
Para un joven erudito y escritor judío llamado Mendel Uminer, los libros son la fuente de la iluminación. Así que, cuando hace un año consiguió un apartamento tipo estudio a una manzana de Central Park, en el Upper East Side de Manhattan, se llevó consigo sus libros: los 10.000. Lo que siguió, al menos durante un tiempo, fue una vida maravillosa en su templo del conocimiento de 182 metros cuadrados.
Enormes torres de libros sobre judaísmo cubrían las paredes, montones de crítica cinematográfica e historia de la ópera llenaban el baño de la preguerra, pilas de obras de teatro y poemas tapaban una ventana, y Uminer dormía en un colchón en el suelo, rodeado de novelas con las esquinas dobladas. Se despertaba sobre el mediodía y se pasaba las tardes en su tumbona al sol, devorando las obras de escritores yidis como Chaim Grade y de críticos como Edmund Wilson, alimentando su mente mientras la ciudad bullía afuera.
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"Siempre estoy leyendo", dijo Uminer, de 31 años. "Leo para adquirir conocimientos. Necesito cada libro que tengo. Mi biblioteca es mi manual de vida".
Trabajaba como traductor autónomo de hebreo y usaba el apartamento como sede de su incipiente revista literaria, Notarikon Review. Organizaba fiestas que se hicieron famosas entre los círculos de la clase literaria marginada de Nueva York. Escritores en ciernes bebían cerveza entre las pilas tambaleantes mientras discutían sobre asuntos internacionales y poesía griega.
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Las torres no paraban de crecer a medida que Uminer añadía sus hallazgos de tiendas de segunda mano, libreros y envíos de eBay. "Yo no me considero un acumulador compulsivo", dijo, "pero supongo que mi edificio sí".
El invierno pasado, recibió una notificación de la administración del edificio. "Estás incumpliendo una obligación fundamental de tu contrato de alquiler", comenzaba. "Mantienes el inmueble en un estado de desorden extremo; permites la acumulación excesiva de libros en el inmueble; y creas un riesgo de incendio al acumular en exceso libros inflamables en el inmueble".
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"Abrí la carta", recuerda Uminer, "y me decían que mis libros eran un riesgo de incendio, que tendría que irme si no me deshacía de ellos".
Al no atender la advertencia, se inició el proceso de desahucio. Decidió defenderse ante los tribunales.
Una tarde del mes pasado, Uminer se encontraba de pie entre las torres inclinadas, disfrutando de su paraíso desordenado mientras aún podía. Mientras sonaba música klezmer en su celular, pasó la mano por los lomos de The Russian Theater after Stalin y The Kurdish Question in Iraq. Levantó con ternura un libro de poemas de Abraham Reisen, un escritor yidis del que estaba enamorado.
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"Claro, tal vez soy un poco diferente", dijo. "Y sé que mi biblioteca puede parecer excesiva para algunos. Pero no es tan excesiva como la gente podría pensar. En una familia rabínica, a nadie le llamaría la atención una biblioteca como la mía. Leer forma parte de mi cultura".
Bajó por la lujosa escalera del edificio y encendió un Marlboro en la acera.
"Pensé que aquí había encontrado la paz, que aquí empezaría mi revista", dijo. "Quizá tenga que dejar de ampliar mi biblioteca por un tiempo. Pero siento que siempre necesito seguir aprendiendo, porque eso es lo que creo que tengo que ofrecer al mundo".
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Un erudito precoz
Criado en un enclave jasídico de Crown Heights, Mendel creció hablando yidis con sus abuelos, escuchando las enseñanzas de sus tíos rabinos lubavitch con barba y asistiendo a bailes de troika en salones de banquetes. A su padre, un devoto agente inmobiliario llamado Isaac, le encantaba estudiar la Torá con él. Pero el chico ansiaba la literatura. A los 12 años ya leía a Dostoievski.
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En su adolescencia, Uminer asistió al seminario rabínico, donde se sumergió en el estudio del Talmud. Las clases empezaban a las 7 a. m. y terminaban con noches de discusiones con los rabinos acompañadas de vodka.
"Me pasaba los días estudiando textos en arameo, hebreo y yidis, y a veces pasaba un año entero sin ver el rostro de una mujer, pero también era desobediente e incorregible", dijo. "Siempre leía lo que quería, no solo lo que ellos querían que leyera. Pero ahí es donde te afirmas. Donde te formas tus propias opiniones. Donde te creas tu propia visión del mundo".
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"Si me formo una opinión y hay libros que dicen lo contrario, tengo que leerlos todos para saber si tengo razón", continuó. "Si no estoy convencido, debería dejar de lado mi convicción".
Recién convertido en veinteañero, mientras se sumergía en Ovidio y Rousseau, entabló amistad con escritores en el Caffe Reggio de Greenwich Village y se encontró pasando más tiempo en la librería Strand que en las tiendas de judaica del sur de Brooklyn. Un año antes de su ordenación, se apartó del camino que le habían trazado.
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"Me di cuenta de que no era tan creyente como pensaba", dijo. "Quizá eso molestó a mis abuelos, pero decidí que debía hacer lo que quería, que era integrarme en la sociedad cultural liberal y moderna de Nueva York. Ya no quería seguir embriagado por la piedad medieval".
Su madre, Dina Uminer, dijo que no le sorprendió su giro hacia lo laico. "Encajaba con el niño curioso que siempre fue", comentó. "Ya de pequeño intentaba convencernos de cosas con argumentos. Un poco de conocimiento nunca le bastaba".
Tras dejar a un lado su kipá, Uminer se matriculó en la Universidad de Columbia para estudiar cine y filosofía. Fuera de las aulas, hizo prácticas en la revista Tablet. Tras graduarse a los 27 años, conoció a una joven de París. Pronto se aventuró a ir a la ciudad natal de ella, donde la historia de amor llegó a su fin.
"Me echó de su apartamento, pero me quedé en París hasta que me quedé sin un centavo", dijo Uminer. "Fumaba Gitanes en el Marais. Me robaron en el metro. Tenían las mejores revistas políticas y literarias. París me cambió".
Se pasaba horas en los puestos de libros a orillas del Sena. Leyendo revistas como Nouvelle Revue Française y Connaissance des Arts, encontró su vocación.
"En esas revistas francesas la gente planteaba argumentos de una forma que realmente importaba", dijo. "Gran parte de lo que se escribe aquí gira en torno a: 'Tienes que elegir un bando'. Lo que se escribe allá no tiene problema con la controversia, tienen precisión en los argumentos y un sentido de la conciencia histórica del que nosotros necesitamos más".
De vuelta en Nueva York, Uminer decidió crear su propia publicación, Notarikon Review, una revista ecléctica que "publicará a gente que no esté de acuerdo en todo", dijo. Algunos de los escritores que ha reclutado son antiguos adversarios en las redes sociales. El primer número impreso, cuya salida está prevista para finales de este año, incluirá una historia de ficción de Julia Kornberg, un ensayo de Hayley Jean Clark sobre la artista Anna Weyant y la traducción de un relato corto en yidis de Abraham Reisen. Uminer celebró su primera reunión editorial, entre pizzas y cervezas, en el suelo de su estudio en el Upper East Side.
Una tarde reciente, se pasó por la librería Mizrahi Bookstore, en Marine Park, Brooklyn. Cuando entró en los pasillos repletos de antiguos textos judíos y Torás encuadernadas en cuero, el dueño de la tienda, Israel Mizrahi, lo saludó afectuosamente llamándolo "Mendy".
"Creo que los judíos tenemos una relación casi mística con los libros y el conocimiento", dijo Mizrahi. "Siempre estamos reviviendo nuestro pasado, creando una sed de conocimiento, y por eso un hogar judío necesita una biblioteca. Pero la curiosidad insaciable de Mendy destaca entre todos mis clientes. Él entiende que los libros físicos son la única forma en que podemos conservar de verdad el conocimiento. Lo he visto pasar tres horas aquí charlando casualmente con alguien sobre los tipos de caballos que usaban los judíos polacos del siglo XVIII".
Ya había escuchado sobre los problemas de Uminer con su apartamento.
"De todos los vicios, creo que los libros son los menos peligrosos", dijo Mizrahi. "Creo que es posible que su casero tenga las prioridades equivocadas, o que quizá no lo entienda. Si no estás metido de lleno en su cultura, puede que su biblioteca te parezca caótica. Pero yo diría que solo parece un desorden. Apuesto a que él te puede decir dónde está cada libro de su apartamento".
La mudanza
Tras meses de lentas disputas legales, Uminer finalmente se resignó a mudarse del número 6 de la calle West 65th, propiedad de Hakim Organization, una empresa fundada por el magnate inmobiliario neoyorquino Kamran Hakim.
"No quiero estar aquí si no me quieren", dijo.
Ni la Hakim Organization ni la empresa gestora del edificio respondieron a nuestras solicitudes de comentarios.
Un viernes caluroso, unos amigos fueron a echarle una mano con la mudanza. Pusieron orden en los montones y torres de libros, formando pilas ordenadas que pudieran meterse en cajas.
"¿Por qué nos ha maldecido Dios con este calor?", dijo Uminer.
"Dios no nos maldice, Mendel, nos maldecimos nosotros mismos", respondió Julian Cosma, un cineasta.
"Bueno, no lo decía en el sentido spinozista. Solo quería decir que hace mucho calor para una mudanza".
Mientras Uminer se tomaba un descanso para fumar, Cosma metía libros en las cajas.
"Me parece lógico que Mendel, un chico de yeshivá de Brooklyn, viniera al Upper East Side y se creara aquí su propio mundo, solo para acabar siendo rechazado por él", dijo Cosma. "Hay un Nueva York actual, centrado en el profesionalismo y la uniformidad, que ve a un tipo como él y piensa que algo debe de estar mal. Hay un aspecto de la ciudad hoy en día que es hostil hacia la vida intelectual, hacia la excentricidad que la podría engendrar".
Llegaron más amigos. A medida que desmontaban la biblioteca, las paredes quedaban cada vez más al descubierto. Por fin llegó el momento de llevar las cajas a la camioneta que estaba fuera. El cielo se oscureció y empezó a llover a cántaros.
Con pantalones cortos y sandalias Teva, Uminer fue el primero en lanzarse, corriendo bajo el aguacero con una caja de obras de teatro italianas medievales. Sus amigos lo siguieron, empapándose mientras metían sus cosas en la camioneta.
Empapados, volvieron al apartamento. Uminer pidió pierogis y blinis de stroganoff del restaurante ruso Samovar para recompensar a sus ayudantes mientras seguían empaquetando.
Al caer la noche, la habitación se convirtió en un salón en el que crepitaban las discusiones y los debates: sobre la primera poesía rusa de Nabokov, sobre la situación internacional en Líbano, sobre el escritor romántico francés Charles Nodier. Entre los que intervenían estaba Katya Danziger, una estudiante de historia del arte de Columbia.
"Mendel vive en su mente", dijo, "y eso se lo puede llevar a cualquier parte".
"Escuché que encontró un apartamento más grande", añadió Danziger. "Eso significa: más libros".
Georgia Gee colaboró con investigación.
Alex Vadukul escribe artículos de fondo para la sección Styles del Times, y se especializa en historias sobre la ciudad de Nueva York.
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