
Dos terremotos consecutivos han dejado a miles de personas sin hogar. Muchos otros, que tienen demasiado miedo para dormir en sus casas, permanecen en la calle.
Sin ningún sitio adónde ir, los venezolanos han montado tiendas de campaña en plazas públicas y al borde de autopistas muy transitadas. Las familias se han tumbado en colchones y sobre mantas finas, en zonas de césped y en bancos de hormigón. Otros se han ido a aparcamientos para dormir en sus coches.
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Muchos venezolanos pasaron su segunda noche seguida a la intemperie después de que los terremotos consecutivos del miércoles derrumbaran al menos 250 edificios y dejaran a casi 3000 familias sin hogar, según las autoridades venezolanas.
"Aquí nos quedaremos, es mejor estar seguros y ha habido muchas réplicas", dijo Aliria Álvarez, de 61 años, sentada en la acera frente a su edificio de apartamentos en Caracas, la capital, el jueves por la noche.
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La acompañaban cinco familiares y un vecino, todos demasiado asustados para dormir en sus apartamentos, ya que los trabajadores de gestión de emergencias les habían dicho que no era seguro quedarse allí hasta que se hubieran inspeccionado los daños.
Se sentaron en sillas de plástico, junto a una tienda de campaña que habían montado, y se acurrucaron para pasar otra noche, aunque les costaba mucho conciliar el sueño.
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Mientras los equipos de rescate se esforzaban por extraer a las personas que seguían atrapadas entre los escombros tras los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5, las autoridades venezolanas se enfrentaban a la necesidad de alojar a quienes habían perdido repentinamente sus hogares y de garantizar a los demás que sus casas eran seguras para volver.
Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, dijo el jueves que el gobierno proporcionaría refugios temporales y pondría hoteles a disposición de aquellos cuyas viviendas fueron destruidas o gravemente dañadas, aunque no quedó claro a cuántas personas abarcaría esta medida.
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La alcaldesa de Caracas, Carmen Meléndez, también anunció que la ciudad había abierto al menos cuatro refugios de emergencia en canchas de baloncesto y estadios.
Un campo de béisbol en La Guaira, la ciudad costera del norte más afectada por los terremotos, acogió a decenas de familias desplazadas, pero apenas se notaba la presencia del gobierno cuando una fotógrafa de The New York Times lo visitó el jueves por la tarde. La mayoría de los suministros donados para las familias sin hogar los llevaban ciudadanos en bicicleta y en camiones.
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Arsenia Beatriz Mayora, de 70 años, buscó refugio en el campo junto con 10 familiares que habían logrado escapar por poco antes de que su casa se derrumbara.
"Se derrumbó completa", dijo Mayora. "Quedó solo la fachada".
Yudith Granado, de 51 años, decidió dormir en un colchón fuera de su edificio de apartamentos con su marido y su hija el jueves. Les daba miedo entrar en su apartamento de la primera planta, donde se habían formado grietas en la puerta principal y a lo largo de una pared, salvo para darse una ducha rápida.
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"Ya nos pudimos bañar, pero con miedo y rapidito", dijo.
Granado contó que había enseñado videos de los daños a dos trabajadores de gestión de emergencias, quienes le dijeron que no podían ayudarla y que la familia tenía que esperar a que los bomberos inspeccionaran la vivienda.
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"Estamos esperando que nos den una respuesta", dijo.
Carlos David Carrasco, profesor universitario, recorrió el jueves por la noche cuatro plazas de Caracas donde se habían reunido más de 100 familias para pasar la noche, entre ellas mujeres embarazadas, niños, personas mayores y mascotas.
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Carrasco, de 33 años, publicó videos de los campamentos nocturnos en las redes sociales, dijo, para llamar la atención sobre la situación.
Carrasco le dijo al Times en un mensaje de voz que, ya en el tercer día, la necesidad solo iba en aumento. Y añadió que está claro que, actualmente, el gobierno no tiene la capacidad de enfrentar la situación.
Fabiola Ferrero colaboró con reportería desde La Guaira, Venezuela.
Fabiola Ferrero colaboró con reportería desde La Guaira, Venezuela.
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