frío.
Me disculpé varias veces.
Finalmente, dijo: "Simplemente sigamos adelante".
Y eso fue lo que hizo.
Dos días después de que regresara a casa, Charles me llamó. "No conectamos", afirmó.
Pensé que lo había escuchado mal. "¿Qué?"
"No nos llevamos bien", repitió. Dijo que yo era una persona enojada. Hizo un comentario sobre mi perro.
"¿No te gusta mi perro?", le pregunté.
"No dije eso. Pero tú elegirías a tu perro antes que a mí".
"Bueno, pue eso sí", respondí.
Cuando me volvió a llamar, me dijo: "Ya no tiene sentido seguir hablando. Todo esto se ha ido al traste".
Después, le envié un mensaje de texto. Le dije que nuestra relación me había dado alegría y que creía que a él también, que estaba de luto por haberlo perdido.
PUBLICIDAD
No respondió. Una semana después le pregunté si podíamos hablar. "No estoy de humor para un interrogatorio, Kim", escribió.
Esa palabra se me clavó como una astilla. Yo tampoco quería un interrogatorio. Quería entender qué había pasado.
Cuando finalmente regresé a Cabo unas semanas después, Charles accedió a verme. Se mostró frío. "Se acabó", dijo al fin, dejando en el aire las palabras no dichas: "contigo". Calificó mis mensajes de texto como un "avalancha" de palabras.
Cuando lo vi alejarse, sentí que algo dentro de mí se desvanecía, como si él hubiera borrado lo que había pasado entre nosotros: la diversión, la ternura, el amor.
Perdí el apetito y bajé 10 kilos. Hablé con videntes, médiums, lectores de tarot y un terapeuta. Lloré con mis amigos. Quería que alguien me dijera que Charles iba a regresar.
Entonces, de alguna manera, me di cuenta de que lo que me había roto el corazón no era el simple hecho de haber perdido a Charles. Era la posibilidad de que tal vez nunca más me tocaran así, nunca más me abrazaran, nunca más me dijeran que era bella. Con Charles, la luz se había encendido en mi otra vez y me sentía iluminada como un árbol de Navidad. Sentía esperanza.
Durante meses, pensé que Charles se había llevado mi esperanza con él. Pensé que, si tan solo pudiera entender lo que había pasado, por fin podría dejar atrás esa historia. No pude. Me di cuenta de que no era a Charles a quien no podía dejar ir. Era lo que él había despertado en mí.
A los 72 años, creía que había cerrado esa puerta, segura de que esa parte de mi vida estaba enterrada. Pero llegué a comprender que la puerta nunca se cerró por completo. De alguna manera, una luz se había mantenido encendida.
Y sigue brillando.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
El portaaviones USS Abraham Lincoln finalmente regresa a casa
Reportajes Especiales - News

El nuevo teléfono de Google viene con mucha IA. ¿Alguien quiere eso?
Reportajes Especiales - Business

China condena a cadena perpetua al fundador de Evergrande
Reportajes Especiales - Business

Mamdani demanda al Concejo Municipal por bonos de 10.000 dólares para auxiliares docentes
Reportajes Especiales - News

El príncipe Enrique y su familia planean regresar al Reino Unido
Reportajes Especiales - Lifestyle


